Santo del día

San Francisco Marto
Siendo todavía niño, brilló por la suavidad de costumbres, la perseverancia en los sufrimientos y en la fe

Nació en Aljustrel, Fátima (Portugal), el 11 de junio de 1908; fue
bautizado a los pocos días, y cayó víctima de una neumonía en diciembre
de 1918, falleciendo en el mismo pueblo a las 22 horas del 4 de abril de
1919. Fue enterrado en el cementerio de Fátima y luego trasladado a la
Basílica, el 13 de marzo de 1952.



Su gran preocupación era la de «consolar a Nuestro Señor». El
espíritu de amor y reparación para con Dios ofendido, fue notable en su
tan corta vida; pasaba horas dedicadas a «pensar en Dios». Fue un
contemplativo.


De la homilía de SS Juan Pablo II en Fátima, en la misa de beatificación de Francisco y su hermana Jacinta, el 13 de mayo del 2000:1.
«Yo te bendigo, Padre, (…) porque has ocultado estas cosas a los sabios
e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25).

Con estas palabras, amados hermanos y hermanas, Jesús alaba los
designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si el Padre
no lo atrae (cf. Jn 6, 44), por eso alaba este designio y lo acepta
filialmente: «Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11, 26).
Has querido abrir el Reino a los pequeños.

Por designio divino, «una mujer vestida del sol» (Ap 12, 1) vino del
cielo a esta tierra en búsqueda de los pequeños privilegiados del Padre.
Les habla con voz y corazón de madre: los invita a ofrecerse como
víctimas de reparación, mostrándose dispuesta a guiarlos con seguridad
hasta Dios. Entonces, de sus manos maternas salió una luz que los
penetró íntimamente, y se sintieron sumergidos en Dios, como cuando una
persona -explican ellos- se contempla en un espejo.

Más tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, explicaba:
«Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es
Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo». Dios:
una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando
vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por
la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: «Yo
estaré contigo» (cf. Ex 3, 2-12). Cuantos acogen esta presencia se
convierten en morada y, por consiguiente, en «zarza ardiente» del
Altísimo.

2. Lo que más impresionaba y absorbía al beato Francisco era Dios en esa
luz inmensa que había penetrado en lo más íntimo de los tres. Además
sólo a él Dios se dio a conocer «muy triste», como decía. Una noche, su
padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le
respondió: «Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados
que se cometen contra él». Vive movido por el único deseo -que expresa
muy bien el modo de pensar de los niños- de «consolar y dar alegría a
Jesús».

En su vida se produce una transformación que podríamos llamar radical;
una transformación ciertamente no común en los niños de su edad. Se
entrega a una vida espiritual intensa, que se traduce en una oración
asidua y ferviente y llega a una verdadera forma de unión mística con el
Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a
través de la renuncia a los propios gustos e incluso a los juegos
inocentes de los niños.

Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la
muerte, sin quejarse nunca. Todo le parecía poco para consolar a Jesús;
murió con una sonrisa en los labios. En el pequeño Francisco era grande
el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser
bueno y ofreciendo sacrificios y oraciones. Y Jacinta, su hermana, casi
dos años menor que él, vivía animada por los mismos sentimientos.


Fuente: Vaticano

Aleteia