Recoged los trozos sobrantes

2 R 4, 42-44;
Efesios 4, 1-6;
Juan 6, 115

Durante
varios domingos el Evangelio está tomado del discurso que pronunció
Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, y que refiere el
evangelista Juan. El pasaje de este domingo viene del episodio de la
multiplicación de los panes y los peces, que hace de introducción al
discurso eucarístico.

No es casualidad que la presentación de
la Eucaristía comience con el relato de la multiplicación de los panes.
Con ello se viene a decir que no se puede separar, en el hombre, la
dimensión religiosa de la material; no se puede proveer a sus
necesidades espirituales y eternas, sin preocuparse, a la vez, de sus
necesidades terrenas y materiales.

Fue precisamente ésta, por
un momento, la tentación de los apóstoles. En otro pasaje del Evangelio
se lee que ellos sugirieron a Jesús que despidiera a la multitud para
que fuera a los pueblos vecinos a buscar qué comer. Pero Jesús
respondió: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mateo 14, 16). Con ello Jesús
no pide a sus discípulos que hagan milagros. Pide que hagan lo que
puedan. Poner en común y compartir lo que cada uno tiene. En aritmética,
multiplicación y división son dos operaciones opuestas, pero en este
caso son lo mismo. ¡No existe «multiplicación» sin «partición» (o
compartir)!

Este vínculo entre el pan material y el espiritual
era visible en la forma en que se celebraba la Eucaristía en los
primeros tiempos de la Iglesia. La Cena del Señor, llamada entonces agape,
acontecía en el marco de una comida fraterna, en la que se compartía
tanto el pan común como el eucarístico. Ello hacía que se percibieran
como escandalosas e intolerables las diferencias entre quien no tenía
nada que comer y quien se «embriagaba» (1 Co 11, 20-22). Hoy la
Eucaristía ya no se celebra en el contexto de la comida común, pero el
contraste entre quien tiene lo superfluo y quien carece de lo necesario
no ha disminuido, es más, ha asumido dimensiones planetarias.

Sobre este punto tiene algo que decirnos también el final del relato.
Cuando todos se saciaron, Jesús ordena: «Recoged los trozos sobrantes
para que nada se pierda». Nosotros vivimos en una sociedad donde el
derroche es habitual. Hemos pasado, en cincuenta años, de una situación
en la que se iba al colegio o a la Misa dominical llevando, hasta el
umbral, los zapatos en la mano para no gastarlos, a una situación en la
que se tira el calzado casi nuevo para adaptarse a la moda cambiante.

El derroche más escandaloso sucede en el sector de la alimentación. Una
investigación del ministerio de Agricultura de los Estados Unidos
revela que una cuarta parte de los productos alimentarios acaba cada día
en la basura, por no hablar de lo que se destruye deliberadamente antes
de que llegue al mercado. Jesús no dijo aquel día: «Destruid los trozos
sobrantes para que el precio del pan y del pescado no baje en el
mercado». Pero es lo que precisamente se hace hoy.

Bajo el
efecto de una publicidad machacona, «gastar, no ahorrar» es actualmente
la contraseña en la economía. Cierto: no basta con ahorrar. El ahorro
debe permitir a los individuos y a las sociedades de los países ricos
ser más generosos en la ayuda a los países pobres. Si no, es avaricia
más que ahorro. 

Raniero Cantalamessa

ReligiónenLibertad