León XIV: para encontrar a Dios no hay que abandonar el mundo, sino «hacer bien» el trabajo

El Papa reivindica el progreso científico y el trabajo humano, pero advierte: solo la caridad puede orientarlos al verdadero bien del hombre.

León XIV ha advertido este miércoles contra una de las ideas que, a su juicio, han marcado buena parte de la cultura occidental contemporánea: presentar a Dios y al ser humano como rivales, como si el desarrollo de la ciencia, la libertad y el progreso exigieran necesariamente alejarse de Dios.

Durante la Audiencia General celebrada en la plaza de San Pedro, el Papa continuó sus reflexiones sobre la constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, deteniéndose esta vez en el capítulo dedicado a «La actividad humana en el mundo».

La cuestión de fondo planteada por León XIV fue muy concreta: ¿qué valor tienen el progreso técnico, científico y social desde una perspectiva cristiana?

El Papa recordó que apenas cuatro años después de la clausura del Concilio Vaticano II, en julio de 1969, el hombre pisó por primera vez la Luna. Era una imagen particularmente expresiva de la enorme capacidad del ser humano para transformar el mundo mediante su inteligencia y su libertad.

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El hombre, protagonista del progreso

Creado a imagen y semejanza de Dios, explicó León XIV, el hombre es también «agente del progreso». Gracias a su inteligencia y libertad aumenta sus conocimientos, mejora sus condiciones de vida y contribuye al desarrollo de toda la sociedad.

El problema surge cuando ese progreso se interpreta como una demostración de que Dios ya no resulta necesario.

El Papa recordó que algunos pensadores han considerado el avance científico y técnico como algo que debilita la relación del hombre con Dios, hasta convertirla aparentemente en algo «superfluo» o incluso contrario al desarrollo humano.

Una concepción que, según León XIV, se encuentra especialmente presente en «esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana».

«En los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales», afirmó el Pontífice. Según esta visión, para conquistar plenamente su libertad, sus conocimientos y su capacidad de progreso, el hombre tendría que emanciparse de Dios.

Pero ocurre precisamente lo contrario, señaló León XIV. Cuando se niega la relación del hombre con Dios, termina perdiéndose también «la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana».

El Papa evocó en este punto al teólogo Henri de Lubac y su conocida descripción del «drama del humanismo ateo».

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Las victorias del hombre no amenazan a Dios

Frente a esta visión, León XIV recuperó la respuesta ofrecida por el Concilio Vaticano II.

La Gaudium et Spes afirma que los esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para mejorar sus condiciones de vida, considerados en sí mismos, «responden a la voluntad de Dios».

Por eso, los cristianos no deberían contemplar los grandes logros humanos como una amenaza para la fe.

«Las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio», recordó el Papa citando el documento conciliar.

Dios, explicó León XIV, ha confiado al hombre y a la mujer una creación que todavía está «en camino, en crecimiento», para que colaboren en llevarla a su plenitud mediante su actividad.

Esta visión tiene también una consecuencia directa sobre el sentido cristiano del trabajo.

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No hay que abandonar el mundo para encontrar a Dios

Para encontrarse con Dios, subrayó el Pontífice, el cristiano no necesita abandonar sus ocupaciones terrenas.

Puede vivir su vocación precisamente haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo.

«Los cristianos participan, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres», explicó León XIV, aunque lo hacen «con la mirada puesta en el fin de todas las cosas y en el encuentro con Dios».

El Papa vinculó esta realidad con el misterio de la Encarnación. El encuentro con Dios no anula lo humano, sino que lo asume y lo lleva a plenitud. Algo que se expresa de manera especialmente visible en cada Eucaristía: el pan y el vino, frutos de la tierra y del trabajo humano, son presentados sobre el altar y transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

No todo avance es verdadero progreso

León XIV introdujo, sin embargo, una condición fundamental. El desarrollo técnico y científico no puede considerarse automáticamente un auténtico progreso humano.

Para serlo debe beneficiar «a todo el hombre y a todos los hombres» y estar orientado por la caridad.

«Solo así podrá utilizarse siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos», señaló.

El Papa concluyó con una invitación a compartir los conocimientos y las capacidades adquiridas para que no queden reservados a unos pocos.

El Concilio, afirmó León XIV, invita a los cristianos a «compartir el pan del saber y del saber-hacer», permitiendo que hombres y pueblos desarrollen sus potencialidades.

El objetivo último es que ciencia, técnica, trabajo y progreso no terminen enfrentándose al hombre ni a Dios, sino que contribuyan a «construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor».

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