Génesis 12, 1-4a
2 Timoteo 1, 8b-10
Mateo 17,1-9
Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano
Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de
ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se
volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y
Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:
«Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando,
cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una
voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escuchadle».
¿Por qué la fe, las prácticas religiosas están en declive y no parecen
constituir, al menos para la mayoría, el punto de fuerza en la vida?
¿Por qué el tedio, el cansancio, la molestia al cumplir los propios
deberes de creyentes? ¿Por qué los jóvenes no se sienten atraídos? ¿Por
qué, en resumen, este abatimiento y esta falta de gozo entre los
creyentes en Cristo? El episodio de la transfiguración nos ayuda a dar
una respuesta a estos interrogantes.
¿Qué significó la transfiguración para los tres discípulos que la
presenciaron? Hasta entonces habían conocido a Jesús en su apariencia
externa, un hombre no distinto a los demás, de quien conocían la
procedencia, las costumbres, el tono de voz… Ahora conocen a otro
Jesús, al verdadero, que no se consigue ver con los ojos de todos los
días, a la luz normal del sol, sino que es fruto de una revelación
imprevista, de un cambio, de un don. Para que las cosas cambien también
para nosotros, como para aquellos tres discípulos en el Tabor, es
necesario que suceda en nuestra vida algo semejante a lo que ocurre a un
joven o a una muchacha cuando se enamoran. En el enamoramiento el otro,
que antes era uno de tantos, o tal vez un desconocido, de golpe se hace
único, el único que interesa en el mundo. Todo lo demás retrocede y se
sitúa en un fondo neutro. No se es capaz de pensar en otra cosa. Sucede
una verdadera transfiguración. La persona amada es vista como en un halo
luminoso. Todo aparece bello en ella, hasta los defectos. Si acaso, se
siente indigno de ella. El amor verdadero genera humildad.
Concretamente cambia algo incluso en los hábitos de vida. He conocido
chicos a los que por la mañana no lograban sacar de la cama sus padres
para ir al colegio; si se les encontraba un trabajo, en poco tiempo lo
abandonaban; o bien se descuidaban en los estudios sin licenciarse
jamás… Después, cuando se han enamorado de alguien y se han hecho
novios, por la mañana saltan de la cama, están impacientes por acabar
los estudios, si tienen un trabajo lo cuidan mucho. ¿Qué ha ocurrido?
Nada, sencillamente lo que antes hacían por constricción ahora lo hacen
por atracción. Y la atracción es capaz e hacer cosas que ninguna
constricción logra; pone alas a los pies. «Cada uno», decía el poeta
Ovidio, «es atraído por el objeto del propio placer».
Algo por el estilo, decía, debería suceder una vez en la vida para ser
verdaderos cristianos, convencidos, gozosos. «¡Pero la joven o el chico
se ve, se toca!». También Jesús se ve y se toca, pero con otros ojos y
con otras manos: los del corazón, de la fe. Él está resucitado y está
vivo. Es un ser concreto, no una abstracción, para quien tiene esta
experiencia y este conocimiento. Más aún, con Jesús las cosas van aún
mejor. En el enamoramiento humano hay artificio, atribuyendo al amado
dotes que tal vez no tiene y con el tiempo frecuentemente se está
obligado a cambiar de opinión. En el caso de Jesús, cuanto más se le
conoce y se está juntos, más se descubren nuevos motivos para estar
orgullosos de Él y confirmados en la propia elección.
Esto no quiere decir que hay que estar tranquilos y esperar, también con
Cristo, el clásico «flechazo». Si un chico, o una chica, se queda todo
el tiempo encerrado en casa sin ver a nadie, nunca sucederá nada en su
vida. ¡Para enamorarse hay que frecuentarse! Si uno está convencido, o
sencillamente comienza a pensar que tal vez conocer a Jesús de este modo
distinto, trasfigurado, es bello y vale la pena, entonces es necesario
que empiece a «frecuentarlo», a leer sus escritos. Sus cartas de amor
son el Evangelio: ahí Él se revela, se «transfigura». Su casa es la
Iglesia: ahí se le encuentra.
Raniero Cantalamessa
ReligiónenLibertad





