Una mujer cananea se puso a gritar

Isaías 56, 1.6-7;

Romanos 11, 13-15.29-32;

Mateo 15, 21-28

Si Jesús hubiera escuchado a la mujer cananea a la primera petición,
sólo habría conseguido la liberación de la hija. Habría pasado la vida
con menos problemas. Pero todo hubiera acabado en eso y al final madre e
hija morirían sin dejar huella de sí. Sin embargo, de este modo su fe
creció, se purificó, hasta arrancar de Jesús ese grito final de
entusiasmo: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Desde
aquel instante, constata el Evangelio, su hija quedó curada. Pero, ¿qué
le sucedió durante su encuentro con Jesús? Un milagro mucho más grande
que el de la curación de la hija. Aquella mujer se convirtió en una
«creyente», una de las primeras creyentes procedentes del paganismo. Una
pionera de la fe cristiana. Nuestra predecesora.

¡Cuánto nos enseña esta sencilla historia evangélica! Una de las causas
más profundas de sufrimiento para un creyente son las oraciones no
escuchadas. Hemos rezado por algo durante semanas, meses y quizá años.
Pero nada. Dios parecía sordo. La mujer cananea se presenta siempre como
maestra de perseverancia y oración.

Quien observara el comportamiento y las palabras que Jesús dirigió a
aquella pobre mujer que sufría, podía pensar que se trataba de
insensibilidad y dureza de corazón. ¿Cómo se puede tratar así a una
madre afligida? Pero ahora sabemos lo que había en el corazón de Jesús y
que le hacía actuar así. Sufría al presentar sus rechazos, trepidaba
ante el riesgo de que ella se cansara y desistiera. Sabía que la cuerda,
si se estira demasiado, puede romperse. De hecho, para Dios también
existe la incógnita de la libertad humana, que hace nacer en él la
esperanza. Jesús esperó, por eso, al final, manifiesta tanta alegría. Es
como si hubiera vencido junto a la otra persona.

Dios, por tanto, escucha incluso cuando… no escucha. En él, la falta
de escucha es ya una manera de atender. Retrasando su escucha, Dios hace
que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se eleve;
que de lo material pasemos a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno,
de los pequeño a lo grande. De este modo, puede darnos mucho más de lo
que le habíamos pedido en un primer momento.

Con frecuencia, cuando nos ponemos en oración, nos parecemos a ese
campesino del que habla un antiguo autor espiritual. Ha recibido la
noticia de que será recibido en persona por el rey. Es la oportunidad de
su vida: podrá presentarle con sus mismas palabras su petición, pedirle
lo que quiere, seguro de que le será concedido. Llega el día, y el buen
hombre, emocionadísimo, llega ante la presencia del rey y, ¿qué le
pide? ¡Un quintal de estiércol para sus campos! Era lo máximo en que
había logrado pensar. A veces nosotros nos comportamos con Dios de la
misma manera. Lo que le pedimos comparado a lo que podríamos pedirle no
es más que un quintal de estiércol, nimiedades que sirven de muy poco,
es más, que a veces incluso pueden volverse contra nosotros.

San Agustín era un gran admirador de la cananea. Aquella mujer le
recordaba a su madre, Mónica. También ella había seguido al Señor
durante años, pidiéndole la conversión de su hijo. No se había
desalentado por ningún rechazo. Había seguido al hijo hasta Italia,
hasta Milán, hasta que vio que regresaba al Señor. En uno de sus
discursos, recuerda las palabras de Cristo: «Pedid y se os dará; buscad y
encontraréis; tocad y se os abrirá», y termina diciendo: «Así hizo la
cananea: pidió, buscó, tocó a la puerta y recibió». Hagamos nosotros
también lo mismo y también se nos abrirá. 

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