Son pocos los que siguen operativos. Cada uno esconde un patrimonio frágil porque además son obras artesanales que pueden requerir años de trabajo minucioso.

Cruzamos la puerta que nadie ve. Una pequeña, casi invisible. Tan discreta que cientos de personas pasan cada semana a pocos metros sin reparar en ella. De pronto, el espacio cambia por completo: dejamos atrás la amplitud para entrar en un sitio recogido, lleno de estructuras, teclas, tubos y mecanismos. Estamos dentro del órgano de la iglesia de San Nicolás, en A Coruña. Un OESA de 1960, organería española. Un lugar reconocible para el oído, no tanto para la vista. «Cuando una persona ve un órgano desde abajo suele fijarse en los tubos visibles, pero detrás de esa fachada hay una compleja obra de ingeniería que casi nadie conoce», explica Óscar Valado, director del Departamento de Música Sacra de la Archidiócesis, que se sienta a tocar unos acordes improvisados para comprobar su estado. Aquí dentro, esa frase cobra sentido. El órgano no es un bloque único, sino un sistema formado por miles de piezas. Algunas son muy grandes, otras de apenas unos centímetros, pero todas tienen su función.
La base es sencilla: al pulsar una tecla se abre una válvula que deja pasar el aire hacia un tubo concreto, y ese aire produce el sonido. Lo complejo viene después. «Los registros activan familias de tubos con características diferentes, lo que permite obtener una enorme variedad de timbres y colores sonoros», cuenta Valado. Por eso un órgano puede pasar de un sonido suave a uno potente capaz de llenar el templo de San Nicolás en solo unos segundos. Y no hay dos iguales. Comparten principios básicos, pero cambia el número de teclados, la disposición o el propio sonido, que depende a mayores del lugar y la época en la que fueron construidos. Que un órgano sea bueno para tocar no depende solo de su antigüedad o tamaño. «Lo primero es que esté en buen estado», resume Óscar. Mecánica precisa, teclados con buena respuesta, afinación estable y una distribución equilibrada de registros son claves. La acústica del edificio también cuenta. «Un gran instrumento puede perder gran parte de su riqueza en un espacio inadecuado, mientras que una buena acústica puede potenciar incluso un órgano modesto».
Y el organista es fundamental. Este no solo interpreta, decide además cómo suena. «Diseña el sonido seleccionando registros y equilibrando los distintos planos sonoros», señala el director. Lo hace utilizando manos y pies. Esto requiere una formación amplia que va más allá del conocimiento del propio aparato. «Lectura musical, armonía, contrapunto, improvisación y conocer el instrumento en profundidad son vitales para poder tocarlo. Cada órgano es distinto, y eso obliga al intérprete a adaptarse constantemente». En Galicia, uno de los únicos centros con estudios profesionales es el Conservatorio de Ourense. Aunque parezca propio del pasado, los órganos siguen construyéndose en la actualidad. Eso sí, no son productos industriales. Cada uno es una obra artesanal que puede requerir meses o incluso años de trabajo minucioso. Su futuro depende de quienes lo tocan. Hay estudiantes interesados, pero es una especialidad minoritaria. «A veces se dice que no hay organistas porque no hay donde tocar, y que no se restauran órganos porque no hay organistas», lamenta Valado. En A Coruña se conservan nueve, ocho públicos y uno privado, pero muchos presentan problemas de conservación y solo algunos siguen en uso. Detrás de cada uno hay historia, pero también fragilidad. Tras recorrer el interior del órgano de San Nicolás, uno de los pocos que se siguen tocando cada domingo, resulta difícil volver a mirarlo igual. «Todavía estamos a tiempo de salvarlo», insiste.
Fuente: La Voz de Galicia







