Isaías 50, 5-9a;
Santiago 2, 14-18;
Marcos 8, 27-35
Los tres [evangelios] sinópticos refieren el episodio de Jesús, cuando
en Cesarea de Filipo preguntó a los apóstoles cuáles eran las opiniones
de la gente sobre Él. El dato común en los tres es la respuesta de
Pedro: «Tú eres el Cristo». Mateo añade: «El Hijo de Dios vivo» (Mt 16,
16), que podría, si embargo, ser una manifestación debida a la fe de la
Iglesia después de la Pascua.
Pronto el título «Cristo» se
convirtió en un segundo nombre de Jesús. Se encuentra más de 500 veces
en el Nuevo Testamento, casi siempre en la forma compuesta «Jesucristo» o
«Nuestro Señor Jesucristo». Pero al principio no era así. Entre Jesús y
Cristo se sobreentendía un verbo: «Jesús es el Cristo». Decir «Cristo»
no era llamar a Jesús por el nombre, sino hacer una afirmación sobre
Él.
Cristo, se sabe, es la traducción griega del hebreo Mashiah, Mesías, y ambos significan «ungido».
El término deriva del hecho que en el Antiguo Testamento reyes,
profetas y sacerdotes, en el momento de su elección, eran consagrados
mediante una unción con óleo perfumado. Pero cada vez más claramente en
la Biblia se habla de un Ungido o Consagrado especial que vendrá en los
últimos tiempos para realizar las promesas de salvación de Dios a su
pueblo. Es el llamado mesianismo bíblico, que asume diversos matices
según el Mesías sea visto como un futuro rey (mesianismo real) o como el
Hijo del hombre de Daniel (mesianismo apocalíptico).
Toda la
tradición primitiva de la Iglesia es unánime al proclamar que Jesús de
Nazaret es el Mesías esperado. Él mismo, según Marcos, se proclamará tal
ante el Sanedrín. A la pregunta del sumo sacerdote: «¿Eres tú el
Cristo, el Hijo del Bendito?», Él responde: «Sí, lo soy» (Mc 14, 61 s.).
Tanto más, por lo tanto, desconcierta la continuación del diálogo de
Jesús con los discípulos en Cesarea de Filipo: «Y les mandó
enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él». Sin embargo el motivo
está claro. Jesús acepta ser identificado con el Mesías esperado, pero
no con la idea que el judaísmo había acabado por hacerse del Mesías. En
la opinión dominante, éste era visto como un líder político y militar
que liberaría a Israel del dominio pagano e instauraría con la fuerza el
reino de Dios en la tierra.
Jesús tiene que corregir
profundamente esta idea, compartida por sus propios apóstoles, antes de
permitir que se hablara de Él como Mesías. A ello se orienta el discurso
que sigue inmediatamente: «Y comenzó a enseñarles que el Hijo del
hombre debía sufrir mucho…». La dura palabra dirigida a Pedro, que
busca disuadirle de tales pensamientos: «¡Quítate de mi vista,
Satanás!», es idéntica a la dirigida al tentador del desierto. En ambos
casos se trata, de hecho, del mismo intento de desviarle del camino que
el Padre le ha indicado –el del Siervo sufriente de Yahveh– por otro que
es «según los hombres, no según Dios».
La salvación vendrá del
sacrificio de sí, de «dar la vida en rescate por muchos», no de la
eliminación del enemigo. De tal manera, de una salvación temporal se
pasa a una salvación eterna, de una salvación particular –destinada a un
solo pueblo– se pasa a una salvación universal.
Lamentablemente tenemos que constatar que el error de Pedro se ha
repetido en la historia. También determinados hombres de Iglesia, y
hasta sucesores de Pedro, se han comportado en ciertas épocas como si el
reino de Dios fuera de este mundo y debiera afirmarse con la victoria
(si es necesario también de las armas) sobre los enemigos, en vez de
hacerlo con el sufrimiento y el martirio.
Todas las palabras
del Evangelio son actuales, pero el diálogo de Cesarea de Filipo lo es
de forma del todo especial. La situación no ha cambiado. También hoy,
sobre Jesús, existen las más diversas opiniones de la gente: un profeta,
un gran maestro, una gran personalidad. Se ha convertido en una moda
presentar a Jesús, en los espectáculos y en las novelas, en las
costumbres y con los mensajes más extraños. El Código da Vinci es sólo el último episodio de una larga serie.
En el Evangelio, Jesús no parece sorprenderse de las opiniones de la
gente, ni se retrasa en desmentirlas. Sólo plantea una pregunta a los
discípulos, y así lo hace también hoy: «Para vosotros, es más, para ti,
¿quién soy yo?». Existe un salto por dar que no viene de la carne ni de
la sangre, sino que es don de Dios que hay que acoger mediante la
docilidad a una luz interior de la que nace la fe. Cada día hay hombres y
mujeres que dan este salto. A veces se trata de personas famosas
–actores, actrices, hombres de cultura– y entonces son noticia. Pero
infinitamente más numerosos son los creyentes desconocidos. En ocasiones
los no creyentes se toman estas conversiones como debilidad, crisis
sentimentales o búsqueda de popularidad, y puede darse que en algún caso
sea así. Pero sería una falta de respeto de la conciencia de los demás
arrojar descrédito sobre cada historia de conversión.
Una cosa
es cierta: los que han dado este salto no volverían atrás por nada del
mundo, y más todavía, se sorprenden de haber podido vivir tanto tiempo
sin la luz y la fuerza que vienen de la fe en Cristo. Como San Hilario
de Poitiers, que se convirtió siendo adulto, están dispuestos a
exclamar: «Antes de conocerte, yo no existía».
Raniero Cantalamessa
ReligiónenLibertad





