«El cristiano no fue hecho para el aburrimiento; en todo caso, para la paciencia», detalla el Papa

El Papa Francisco este miércoles ha
dedicado la catequesis de su audiencia pública semanal a animar a los
cristianos a arriesgarse y estar atentos, activos, como los servidores
que menciona el Evangelio de Lucas: «Dichosos aquellos siervos a quienes su señor encuentre preparados, aunque llegue a la medianoche o de madrugada. Así mismo deben ustedes estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen«.

El Papa explicó que Jesús quiere que nuestra existencia sea laboriosa, que no nos “acomodemos”, porque este mundo exige nuestra responsabilidad, y nosotros, los cristianos, la asumimos totalmente con amor. «Esto exige que vivamos con responsabilidad nuestra fe, y que acojamos con agradecimiento y asombro cada día de nuestra vida como un regalo de Dios».

«El cristiano no fue hecho para el aburrimiento, en todo caso para la paciencia«, señaló.

Hay personas que con la perseverancia de su amor se vuelven como pozos que irrigan el desierto: se trata de cristianos que – aún en la monotonía de algunos días – saben entrever el misterio de la gracia; lo dijo el Papa hablando en italiano, recordando asimismo que “nada es en vano” y que “ninguna noche es tan larga como para hacer olvidar la alegría de la aurora”, y esto porque la potente memoria de quien ha encontrado a Cristo disipará la tentación de pensar que esta vida es equivocada.

Esperanza vigilante y paciencia

La esperanza vigilante y la paciencia son dos características que
definen a quien se ha encontrado con Jesús, estructurando su vida desde
la confianza y la espera, consciente de que el futuro no es sólo obra de
nuestras manos, sino de la preocupación providente de un Dios que es
todo misericordia.

«La voluntad de Dios no es nebulosa, sino un proyecto de salvación bien delineado», insistió.

El cristiano ama la vida, no la maldice nunca, pues «todos los momentos,
por muy dolorosos, oscuros y opacos que estos sean, son iluminados con
el dulce y poderoso recuerdo de Cristo. Gracias a él estamos convencidos
de que nada es inútil, ni vacío, ni fruto de la vana casualidad, sino que cada día esconde un gran misterio de gracia y de que en nuestro mundo no necesitamos otra cosa que no sea una caricia de Cristo».

En los últimos párrafos de su catequesis impartida en italiano, al
meditar sobre las Palabras del Señor: «Dichosos aquellos siervos a
quienes el Señor, al venir, halle velando» (Lc 12,37) el Papa lanzó un
llamado a la acción: «Jesús recomienda esperarlo sin estar con las manos
cruzadas», dijo e indicó que «no hay constructor de paz que al final de
cuentas no haya comprometido su paz personal, asumiendo los problemas
de los demás». «Éste no es un constructor de paz – añadió improvisando-
es un perezoso, un cómodo». «No es un constructor de paz quien, al final
de cuentas no haya comprometido su paz personal asumiendo los problemas
de los demás. Porque el cristiano se arriesga, tiene la valentía de arriesgar para llevar el bien, el bien que Jesús nos ha donado, nos ha dado como un tesoro».

Al saludar a los fieles de lengua española, el Obispo de Roma los animó a
seguir el ejemplo de Nuestra Madre María, viviendo “con una esperanza
vigilante”, y siendo para cuantos nos rodean “portadores de la luz y de
la caricia del Dios de la Misericordia”.

Palabras que el Papa pronunció en español: 

Queridos hermanos y hermanas: El Evangelio que hemos escuchado nos
invita a vivir en esperanza vigilante, es decir, a estar siempre
preparados para recibir al Señor, con la total confianza de que ya hemos
sido salvados por él y de que estamos esperando la plena manifestación
de su gloria. Esto exige que vivamos con responsabilidad nuestra fe, y
que acojamos con agradecimiento y asombro cada día de nuestra vida como
un regalo de Dios.

La esperanza vigilante y la paciencia son dos características que
definen a quien se ha encontrado con Jesús, estructurando su vida desde
la confianza y la espera, consciente de que el futuro no es sólo obra de
nuestras manos, sino de la preocupación providente de un Dios que es
todo misericordia.

Este convencimiento lleva al cristiano a amar la vida, a no maldecirla
nunca, pues todos los momentos, por muy dolorosos, oscuros y opacos que
estos sean, son iluminados con el dulce y poderoso recuerdo de Cristo.
Gracias a él estamos convencidos de que nada es inútil, ni vacío, ni
fruto de la vana casualidad, sino que cada día esconde un gran misterio
de gracia y de que en nuestro mundo no necesitamos otra cosa que no sea
una caricia de Cristo.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial a
la comunidad del Pontificio Colegio Mexicano de Roma, que acompañados
por los cardenales José Francisco Robles Ortega y Alberto Suárez Inda, así como por algunos obispos mexicanos, celebran el 50 aniversario de su fundación. Animo a todos a que, siguiendo el ejemplo de nuestra Madre la Virgen María, vivan con una esperanza vigilante, y sean para cuantos los rodean portadores de la luz y de la caricia del Dios de la Misericordia. Que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Traducida del italiano por Radio Vaticano

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en aquella dimensión de la esperanza que es la
espera vigilante. El tema de la vigilancia es uno de los hilos
conductores del Nuevo Testamento. Jesús predica a sus discípulos: «Estén
preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los
hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para
abrirle apenas llegue y llame a la puerta» (Lc 12,35-36). En este tiempo
que sigue a la resurrección de Jesús, en el cual se alternan en
continuación momentos serenos y otros angustiantes, los cristianos no
descansan jamás. El Evangelio exige ser como los siervos que no van
jamás a dormir, hasta que su señor no haya regresado. Este mundo exige
nuestra responsabilidad, y nosotros la asumimos toda y con amor. Jesús
quiere que nuestra existencia sea laboriosa, que no bajemos jamás la
guardia, para recibir con gratitud y maravilla cada nuevo día donado por
Dios.

Cada mañana es una página blanca que el cristiano comienza a escribir
con las obras de bien. Nosotros hemos ya sido salvados por la redención
de Jesús, pero ahora esperamos la plena manifestación de su señoría:
cuando finalmente Dios será todo en todos (Cfr. 1 Cor 15,28). Nada es
más cierto, en la fe de los cristianos, de esta “cita”, este encuentro
con el Señor, cuando Él regrese. Y cuando este día llegará, nosotros
cristianos queremos ser como aquellos siervos que han pasado la noche
ceñidos y con las lámparas encendidas: es necesario estar listos para la
salvación que llega, listos para el encuentro. Ustedes, ¿han pensado
cómo será este encuentro con Jesús, cuando Él regrese? ¡Será un abrazo,
una alegría enorme, un gran gozo! Este encuentro: nosotros debemos vivir
en espera de este encuentro.

El cristiano no está hecho para el aburrimiento; en todo caso para la
paciencia. Sabe que incluso en la monotonía de ciertos días siempre
iguales está escondido un misterio de gracia. Existen personas que con
la perseverancia de su amor se convierten en pozos que irrigan el
desierto. Nada sucede en vano, y ninguna situación en la cual un
cristiano se encuentra inmerso es completamente refractaria al amor.
Ninguna noche es tan larga de hacer olvidar la alegría de la aurora. Y
cuando más oscura es, más cerca está la aurora.

Si permanecemos unidos a Jesús, el frío de los momentos difíciles no nos
paraliza; y si incluso el mundo entero predicara contra la esperanza,
si dijera que el futuro traerá sólo nubes oscuras, el cristiano sabe que
en ese mismo futuro existe el regreso de Cristo. ¿Cuándo sucederá esto?
Nadie sabe el tiempo, no lo sabe, pero el pensamiento que al final de
nuestra historia está Jesús Misericordioso, basta para tener confianza y
no maldecir la vida. Todo será salvado. Todo. Sufriremos, habrán
momentos que suscitan rabia e indignación, pero la dulce y poderosa
memoria de Cristo expulsará la tentación de pensar que esta vida es
equivocada.

Después de haber conocido a Jesús, nosotros no podemos hacer otra cosa
que observar la historia con confianza y esperanza. Jesús es como una
casa, y nosotros estamos adentro, y por las ventanas de esta casa
nosotros vemos el mundo. Por esto, no nos encerremos en nosotros mismos,
no nos arrepintamos con melancolía un pasado que se presume dorado,
sino miremos siempre adelante, a un futuro que no es sólo obra de
nuestras manos, sino que sobre todo es una preocupación constante de la
providencia de Dios. Todo lo que es opaco un día se convertirá en luz.

Y pensemos que Dios no se contradice a sí mismo. Jamás. Dios no defrauda
jamás. Su voluntad en relación a nosotros no es nublada, sino es un
proyecto de salvación bien delineado: «porque Él quiere que todos se
salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Por lo cual
no nos abandonemos al fluir de los eventos con pesimismo, como si la
historia fuese un tren del cual se ha perdido el control. La resignación
no es una virtud cristiana. Como no es de los cristianos levantar los
hombros o inclinar la cabeza adelante hacia un destino que nos parece
ineludible.

Quien trae esperanza al mundo no es jamás una persona remisiva. Jesús
nos pide esperarlo sin estar con las manos cruzadas: «¡Felices los
servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!» (Lc
12,37). No existe un constructor de paz que al final de la cuenta no
haya comprometido su paz personal, asumiendo problemas de los demás.
Este no es un constructor de paz: este es un ocioso, este es un
acomodado. No es constructor de paz quien, al final de la cuenta, no
haya comprometido su paz personal asumiendo los problemas de los demás.
Porque el cristiano arriesga, tiene valentía para arriesgar para llevar
el bien, el bien que Jesús nos ha donado, nos ha dado como un tesoro.

Cada día de nuestra vida, repitamos esta invocación que los primeros
discípulos, en su lengua aramea, expresaban con las palabras Marana-tha,
y que lo encontramos en el último versículo de la Biblia: «¡Ven, Señor
Jesús!» (Ap 22,20). Es el estribillo de toda existencia cristiana: en
nuestro mundo no tenemos necesidad de otra cosa sino de una caricia de
Cristo. Que gracia sí, en la oración, en los días difíciles de esta
vida, sentimos su voz que responde y nos consuela: «¡Volveré pronto!»
(Ap 22,7). Gracias.

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