El que no está contra nosotros, está por nosotros

Números 11, 25-29
Santiago 5, 1-6
Marcos 9, 38-43, 45, 47-48

Uno de los apóstoles, Juan, vio expulsar demonios en nombre de Jesús a
uno que no era del círculo de los discípulos y se lo prohibió. Al
contarle el incidente al Maestro, se oye que Él responde: «No se lo
impidáis… El que no está contra nosotros, está por nosotros».

Se trata de un tema de gran actualidad. ¿Qué pensar de los de fuera,
que hacen algo bueno y presentan las manifestaciones del Espíritu, sin
creer aún en Cristo y adherirse a la Iglesia? ¿También ellos se pueden
salvar?

La teología siempre ha admitido la posibilidad, para
Dios, de salvar a algunas personas fuera de las vías ordinarias, que son
la fe en Cristo, el bautismo y la pertenencia a la Iglesia. Esta
certeza se ha afirmado sin embargo en época moderna, después de que los
descubrimientos geográficos y las aumentadas posibilidades de
comunicación entre los pueblos obligaron a tomar nota de que había
incontables personas que, sin culpa suya alguna, jamás habían oído el
anuncio del Evangelio, o lo habían oído de manera impropia, de
conquistadores o colonizadores sin escrúpulos que hacían bastante
difícil aceptarlo. El Concilio Vaticano II dijo que «el Espíritu Santo
ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida,
se asocien a este misterio pascual» de Cristo, y por lo tanto se salven
[Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia y el mundo actual, n. 22. Ndt].

¿Ha cambiado entonces nuestra fe cristiana? No, con tal de que sigamos
creyendo dos cosas: primero, que Jesús es, objetivamente y de hecho, el
Mediador y el Salvador único de todo el género humano, y que también
quien no le conoce, si se salva, se salva gracias a Él y a su muerte
redentora. Segundo: que también los que, aun no perteneciendo a la
Iglesia visible, están objetivamente «orientados» hacia ella, forman
parte de esa Iglesia más amplia, conocida sólo por Dios.

Dos
cosas, en nuestro pasaje del Evangelio, parece exigir Jesús de estas
personas «de fuera»: que no estén «contra» Él, o sea, que no combatan
positivamente la fe y sus valores, esto es, que no se pongan
voluntariamente contra Dios. Segundo: que, si no son capaces de servir y
amar a Dios, sirvan y amen al menos a su imagen, que es el hombre,
especialmente el necesitado. Dice de hecho, a continuación de nuestro
pasaje, hablando aún de aquellos de fuera: «Todo aquel que os dé de
beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que
no perderá su recompensa».

Pero, aclarada la doctrina, creo
que es necesario rectificar también algo más, y es la actitud interior,
la psicología de nosotros, los creyentes. Se puede entender, pero no
compartir, la mal escondida contrariedad de ciertos creyentes al ver
caer todo privilegio exclusivo ligado a la propia fe en Cristo y a la
pertenencia a la Iglesia: «Entonces, ¿de qué sirve ser buenos
cristianos…?». Deberíamos, al contrario, alegrarnos inmensamente
frente a estas nuevas aperturas de la teología católica. Saber que
nuestros hermanos de fuera también tienen la posibilidad de salvarse:
¿qué existe que sea más liberador y qué confirma mejor la infinita
generosidad de Dios y su voluntad de «que todos los hombres se salven»
(1 Tm 2,4)? Deberíamos hacer nuestro el deseo de Moisés recogido en la
primera lectura de este domingo: «¡Quisiera de Dios que le diera a todos
su Espíritu!».

¿Debemos, con esto, dejar a cada uno tranquilo
en su convicción y dejar de promover la fe en Cristo, dado que uno se
puede salvar también de otras maneras? Ciertamente no. Sólo deberíamos
poner más énfasis en el motivo positivo que en el negativo. El negativo
es: «Creed en Jesús, porque quien no cree en Él estará condenado
eternamente»; el motivo positivo es: «Creed en Jesús, porque es
maravilloso creer en Él, conocerle, tenerle al lado como Salvador, en la
vida y en la muerte». 

Raniero Cantalamessa

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