Las prostitutas en el Reino

Ezequiel 18, 25-28

Salmo 24, 4-9

Filipenses 2, 1-11

Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del
pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al
primero le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Y él respondió:
“No quiero”, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo,
le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. ¿Cuál de los
dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes
que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de
justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y la
prostitutas creyeron en él. Y vosotros ni viéndolo os arrepentisteis
después para creer en él».


En la parábola, el hijo que dice sí y no obedece representa a aquellos
que conocían a Dios y seguían su Ley, pero después en la práctica,
cuando se ha tratado de acoger a Cristo, que era «el fin de la Ley», se
han echado atrás. El hijo que dice no y obedece representa a los que en
un tiempo vivían fuera de la Ley y de la voluntad de Dios, pero después,
ante Jesús, se han arrepentido y han acogido el Evangelio. Leída hoy,
la parábola de los dos hijos dice que para Dios las palabras y las
promesas cuentan poco si no se siguen de las obras.




Sin embargo, explicado el contenido central de la parábola, es necesario
aclarar la extraña conclusión que Jesús saca de ella: «Los publicanos y
las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios». De ninguna
expresión de Cristo se ha abusado más que de ésta. Se ha acabado por
crear a veces una especie de aura evangélica en torno a la categoría de
las prostitutas, idealizándolas y oponiéndolas a los llamados juiciosos,
que serían todos, indistintamente, escribas y fariseos hipócritas. La
literatura está llena de prostitutas «buenas». ¡Basta con pensar en la
Traviata de Verdi, o en la apacible Sonia de Crimen y castigo
de Dostojevski! Pero hay un terrible malentendido. Jesús pone un caso
límite, como para decir: «Hasta las prostitutas –que lo dice todo– os
precederán en el Reino de Dios». No nos damos cuenta, además, de que
idealizando la categoría de las prostitutas se llega a idealizar también
a la de los publicanos que siempre la acompaña en el Evangelio, esto
es, la de los usureros.




Sería trágico si esa parábola del Evangelio hiciera a los cristianos
menos atentos a combatir el fenómeno degradante de la prostitución.
Jesús tenía demasiado respeto por la mujer como para no sufrir, Él
primero, viéndola reducida a prostituta. Si la aprecia no es por su
manera de vivir, sino por su capacidad de cambiar y de poner al servicio
del bien la propia capacidad de amar. El Evangelio no empuja pues a
campañas moralistas contra las prostitutas, pero tampoco a bromear con
el fenómeno, como si fuera cosa de nada.




Hoy, entre otras cosas, la prostitución se presenta bajo una forma nueva
que logra hacer dinero a manos llenas, sin los riesgos que siempre han
corrido las pobres mujeres en la calle. Esta forma consiste en ver el
propio cuerpo con la tranquilidad de estar tras una máquina fotográfica o
una videocámara. Lo que la mujer hace –o es obligada a hacer– cuando se
presta a la pornografía y a ciertos excesos de la publicidad es vender
el propio cuerpo. Es una forma de prostitución peor, en cierto sentido,
que la tradicional, porque no respeta la libertad y los sentimientos de
la gente, imponiéndose a menudo públicamente, sin que nos podamos
defender de ello.




Fenómenos así suscitarían hoy en Cristo la misma cólera que mostraba por
los hipócritas de su tiempo. Porque se trata precisamente de
hipocresía. Fingir que todo está en su sitio, que es inocuo, que no
existe trasgresión alguna, ni peligro para nadie, dándose hasta un
cierto –estudiado– aire de inocencia e ingenuidad al arrojar el propio
cuerpo al pasto de la concupiscencia de otros.




Pero traicionaría el espíritu del Evangelio si no sacara a la luz la
esperanza que esa parábola de Cristo ofrece a las mujeres que por las
circunstancias más diversas (frecuentemente por desesperación) se han
visto en las calles, víctimas la mayoría de las veces de explotadores
sin escrúpulos. El Evangelio es «evangelio», esto es, buena noticia,
anuncio de rescate, de esperanza, también para las prostitutas. Es más,
tal vez primero que nada para ellas. Jesús ha querido que fuera así.

ReligiónenLibertad