La muerte es un tabú y la Iglesia siempre consideró su deber romperlo: «Ahora lo hace menos»

La pandemia de coronavirus ha situado al mundo entero ante la realidad de la muerte, en la que parecía no querer pensar. Guillaume Cuchet,
profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Paris-Est-Créteil y
especialista en antropología religiosa europea de los siglos XIX y XX,
ha dedicado parte de sus investigaciones a la cuestión de los fines
últimos. Con esa perspectiva, en una entrevista de Marie-Lucile Kubacki en La Vie analiza por qué hemos cambiado tanto:



Guillaume Cuchet es especialista en sociología, historia y antropología de la religión.


-¿Qué le inspira la epidemia del coronavirus y
la crisis sanitaria mundial, que Emmanuel Macron, entre otros, ha
comparado a una situación de guerra con víctimas?

-Hay que precisar que es una guerra “sanitaria” y el significado de
esta fórmula es evidente: la llamada a la movilización del personal
sanitario, a la disciplina colectiva, a la unidad nacional, el anuncio
de los muertos que habrá en un futuro. También sabemos que los
presidentes franceses no le hacen ascos a ejercer, si se da el caso, el
papel de caudillo. Con lo cual, es sin duda por el hecho de no saber ya
lo que es una guerra por lo que la definimos así. Y sin embargo, la
sociedad francesa tiene una amplia experiencia en este campo: entre 1870
y 1962, ha encadenado una guerra tras otra, a través del ciclo de las
guerras franco-alemanas y las guerras coloniales. Después, ya nada, a no
ser algunas operaciones exteriores o la “guerra contra el terrorismo”.
La metáfora está a disposición de todos.


-El coronavirus no es la primera gran epidemia
de la historia occidental; ha sido comparada con la gripe española de
principios del siglo XX y con la peste. ¿Es verdaderamente comparable a
estos dos precedentes, en su naturaleza y en las reacciones que suscita?


-La comparación me parece excesiva, aunque es difícil juzgar cuando
estás en medio del vado. No sólo porque el coronavirus mata a menos
personas, sino también porque, en gran medida, respeta el orden de las generaciones en su paso a la muerte.
Tal como se está afrontando actualmente, es más un amplificador de la
mortalidad ordinaria que un pico real de mortalidad extraordinaria. El
balance será, sin duda, inferior al que hubo durante la canícula de 2003
y no dejará huellas en la pirámide de edad. No debemos olvidar que cada
año, en Italia, hay más de 600.000 fallecimientos, a pesar de que no se
informa de ello cada noche en el telediario. Lo que está sucediendo es,
ciertamente, relevante, pero menos desde el punto de vista demográfico que sanitario, social, económico y psicológico.


-En esta epidemia hay una relación traumatizante
con la muerte: está presente y, a la vez, no se la puede ni mirar ni
tocar. La angustia de no poder volver a ver a un ser querido que está
muriendo ni a sujetar su mano es particularmente fuerte.


-La soledad, es decir, el abandono del moribundo, lo mismo que la
inhumación o la cremación precipitada, era la norma en las grandes
epidemias de antaño, salvo por unos pocos héroes,  ya lo fuese por
temperamento o por su función. Podemos hacer un paralelismo con la
reacción que hubo, en los años 60-70, con la generalización de las muertes en los hospitales. Esta nueva “soledad del que muere” fue un shock
en esa época, porque quien moría en los hospitales era tradicionalmente
el pobre; además, aún había la costumbre de acompañar a los moribundos.
La historia de la muerte a partir de los años 70 nació por una
reacción, de miedo y de piedad, hacia esta nueva situación. Nos
acostumbramos. Sin embargo, no hemos renunciado a acompañar a nuestros
seres queridos en la muerte, como tampoco a despedirlos solemnemente (en
Italia, en el 70% de las defunciones se realizan exequias religiosas).


-¿Podemos decir que a nuestras sociedades les falta la preparación para enfrentarse colectivamente a la muerte?


-Hay que volver a la demografía, que explica varias cuestiones. Tras
la Segunda Guerra Mundial, la mortalidad infantil y juvenil
prácticamente desapareció, ganándose “una vida de más” en términos de
esperanza de vida. Los decesos se concentraron en los mayores de 65
años. La mayor parte de nuestros contemporáneos consideran que tienen
derecho a vivir hasta los 80 años, y que las defunciones que suceden
antes de esta edad son más o menos prematuras. En última instancia, tememos más la degradación física y psíquica inherente a la vejez que a la muerte misma.
Es un cambio fundamental respecto al pasado, cuando se podía fallecer a
cualquier edad y donde todos eran conscientes de que podían dejar este
mundo de manera repentina. Hemos ganado, antes de los 65 años, una
seguridad psicológica extraordinaria, un cuasi sentimiento de inmortalidad, inédito en los anales antropológicos de la humanidad; pero esta es también la razón por la que nos hemos desvinculado colectivamente de toda la antigua cultura de la muerte, sobre todo de la cultura religiosa,
que permitía hacer frente a esta incertidumbre. De ahí, creo, esta
hipersensibilidad ante el retorno de una forma (muy limitada) de
mortalidad extraordinaria.


-Las imágenes que vemos de convoyes militares
sacando a los cadáveres de Bérgamo, de hospitales saturados, de personal
sanitario con las huellas de las mascarillas en su rostro, son bastante
inquietantes… ¿No será que nuestra hipersensibilidad contemporánea es
debida al hecho de que, hoy en día, estamos saturados de “imágenes”?


-Sin duda. Está claro que la situación italiana, sobre todo en el
norte del país, no es la misma, en este estadio, que en tiempos
normales. Estamos en una ratio de uno a cinco en términos de cifras de
fallecidos, con todo lo que ello implica en términos de desbordamiento
del sistema sanitario, y todos los gobiernos son conscientes de que ése
es el umbral definitivo que no hay que sobrepasar de ninguna manera. A
esto se añade la duración de la crisis, que tuvo inicio en Italia. El
peso de las imágenes está, sin duda, agudizado por el confinamiento y,
también, por el hecho de que la catástrofe está, por así decir, en la calle, dado que por regla general no nos afectan los dramas lejanos, aunque los veamos.



Cómo nuestro mundo dejó de ser cristiano. Anatomía de un derrumbamiento es una de las últimas obras de Guillaume Cuchet.


-Usted ha trabajado mucho sobre la cuestión de
la predicación de los fines últimos en la Iglesia. ¿Cuáles han sido las
grandes etapas del desarrollo actual?


-Desde los años 60, la Iglesia prácticamente no habla de lo que, en el pasado, se llamaban “los fines últimos”, empezando por la muerte.
Este silencio, cuyas causas son múltiples, es contemporáneo a la
difusión del “tabú de la muerte” en las sociedades occidentales,
señalado por los historiadores que estudian las costumbres de la
población de los años 1960-1970. Es verdad que la muerte, en ciertos
aspectos, siempre ha sido tabú. Ya en el siglo XVII, Pascal o Bossuet decían que los hombres, debido a la imposibilidad de eliminar a la muerte, habían decidido no pensar en ella. La Iglesia consideraba que era su deber quebrar incansablemente este tabú natural de la humanidad,
para permitir que cada uno se prepare a ella y adquiera un sentido más
pleno de su existencia. Ahora lo hace menos que en el pasado, pero el
cristianismo, como anuncia Jesucristo crucificado, muerto y resucitado,
sigue, a pesar de todo, preparando a los fieles a estas perspectivas últimas. «Quienquiera que muera, muere con dolor», decía François Villon,
y esto vale tanto para los cristianos como para los no cristianos. Sin
embargo, no morimos en absoluto de la misma manera cuando concebimos
nuestra existencia como un pasar que se abre a una esperanza de vida
ilimitada, en lugar de como un breve periodo sin futuro.


-Recientemente, el Papa Francisco ha hecho una
peregrinación por las calles de Roma, siguiendo las huellas de Gregorio I
y Gregorio XVI, papas de los siglos VI y XIX respectivamente, en el
momento de las epidemias de la gran peste y del cólera, para implorar el
fin de la pandemia… ¡Una imagen de gran potencia!


-En otros tiempos, en circunstancias parecidas, los creyentes se
preguntaban, de manera natural, qué significado espiritual tenía el
acontecimiento que estaban viviendo. Cuando le pedíamos a Dios que nos
librara de «las pestes, las guerras y el hambre», citando las palabras
de una oración célebre, no era sólo porque se hacía un llamamiento a su
protección, sino porque se suponía que era Él el que nos las enviaba o, como mínimo, el que dejaba que sucedieran.
En 1832, ante la epidemia de cólera, el cura de Ars dijo a sus
parroquianos: «Hermanos, ¡Dios está barriendo el mundo!». Ahora estamos
muy alejados de esta teología y el clero actual no quiere dar la imagen
de que se preocupa sobre estos temas. La última vez que, en Francia,
oímos en boca de los obispos un discurso de este tipo fue en 1940, en el
momento de la derrota. Tras lo cual, desapareció.


-La Pascua se ha celebrado en el corazón de la
pandemia. Ahora bien, ciertos estudios de opinión demuestran que, en
Francia, sólo un católico sobre diez cree en la resurrección de la
carne…


-Siempre desconfío un poco de estas encuestas que nos explican que el
10% de los católicos cree en esto, que el 15% cree en esto otro, dando
la idea de que “antaño” los católicos suscribían todo en bloque, lo que
es poco probable. Independientemente del involuntario cariz chistoso que
se desprende de estas cifras, no debemos olvidar que las creencias
siempre son más o menos susceptibles; además, hay que vivirlas en lo
concreto, en las situaciones de enfermedad o duelo, que les dan otro
rostro. En cualquier caso, está claro que estas encuestas, que existen
desde los años 60 (no es casualidad), revelan periódicamente una situación muy difundida de falta de determinación sobre los puntos fundamentales de la fe.
Habría mucho que decir sobre el significado y las causas de este
fenómeno, que no es fácil de interpretar. El éxito actual de las
“experiencias de muerte inminente” y todo el nuevo espiritismo
contemporáneo demuestran que la cuestión de la supervivencia del alma
(más que la resurrección del cuerpo, que parece más “mitológico”) no ha
desertado nuestra modernidad. La Iglesia, que con frecuencia aborda
esta literatura a regañadientes (y lo comprendemos), tal vez debería
interesarse más en ella.


Traducción de Elena Faccia Serrano.

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