Un misterio cercano

La vida cristiana se desarrolla
totalmente en el signo y en presencia de la Trinidad. En la aurora de la
vida, fuimos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» y al final, junto a nuestra cabecera, se recitarán las
palabras: «Marcha, oh alma Cristiana de este mundo, en el Nombre de
Dios, el Padre omnipotente que te ha creado, en el nombre de Jesucristo
que te ha redimido, y en el nombre del Espíritu Santo que te santifica».

Entre estos dos momentos extremos, se enmarcan otros llamados de
«transición» que, para un cristiano, están marcados por la invocación de
la Trinidad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los
esposos se unen en matrimonio y los sacerdotes son consagrados por el
obispo. En el pasado, en nombre de la Trinidad comenzaban los contratos,
las sentencias y todo acto importante de la vida civil y religiosa.

No es verdad, por tanto, el que la Trinidad sea un misterio remoto,
irrelevante para la vida de todos los días. Por el contrario, son las
tres personas más «íntimas» en la vida: no están fuera de nosotros, como
sucede con la mujer o el marido, sino que están dentro de nosotros.
«Hacen morada en nosotros» (Juan 14, 23), nosotros somos su «templo».

Pero, ¿por qué creen los cristianos en la Trinidad? ¿No es ya bastante
difícil creer que Dios existe como para añadir también que es «uno y
trino»? ¡Los cristianos creen que Dios es uno y trino porque creen que
Dios es amor! La revelación de Dios como amor, hecha por Jesús, ha
«obligado» a admitir la Trinidad. No es una invención humana.

Si Dios es amor, tiene que amar a alguien. No existe un amor «al vacío»,
sin objeto. Pero, ¿a quién ama Dios para ser definido amor? ¿A los
hombres? Pero los hombres existen tan sólo desde hace unos millones de
años, nada más. ¿Al cosmos? ¿Al universo? El universo existe sólo desde
hace algunos miles de millones de años. Antes, ¿a quién amaba Dios para
poder definirse amor? No podemos decir que se amaba a sí mismo, porque
esto no sería amor, sino egoísmo o narcisismo.

Esta es la respuesta de la revelación cristiana: Dios es amor porque
desde la eternidad tiene «en su seno» un Hijo, el Verbo, al que ama con
un amor infinito, es decir, con el Espíritu Santo. En todo amor siempre
hay tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor
que les une. El Dios cristiano es uno y trino porque es comunión de
amor. En el amor se reconcilian entre sí unidad y pluralidad; el amor
crea la unidad en la diversidad: unidad de propósitos, de pensamiento,
de voluntad; diversidad de sujetos, de características, y, en el ámbito
humano, de sexo. En este sentido, la familia es la imagen menos
imperfecta de la Trinidad. No es casualidad que al crear la primera
pareja humana Dios dijera: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como
semejanza nuestra» (Génesis 26-27).

Según los ateos modernos, Dios no sería más que una proyección que el
hombre se hace de sí mismo, como uno que confunde con una persona
diversa su propia imagen reflejada en un arroyo. Esto puede ser verdad
con respecto a cualquier otra idea de Dios, pero no con respecto al Dios
cristiano. ¿Qué necesidad tendría el hombre de dividirse a sí mismo en
tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, si verdaderamente Dios no
es más que la proyección que el hombre hace de su propia imagen? La
doctrina de la Trinidad es, por sí sola, el mejor antídoto al ateísmo
moderno.

¿Te parece demasiado difícil todo esto? ¿No has comprendido mucho? Te
diría que no te preocupes. Cuando uno está en la orilla de un lago o de
un mar y se quiere saber lo que hay del otro lado, lo más importante no
es agudizar la vista y tratar de otear el horizonte, sino subirse a la
barca que lleva a esa orilla. Con la Trinidad, lo más importante, no es
elucubrar sobre el misterio, sino permanecer en la fe de la Iglesia, que
es la barca que lleva a la Trinidad.

Raniero Cantalamessa

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