
En el Ángelus del último domingo de agosto habla el Papa de la cultura del encuentro entre las personas y desde la celebración de la eucaristía. Desea el Papa que la Iglesia sea para todos un taller de humildad “esa casa en la que siempre se es bienvenido, donde los puestos no se conquistan, donde Jesús puede tomar …la Palabra y educarnos”
Dice el Papa que “tener invitados ensancha el espacio y el corazón, y hacerse huésped exige la humildad de entrar en el mundo del otro” y por lo tanto, sentarse juntos no es siempre fácil, sobre todo si como en el caso de recibir a Jesús estamos recibiendo a un huésped que “puede describir cómo nos ve” y que permite a través de su mirada “repensar cómo muchas veces reducimos la vida a una competición, cómo perdemos la compostura con tal de obtener algún reconocimiento, cómo nos comparamos inútilmente unos con otros.” En definitiva, dirá el Papa que Jesús con su Palabra “cuestiona las prioridades que ocupan nuestro corazón”. Y dirá el Papa que dejarnos cuestionar es una experiencia de libertad, libertad que el Evangelio describe usando la palabra “humildad”, porque solo la humildad “es ser libre de uno mismo”, sólo ella nos permite mirar lejos, porque “quien se engrandece, en general, parece no haber encontrado nada más interesante que sí mismo y, en el fondo tiene poca seguridad en sí. Pero quien ha comprendido que es muy valioso a los ojos de Dios…posee una dignidad que brilla por si sola”
En resumen, el Papa invita durante este año jubilar a que nos sentemos a la mesa, con Jesús como invitado, y dejemos que él nos mire y nos cuente qué es aquello que ocupa nuestro corazón, para que con humildad podamos ser libres de aquello que nos ata y que nos impide reconocer que somos valiosos a los ojos de Dios.
María Puy





