El Papa guía a los consagrados: el diablo y el bolsillo, qué decir a un ateo, cómo arraigar en Jesús

La Plaza de Toros de la Macarena en Medellín colmó su aforo con más de doce mil sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y consagrados para un encuentro donde hubo una gran complicidad con el Papa.

En más de una ocasión bromeó con ellos. Como cuando, justo antes del
momento de mayor contenido de su discurso, y como si quisiera
mantenerles alerta por ello, Francisco dijo que se estaba haciendo «un
poco largo». El «Nooo» de los presentes fue contestado por el Papa con
un «¡No van a decir que sí, así que no les creo!«.

Presidió el evento una reliquia de Santa Laura Montoya (1874-1949), la primera santa colombiana, bajo cuya protección se dio paso a los primeros testimonios.

Tres testimonios

En primer lugar intervino el sacerdote Juan Felipe Escobar,
de la archidiócesis de Medellín, quien presenció desde niño la
violencia de la guerra y quiso ser médico “para desterrar el dolor
físico de la humanidad”. “Este ambiente marcó profundamente mi vida
y me llevó a interrogarme: ¿qué puedo hacer por mi pueblo? Fue así como
nació mi vocación», explicó: «Dios me llamó a sanar, a ser ‘cura de
almas’… He salido a las periferias de Medellín, en donde he acompañado
a muchos desplazados por el conflicto, a habitantes de la calle, a
enfermos y a reclusos. En todos ellos he visto el rostro de Jesús y he
tocado su carne”.

A continuación, la Hermana Leidy María de San José,
carmelita descalza del monasterio de la Santísima Trinidad de la
Estrella, señaló que para su temprano descubrimiento de la vocación, a
los 14 años, fueron decisivos «los valores cristianos recibidos»
en su hogar, su colegio y su parroquia: “Sin duda alguna, allí nació y
en silencio fue germinando la semilla de mi vocación, junto al
testimonio de tantos sacerdotes y seminaristas que Dios puso en mi
camino… Fueron despertando en mi corazón el deseo de la entrega y de
la búsqueda de Aquel que podía dar sentido y plenitud a mi vida”.

Finalmente, María Isabel Arboleda Pérez, en nombre de la Asociación de Madres de Sacerdotes y Seminaristas, recordó que “la familia es el primer semillero de vocaciones«: «Ahora que nuestro hijo es sacerdote, nuestra familia lo seguimos acompañando con nuestra presencia y oración”.

Por su parte, y antes de la intervención del Papa, el obispo auxiliar de
Medellín y secretario general de la conferencia episcopal colombiana, Elkin Álvarez,
hizo votos por que las palabras del Papa impulsasen a todos «a volver a
amor primero en la vivencia» de la vocación y fuesen «orientación
segura para seguir las huellas de Jesús”: “Somos conscientes de que los
inmensos desafíos de la tarea evangelizadora en nuestro tiempo reclaman
de la vida sacerdotal y religiosa mayor fidelidad, más audacia,
un estilo de vida más ceñido al Evangelio, una escucha más atenta de la
Palabra, mayor espíritu misionero
”.

Cómo suscitar vocaciones

Francisco hizo pivotar su intervención en torno a la vocación de los
consagrados y la forma de alimentarla y de que dé fruto… y nuevas
vocaciones: «Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los
demás, surgen vocaciones genuinas; la vida fraterna y fervorosa
de la comunidad es la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a
Dios y a la evangelización
«, señaló. En ese ambiente puede
«encauzarse la inquietud» de muchos jóvenes, porque «si bien asistimos a
una crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los
jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en
diversas formas de militancia y voluntariado». Y «cuando lo hacen
captados por Jesús, sintiéndose parte de la comunidad, se convierten en
«callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a
cada plaza, a cada rincón de la tierra».
 

Por eso el Papa puso en duda que la escasez de vocaciones se deba a la
crisis: «A mí que no me vengan con el cuento de que: «No claro, no
hay tantas vocaciones de especial consagración, porque con esta crisis
que vivimos…» eso ¿Sabes qué es? cuento chino, ¿Clarito?
Aún en medio de esta crisis Dios sigue llamando».

En cuanto al valor testimonial de esa llamada, Francisco puso un ejemplo
de lo que le preguntó un joven durante un almuerzo en la JMJ de
Cracovia: «¿Qué le puedo decir yo a un compañero mío joven que es ateo, que no cree? ¿Qué argumento le puedo dar?». «Y a mí se me ocurrió contestarle», continuó Francisco: “Mirá, lo último que tenés que hacer es decirle algo”.
El joven «se quedó mirando», pero el Papa siguió: “Empezá a hacer.
Empezá a comportarte de tal manera que la inquietud que él tiene adentro
lo haga curioso y te pregunte, y cuando te pregunte por tu testimonio,
ahí podés empezar a decir algo».

Dos amenazas contra la vocación consagrada

Como ha hecho en otras ocasiones, Francisco alertó contra el riego que
supone el dinero para los consagrados: «Lo quiero repetir como algo que
es verdad y es cierto: no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre«. Cuando Jesús dice que no se puede servir a dos señores, Dios y el dinero, «le da categoría de ‘señor’ al dinero, que quiere decir que, si te agarra, no te suelta.
Será tu Señor y el de tu corazón, ¡cuidado! No podemos aprovecharnos de
nuestra condición religiosa y de la bondad de nuestro pueblo para ser
servidos y obtener beneficios materiales».

Y alertó de otro peligro, el abuso de poder: «El veneno de la
mentira, el ocultamiento, la manipulación y el abuso al Pueblo de Dios, a
los frágiles y especialmente a los ancianos y niños
«.

Permanecer en Jesús

La última parte del discurso de Francisco aportó tres consejos para
«permanecer en Jesús», que «no puede ser una actitud meramente pasiva o
un simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana, siempre trae
una consecuencia». Por eso propuso «tres modos de hacer efectivo este permanecer«.

En primer lugar, «tocar la humanidad de Jesús«, con sus
«miradas, sentimientos, gestos y palabras», que «expresan amor a los
cercanos y búsqueda de los alejados; ternura y firmeza en la denuncia
del pecado y el anuncio del Evangelio; alegría y generosidad en la
entrega y el servicio».

En segundo lugar, «contemplar la divinidad de Jesús«, y eso de dos formas. Una, mediante un «encuentro con la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio«; quien no conoce y ama las Escrituras, no ama a Jesús, dijo:

«¡Gastemos tiempo en una lectura orante de la Palabra!». Y dos, «haciendo de la oración parte fundamental de nuestra vida
y de nuestro servicio apostólico. La oración nos libera del lastre de
la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a elegir alejándonos
de la superficialidad, en un ejercicio de auténtica libertad».

En tercer lugar, «viviendo en la alegría«: «El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría… Dios no nos quiere sumidos en la tristeza, uno de los malos espíritus que se apoderan del alma
que ya anunciaban los monjes del desierto… Nuestra alegría contagiosa
tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios.
Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando
transparentamos la alegría del encuentro con Él».

Texto íntegro del discurso del Papa a los consagrados en la Plaza de Toros de la Macarena en Medellín

Queridos hermanos obispos,

Queridos sacerdotes, consagrados, consagradas, seminaristas,

Queridas familias, ¡queridos «paisas»!

La alegoría de la vid verdadera que acabamos de escuchar del Evangelio
de Juan se da en el contexto de la última cena de Jesús. En ese ambiente
de intimidad, de cierta tensión pero cargada de amor, el Señor lavó los
pies de los suyos, quiso perpetuar su memoria en el pan y el vino, y
también les habló a los que más quería desde lo hondo de su corazón.

En esa primera noche «eucarística», en esa primera caída del sol después
del gesto de servicio, Jesús abre su corazón; les entrega su
testamento. Y así como en aquel cenáculo se siguieron reuniendo
posteriormente los Apóstoles, con algunas mujeres y María, la Madre de
Jesús (cf. Hch 1,13-14), hoy también acá en este espacio nos hemos
reunido nosotros a escucharlo y a escucharnos.

La hermana Leidy de San José, María Isabel y el Padre Juan Felipe nos
han dado su testimonio. También cada uno de los que estamos aquí
podríamos narrar la propia historia vocacional. Y todos coincidirían en
la experiencia de Jesús que sale a nuestro encuentro, que nos primerea y
que de ese modo nos ha captado el corazón.

Como dice el Documento de Aparecida: «Conocer a Jesús es el mejor regalo
que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo
mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra
palabra y obras es nuestro gozo» (n. 29).  El gozo de evangelizar.

Muchos de ustedes, jóvenes, habrán descubierto este Jesús vivo en sus
comunidades; comunidades de un fervor apostólico contagioso, que
entusiasman y suscitan atracción. Donde hay vida, fervor, ganas de
llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas; la vida
fraterna y fervorosa de la comunidad es la que despierta el deseo de
consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

Los jóvenes son naturalmente inquietos ¿O me equivoco?. Y aquí quiero
detenerme un instante y hacer memoria dolorosa. Los jóvenes son
naturalmente inquietos, inquietud tantas veces engañada destruida por
los sicarios de la droga. Medellín me trae ese recuerdo, me evoca tantas
vidas de jóvenes truncadas, descartadas, destruidas. Los invito a
recordar a acompañar este luctuoso cortejo, a pedir perdón para quienes
destruyeron las ilusiones de tantos jóvenes, pedirle perdón al Señor,
que convierta sus corazones, a pedir que acabe esta derrota de la
humanidad joven.

Los jóvenes son naturalmente inquietos y si bien asistimos a una crisis
del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que
se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas
de militancia y voluntariado. Son muchos y algunos sí son católicos
practicantes, otros “al agua rosa” como decía mi abuela, otros no saben
si creen o no creen, pero esa inquietud los lleva a hacer algo por los
demás, esa inquietud hace llenar los voluntariados de todo el mundo de
rostros jóvenes. Hay que encauzar la inquietud.

Cuando lo hacen captados por Jesús, sintiéndose parte de la comunidad,
se convierten en «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a
cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra (cf. ibíd.,
107). Cuántos sin saber que lo están llevando, llevan esa riqueza de
callejear sirviendo, de ser callejeros de una fe que quizás ellos mismos
no terminan de entender, es testimonio que nos abre a la acción del
Espíritu Santo que entra y nos va trabajando el corazón.

En uno de los viajes, la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, en
el almuerzo que tuve con 15 jóvenes y el Arzobispo, uno me preguntó:
¿Qué le puedo decir yo a un compañero mío joven que es ateo, que no
cree?, ¿Qué argumento le puedo dar?,  y a mí se me ocurrió contestarle: “Mirá, lo último que tenés que hacer es decirle algo”
– se quedó mirando –  “Empezá a hacer. Empezá a comportarte de tal
manera que la inquietud que él tiene adentro lo haga curioso y te
pregunte, y cuando te pregunte por tu testimonio, ahí podés empezar a
decir algo. Es tan importante ese callejear la fe en la vida. Esa es la
vida, es a la que se refiere Jesús en el texto que hemos proclamado: la
vid que es el «pueblo de la alianza».

Profetas como Jeremías, Isaías o Ezequiel se refieren a él como una vid,
hasta un salmo, el 80, canta diciendo: «Tú sacaste de Egipto una vid…
le preparaste terreno, echó raíces y llenó toda la región» (vv.9-10). A
veces expresan el gozo de Dios ante su vid, otras su enojo,
desconcierto o despecho; jamás Dios se desentiende de ella, nunca deja
de padecer sus distancias. Si yo me alejo, Él sufre en su corazón. Nunca
deja de salir al encuentro de ese pueblo que, cuando se aleja de Él se
seca, arde y se destroza.

¿Cómo es la tierra, el sustento, el soporte donde crece esta vid en
Colombia? ¿En qué contextos se generan los frutos de las vocaciones de
especial consagración?

Seguramente en ambientes llenos de contradicciones, de claroscuros, de
situaciones vinculares complejas. Nos gustaría contar con un mundo, con
familias y vínculos más llanos, pero somos parte de este cambio de
época, de esta crisis cultural, y en medio de ella, contando con ella,
Dios sigue llamando.

A mi que no me vengas con el cuento, de que: “No claro, no hay
tantas vocaciones de especial consagración, porque con esta crisis que
vivimos…” eso ¿Sabes qué es? cuento chino, ¿Clarito?
Aún en medio de esta crisis Dios sigue llamando.

Sería casi evasivo pensar que todos ustedes han escuchado el llamado de
Dios en medio de familias sostenidas por un amor fuerte y lleno de
valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia
(cf. Exhort. ap. Amoris laetitia, 5). Algunos sí, pero no todos. Algunas familias, quiera Dios que muchas, son así.

Pero tener los pies sobre la tierra es reconocer que nuestros procesos
vocacionales, el despertar del llamado de Dios, nos encuentra más cerca
de aquello que ya relata la Palabra de Dios y de lo que tanto sabe
Colombia: «Un sendero de sufrimiento y de sangre […] la violencia
fratricida de Caín sobre Abel y los distintos litigios entre los hijos y
entre las esposas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, llegando
luego a las tragedias que llenan de sangre a la familia de David, hasta
las múltiples dificultades familiares que surcan la narración de Tobías o
la amarga confesión de Job abandonado» (ibíd., 20).

Y desde el comienzo ha sido así: no piensen en la situación ideal, esta
es la situación real. Dios manifiesta su cercanía y su elección donde
quiere, en la tierra que quiere, y como esté en ese momento, con las
contradicciones concretas, como Él quiere.

Él cambia el curso de los acontecimientos al llamar a hombres y mujeres
en la fragilidad de la historia personal y comunitaria. No le tengamos
miedo, a esta tierra compleja. Anteanoche una chica con capacidades
especiales en el grupo que me dió la bienvenida en la Nunciatura, habló
que el núcleo de lo humano está en la vulnerabilidad, y explicaba por
qué.

Y a mí se me ocurrió preguntarle ¿Todos somos vulnerables? “Sí, todos”,
¿Pero hay alguien que no es vulnerable? Me contestó “Dios”. Pero Dios
quiso hacerse vulnerable y quiso salir a callejear con nosotros, quiso
salir a vivir nuestra historia tal como era.

Quiso hacerse hombre en medio de una contradicción, en medio de algo
incomprensible, con la aceptación de una chica que no comprendía pero
obedece y de un hombre justo que siguió lo que le fue mandado, pero todo
eso en medio de contradicciones.

No tengamos miedo en esta tierra compleja, Dios siempre ha hecho el
milagro de generar buenos racimos, como las arepas al desayuno. ¡Que no
falten vocaciones en ninguna comunidad y en ninguna familia de Medellín!
y cuando en el desayuno se encuentren con una sorpresa de esas lindas,
¡que lindo! y ¿Dios es capaz de hacer algo conmigo?,  pregúntenselo
antes de comerlo, pregúntenselo.

Y esta vid —que es la de Jesús— tiene el atributo de ser la verdadera.
Él ya utilizó este término en otras ocasiones en el Evangelio de Juan:
la luz verdadera, el verdadero pan del cielo, o el testimonio verdadero.
Ahora, la verdad no es algo que recibimos —como el pan o la luz— sino
que brota desde adentro.

Somos pueblo elegido para la verdad, y nuestro llamado tiene que ser en
la verdad. Si somos sarmientos de esta vid, si nuestra vocación está
injertada en Jesús, no puede haber lugar para el engaño, la doblez, las
opciones mezquinas. Todos tenemos que estar atentos para que cada
sarmiento sirva para lo que fue pensado: para dar frutos. ¿Yo estoy
dispuesto a dar frutos?

Desde los comienzos, a quienes les toca acompañar los procesos
vocacionales, tendrán que motivar la recta intención, es decir, el deseo
auténtico de configurarse con Jesús, el Pastor, el amigo, el esposo.
Cuando los procesos no son alimentados por esta savia verdadera, que es
el Espíritu de Jesús, entonces hacemos experiencia de la sequedad y Dios
descubre con tristeza aquellos tallos ya muertos.

Las vocaciones de especial consagración mueren cuando se quieren nutrir
de honores, cuando están impulsadas por la búsqueda de una tranquilidad
personal y de promoción social, cuando la motivación es «subir de
categoría», apegarse a intereses materiales, que llega incluso a la
torpeza del afán de lucro. Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero
repetir como algo que es verdad y es cierto: no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre.

Esto no es privativo de los comienzos, todos nosotros tenemos que estar
atentos porque la corrupción en los hombres y las mujeres que están en
la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego —nos lo dice Jesús
mismo— se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia
vida.

«No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,21.24), Jesús dice “no se
puede servir a dos señores”, como si solo hubiera dos señores en el
mundo. No se puede servir a Dios y al dinero. Jesús le da categoría de “señor” al dinero, que quiere decir, que si te agarra no te suelta. Será tu Señor y el de tu corazón, ¡cuidado!

No podemos aprovecharnos de nuestra condición religiosa y de la bondad
de nuestro pueblo para ser servidos y obtener beneficios materiales. Hay
situaciones, estilos y opciones que muestran los signos de sequedad y
de muerte: cuando es eso ¡No pueden seguir entorpeciendo el fluir de la
savia que alimenta y da vida!

El veneno de la mentira, el ocultamiento, la manipulación y el
abuso al Pueblo de Dios, a los frágiles y especialmente a los ancianos y
niños
no pueden tener cabida en nuestra comunidad; cuando un
consagrado, una consagrada, una comunidad, una institución llámese
parroquia o lo que sea, opta por ese estilo es una rama seca, solo hay
que sentarse y esperar que el Señor la venga a cortar. Pero Dios no solo
corta; la alegoría continúa diciendo que Dios limpia la vid de
imperfecciones. ¡Tan linda que es la poda, duele, pero es linda!. La
promesa es que daremos fruto, y en abundancia, como el grano de trigo,
si somos capaces de entregarnos, de donar la vida libremente.

Tenemos en Colombia ejemplos de que esto es posible. Pensamos en Santa Laura
Montoya, una religiosa admirable cuyas reliquias tenemos hoy tenemos
aquí. Ella desde esta ciudad se prodigó en una gran obra misionera en
favor de los indígenas de todo el país. La mujer consagrada ¡Cuánto nos
enseña de entrega silenciosa, abnegada, sin mayor interés que expresar
el rostro maternal de Dios!

Así mismo, podemos recordar al Beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, uno de
los primeros alumnos del Seminario de Medellín, y a otros sacerdotes y
religiosas y religiosos de Colombia, cuyos procesos de canonización han
sido introducidos; como también otros tantos, miles de colombianos
anónimos que, en la sencillez de su vida cotidiana, han sabido
entregarse por el Evangelio y que ustedes seguramente llevarán en su
memoria y serán estímulo de entrega. Todos nos muestran que es posible
seguir fielmente la llamada del Señor, que es posible dar mucho fruto,
aun ahora en estos tiempos y en este siglo.

La buena noticia es que Él está dispuesto a limpiarnos. La buena noticia
es que todavía no estamos terminados, que estamos en proceso de
fabricación, que como buenos discípulos estamos en camino.

¿Cómo va cortando Jesús los factores de muerte que anidan en nuestra
vida y distorsionan el llamado? Invitándonos a permanecer en Él;
permanecer no significa solamente estar, sino que indica mantener una
relación vital, existencial, de absoluta necesidad; es vivir y crecer en
unión fecunda con Jesús, fuente de vida eterna.

Permanecer en Jesús no puede ser una actitud meramente pasiva o un
simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana, siempre trae una
consecuencia.  Permítanme proponerles, porque se está haciendo un poco
largo esto, no van a decir que sí, porque no les creo, permitánme
proponerles tres modos de hacer efectivo este permanecer, que los puede
ayudar a permanecer en Jesús.

1. Permanecemos en Jesús tocando la humanidad de Jesús:

Con la mirada y los sentimientos de Jesús, que contempla la realidad no
como juez, sino como buen samaritano; que reconoce los valores del
pueblo con el que camina, así como sus heridas y sus pecados; que
descubre el sufrimiento callado y se conmueve ante las necesidades de
las personas, sobre todo cuando estas se ven avasalladas por la
injusticia, la pobreza indigna, la indiferencia, o por la perversa
acción de la corrupción y la violencia.

Con los gestos y las palabras de Jesús, que expresan amor a los cercanos
y búsqueda de los alejados; ternura y firmeza en la denuncia del pecado
y el anuncio del Evangelio; alegría y generosidad en la entrega y el
servicio, sobre todo a los más pequeños, rechazando con fuerza la
tentación de dar todo por perdido, de acomodarnos o de volvernos
solamente administradores de desgracias.

¡Cuántas veces escuchamos hombres y mujeres consagrados que parece que
en vez de administrar gozo, alegría, crecimiento, vida, administran
desgracia y se la pasan lamentándose de las desgracias de este mundo, es
la esterilidad de quien es incapaz de tocar la carne sufriente de
Jesús!.

2. Permanecemos contemplando su divinidad:

Despertando y sosteniendo la admiración por el estudio que acrecienta el
conocimiento de Cristo porque, como recuerda San Agustín, no se puede
amar a quien no se conoce (cf. La Trinidad, Libro X, cap. I, 3). Privilegiando para ese conocimiento el encuentro con la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio,
donde Cristo nos habla, nos revela su amor incondicional al Padre, nos
contagia la alegría que brota de la obediencia a su voluntad y del
servicio a los hermanos.

Yo les quiero hacer una pregunta pero no me la respondan, se la responde
cada uno a sí mismo ¿Cuántos minutos o cuantas horas leo el Evangelio,
la Escritura por día? Se la contestan.

Quien no conoce las Escrituras, no conoce a Jesús. Quien no ama las Escrituras, no ama a Jesús (cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario del profeta Isaías:
PL 24,17). ¡Gastemos tiempo en una lectura orante de la Palabra! En
auscultar en ella qué quiere Dios para nosotros y para nuestro pueblo.

Que todo nuestro estudio nos ayude a ser capaces de interpretar la
realidad con los ojos de Dios, que no sea un estudio evasivo de los
aconteceres de nuestro pueblo, que tampoco vaya al vaivén de modas o
ideologías.

Que no viva de añoranzas ni quiera encorsetar el misterio, que no quiera
responder a preguntas que ya nadie se hace y dejar en el vacío
existencial a aquellos que nos cuestionan desde las coordenadas de sus
mundos y sus culturas.

Permanecer y contemplar su divinidad haciendo de la oración parte fundamental de nuestra vida
y de nuestro servicio apostólico. La oración nos libera del lastre de
la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a elegir alejándonos
de la superficialidad, en un ejercicio de auténtica libertad. En la
oración crecemos en libertad, en la oración aprendemos a ser libres.

La oración nos saca de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en
una experiencia religiosa vacía y nos lleva a ponernos con docilidad en
las manos de Dios para realizar su voluntad y hacer eficaz su proyecto
de salvación.

Y en la oración, yo les quiero aconsejar una cosa también: pidan, contemplen, agradezcan, intercedan, pero también acostumbrense a adorar.  No está muy de moda adorar, acostúmbrense a adorar, a aprender a adorar en silencio. Aprendan a orar así.

Seamos hombres y mujeres reconciliados para reconciliar. Haber sido
llamados no nos da un certificado de buena conducta e impecabilidad; no
estamos revestidos de una aureola de santidad. ¡Ay el religioso, el
consagrado, el cura o la monja que vive con cara de estampita! ¡Por
favor!

Todos somos pecadores, todos necesitamos del perdón y la misericordia de
Dios para levantarnos cada día; Él arranca lo que no está bien y hemos
hecho mal, lo echa fuera de la viña y lo quema, nos deja limpios para
poder dar fruto. Así es la fidelidad misericordiosa de Dios para con su
pueblo, del que somos parte. Él nunca nos dejará tirados al costado del
camino, nunca.

Dios hace de todo para evitar que el pecado nos venza y que después nos
cierre las puertas de nuestra vida a un futuro de esperanza y de gozo,
Él hace de todo para evitar eso y sino lo logra se queda al lado hasta
que se me ocurra mirar para arriba porque me doy cuenta que estoy
cayendo, así es Él.

3. Finalmente, hay que permanecer en Cristo para vivir en la alegría:

Permanecer para vivir en alegría. Si permanecemos en Él, su alegría
estará con nosotros. No seremos discípulos tristes y apóstoles
amargados. Lean el final de Evangelii Nuntiandi, nos aconseja
esto. Al contrario, reflejaremos y portaremos la alegría verdadera, el
gozo pleno que nadie nos podrá quitar, difundiremos la esperanza de vida
nueva que Cristo nos ha traído.

El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría. ¡Qué
pesada!, a veces sí pero no nos roba la alegría, a través de ese peso
también nos da la alegría. Dios no nos quiere sumidos en la tristeza,
uno de los malos espíritus que se apoderaban del alma que ya anunciaban
los monjes del desierto, Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que
vienen de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga
feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas.

Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la
cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia
de Dios cuando transparentamos la alegría del encuentro con Él.

En el Génesis, después del diluvio, Noé planta una vid como signo del
nuevo comienzo; finalizando el Éxodo, los que Moisés envió a
inspeccionar la tierra prometida, volvieron con un racimo de uvas de
este tamaño, signo de esa tierra que manaba leche y miel.

Dios se ha fijado en nosotros, en nuestras comunidades y familias. Están
aquí presente y me parece de muy buen gusto que estén los padres y las
madres de los consagrados, los sacerdotes y las religiosas.

El Señor ha puesto su mirada sobre Colombia: ustedes son signo de ese
amor de predilección. Nos toca ahora ofrecer todo nuestro amor y
servicio unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. Y ser promesa de un
nuevo inicio para Colombia, que deja atrás diluvios, como el de Noé,
diluvios de desencuentro y violencia, que quiere dar muchos frutos de
justicia y de paz, de encuentro y de solidaridad.

Que Dios los bendiga; que bendiga la vida consagrada en Colombia. Y no
se olviden de rezar por mí para que me bendiga también. Gracias.

ReligiónenLibertad