Importante elogio de Benedicto XVI al cardenal Sarah: con él, «la liturgia está en buenas manos»

El cardenal Robert Sarah,
que pronto cumplirá 72 años, fue arzobispo de Conakry, en su Guinea
natal, entre 1979 y 2003. En la Curia romana fue secretario de la
Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos con San Juan Pablo II, presidente del Consejo Pontificio Cor Unum con Benedicto XVI (quien lo elevó al cardenalato en 2011), y en noviembre de 2014 Francisco le nombró prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

En 2016 publicó un libro que está alcanzando gran impacto: La fuerza del silencio. Frente a la dictadura del ruido (Palabra).

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Ignatius Press publicó una primera edición del libro en inglés, a la que se incorporará próximamente un prólogo de Benedicto XVI, ofrecido en exclusiva este miércoles por First Things y cuya traducción ofrecemos a los lectores de ReL (las negritas son nuestras):

Con el cardenal Sarah, la liturgia está en buenas manos

Desde que leí por primera vez las Cartas de San Ignacio de Antioquia en los años 50, un pasaje de su Carta a los Efesios
me conmovió particularmente: «Más vale callar y ser [un cristiano] que
hablar y no ser. Está bien enseñar si aquel que habla hace. No hay,
pues, más que un solo maestro, aquél que ha hablado y todo ha sido
hecho, y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre.
Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su
silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse
conocido por su silencio» (15, 1f). ¿Qué significa esto de escuchar el
silencio de Jesús y conocerle a través de su silencio? Sabemos por los
Evangelios que Jesús, a menudo, pasaba las noches solo «en la montaña»
orando, conversando con su Padre. Sabemos que su discurso, su palabra,
venía del silencio y sólo podía madurar en él. Por lo que es razonable
pensar que su palabra sólo puede ser correctamente comprendida si nosotros, también, entramos en su silencio, si aprendemos a escucharla desde su silencio.

Ciertamente, para poder interpretar las palabras de Jesús se necesita
tener un conocimiento histórico que nos enseñe a comprender el tiempo y
el lenguaje de esa época. Pero esto, por sí solo, no es suficiente si
queremos comprender el mensaje del Señor en profundidad. Cualquiera que
lea hoy los comentarios a los Evangelios, cada vez más densos, al final
se queda decepcionado. Aprende muchas cosas que pueden ser útiles sobre
esos días y muchas hipótesis que, en última instancia, no contribuyen en
nada a la comprensión del texto. Al final uno siente que en ese exceso de palabras falta algo esencial: entrar en el silencio de Jesús,
del que nació su palabra. Si  no podemos entrar en este silencio,
siempre escucharemos superficialmente la palabra, sin comprenderla en su
totalidad.

Mientras leía el nuevo libro del cardenal Robert Sarah,
todos estos pensamientos atravesaban de nuevo mi alma. Sarah nos enseña
el silencio, a ser silenciosos con Jesús, nos enseña la verdadera
quietud interior y, de esta forma, nos ayuda a captar la palabra del
Señor de nuevo. Habla poco sobre sí mismo, pero de vez en cuando podemos
alcanzar a ver su vida interior. Cuando responde a la pregunta de
Nicolas Diat: «¿Alguna vez le han resultado las palabras demasiado
molestas, demasiado pesadas, demasiado ruidosas?», dice: «En mi oración y
en mi vida interior siempre he sentido la necesidad de un silencio más
profundo y completo. (…) Los días de soledad, de silencio y de ayuno
absoluto han sido un gran apoyo. Una gracia increíble, una lenta
purificación y un encuentro personal con (…) Dios. (…) Los días
de soledad, silencio y ayuno, con el único alimento de la Palabra de
Dios, permiten al hombre cimentar su vida sobre lo esencial
«.
Estas líneas hacen visible el manantial del que vive el cardenal, y que
da a su palabra su profundidad interior. Desde esta posición ventajosa
él puede ver así los peligros que amenazan continuamente la vida
espiritual, incluso de sacerdotes y obispos, y que pone en peligro a la
propia Iglesia, en la que no es algo infrecuente que la Palabra sea
reemplazada por una verborrea que diluye la grandeza de la Palabra
.
Me gustaría citar sólo una frase que puede convertirse en un examen de
conciencia para cada obispo: «Puede suceder que un sacerdote bueno y
piadoso, cuando es elevado a la dignidad episcopal, caiga rápidamente en
la mediocridad y se preocupe de los éxitos mundanos. Agobiado por la
carga de los deberes que le corresponden, preocupado por su poder, su
autoridad y las necesidades materiales de su cargo, lentamente pierde
interés».

El cardenal Sarah es un maestro espiritual, que habla desde las
profundidades del silencio con el Señor, desde su unión íntima con Él,
por lo que realmente tiene algo que decir para cada uno de nosotros.

Debemos agradecer al Papa Francisco haber nombrado a dicho maestro espiritual
como  cabeza de la congregación que es responsable de la celebración de
la liturgia en la Iglesia. Es verdad que para la liturgia, como para la
interpretación de las Sagradas Escrituras, es necesario un conocimiento
especializado. Pero también es verdad que la especialización puede, en
última instancia, dejar de lado lo esencial en la liturgia, a no ser que
esté arraigada en una unión profunda e íntima con la Iglesia orante,
que continuamente aprende del Señor mismo qué es la adoración. Con el
Cardenal Sarah, maestro del silencio y de la oración íntima, la liturgia
está en buenas manos.

Traducción de Helena Faccia Serrano.

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