El obispo Argüello: la polémica del autobús evidencia «falta de libertad» y «gran intolerancia»

El obispo auxiliar de Valladolid, Luis Argüello, fue una de las voces de la Iglesia que intervinieron en el intenso debate social sobre la transexualidad provocado por el autobús de Hazteoír
la semana pasada. Argüello es un hombre culto, de pensamiento claro,
exposición pacífica y tono calmado. Se esfuerza con éxito en conciliar
la claridad en la presentación de su verdad, con el empeño en evitar
confrontaciones innecesarias o palabras hirientes que dificulten el
entendimiento. Antes de ordenarse sacerdote fue uno de los
promotores de Justicia y Paz en Valladolid y es un firme defensor del
valor del diálogo sincero y honesto.
Pero ve alarmado cómo cada vez es más difícil.

Y advierte de que la libertad de opinión está en peligro.

– ¿Le ha sorprendido la polémica que se ha desatado en todo el país en torno al autobús de Hazteoír?

– Lo que más me ha sorprendido ha sido que en las reacciones que han
surgido se haya subrayado tanto la palabra odio. La coincidencia ha sido
tan grande que casi parecía responder a un manual. Todos han ido más allá de lo que el autobús dice.
Al tratarse de una campaña que responde a otra campaña (la de Navarra),
la han interpretado desde ahí, desde esa respuesta, y en clave de odio,
lo que evidentemente me parece muy excesivo.

– Fernando Savater
se ha pronunciado en un artículo y ha asegurado que no ve odio por
ninguna parte, y que lo que se pone de manifiesto es una diferencia de
visión.

– Se pone encima de la mesa un asunto que nos preocupa, más allá de los
autobuses, que es todo aquello que tiene que ver con el debate sobre lo
humano. Percibo que la dinámica es siempre la misma. Se parte de
situaciones de dolor, o discriminación, con las que nadie puede estar
de acuerdo.
Y, desde luego, nosotros debemos comprometernos en
la lucha contra la discriminación. Pero a partir de ahí se revisa la
concepción antropológica del hombre y de la mujer, el significado de la
diferencia sexual… Esto es lo preocupante. Las leyes que están surgiendo
en muchas autonomías, que tienen el encabezamiento de ir contra la
discriminación, enseguida lo que plantean es la cuestión de la identidad
de género. En el deseo de normalizar la situación de estas personas se
da un salto a la normalización de un planteamiento antropológico que
desmiente los datos de la propia corporalidad.

– La cualidad que
tenía el eslogan del autobús, inevitablemente reduccionista como todos,
era resituar la idea de una referencia de realidad. Y eso es lo que ha
resultado más intolerable.

– Sí, pero es comprensible de alguna manera. Estamos viviendo en los
últimos decenios una propuesta, que no es sólo española, sino universal,
que coloca las referencias sobre lo humano en el campo de las opciones
personales. Creo que este debate sobre la transexualidad tiene bastante
que ver con que el año próximo la Asociación Americana de Psiquiatría,
que define el catálogo de las enfermedades mentales, tiene sobre la mesa
la revisión de la visión médica de este campo. Ya hace unos años,
dejaron de hablar de trastornos de género para hablar de disforia, que
es un malestar ante el propio cuerpo y sus manifestaciones. Y
ahora hay una presión para que, en la próxima edición de su manual
diagnóstico, ni siquiera se considere como un problema, sino como una
expresión del territorio de la libertad.

En el terreno educativo eso se traduce en que a los niños no se les
deben plantear referencias demasiado rígidas, porque este campo de la
orientación sexual debe presentarse como un terreno en el que hacer
ensayos y experimentar. Sé que esto no lo comparten todas las personas
que quieren que los que padecen estos problemas en su mundo afectivo o
sexual no sufran discriminación, abusos o burlas. Y yo comprendo estas
situaciones. Pero el problema es que, desde situaciones límite, se pretenda realizar un juicio general sobre el significado de la vida humana, sobre el significado de la sexualidad o de la muerte.

– El eslogan del
autobús planteaba una referencia de objetividad, basada en el cuerpo,
frente al eslogan inicial que desencadenó esta campaña de respuesta, y
que consagraba como criterio último la autoconciencia subjetiva.  

Ese es un problema bien serio, el del subjetivismo, que lleva
consigo un relativismo que, en principio, parece hacernos sentir más
cómodos. Pero el problema es que luego hay que convivir y buscar un bien
común.
Y esto exige unas referencias objetivas que se puedan
compartir. Después de siglos de iluminismo de la Ilustración, y del
triunfo de las ideologías, la situación en la que nos encontramos pide
volver a mirar lo real. Y aceptar que lo real nos ofrece unos datos
desde los cuales poder construir. Uno de los datos fundantes que se nos
ofrecen es el dato de nuestra corporalidad. No como algo que tenemos,
sino como algo que somos. En el propio cuerpo se da una reconciliación
entre el tiempo moderno que ha puesto en pie el sujeto, la conciencia,
las ideas… y el propio dato corporal que es una referencia de realidad y
de naturaleza para que las ideas, sentimientos y emociones del sujeto,
al emanciparse, no se despisten.

– A la postre
parece que lo que se contraponen son dos modelos de respeto al
diferente. El viejo modelo de la tolerancia, que defiende la existencia
de una serie de referencias comunes, pero que, a partir de ahí, no
descarta la acogida del diferente, se juzga ahora insuficiente. Y lo que
se reclama ahora es que no exista ningún modelo para que nadie se
sienta rechazado.

– Y desde ahí surge una nueva intolerancia, que es la de ser
intolerantes con aquellos que salimos a la plaza pública ofreciendo un
modelo, que es lo que ha pasado estos días. Solo el hecho de presentar
una referencia provoca una reacción desmedida de rechazo. Al margen de
las actuaciones administrativas, y de la posibilidad de que el
Ayuntamiento se haya excedido en la interpretación de la legalidad, lo
verdaderamente sorprendente de todo lo ocurrido es que la presentación
de esta referencia se haya considerado como algo intolerable, bajo capa
de decir que genera odio
. Y se dice que esas ideas deben ser
retiradas de la vida pública. Y eso es grave porque tiene muchas
repercusiones. Como hemos visto con un colegio de Madrid al que se
amenaza con retirarle el concierto y al que se le imponen sanciones.

– También se nos dice que el origen del problema no está en el propio individuo, sino en la sociedad, que no lo entiende.

– Lo que se nos dice es: la disforia no está provocada por la
propia situación de malestar con la corporalidad, sino por la reacción
social. Si no existiera, no habría malestar. Esto se nos ha dicho ya
antes.
Hasta el año 68 se afirmaba: Hay mucha represión sexual,
y porque hay represión hay prostitución; porque hay represión hay
violencia; y porque hay represión hay infidelidades. Cuando desaparezca
la represión, eso desaparecerá. En este tiempo hemos dado un giro
radical y hemos pasado a un planteamiento de nada de represión, e
incluso a la euforia en la vivencia de la sexualidad, y la prostitución
no ha desaparecido, ni la violencia en el seno de la pareja, ni las
infidelidades. Es evidente que el cuerpo social influye en nuestra vida
personal, pero no podemos decir que toda la culpa la tienen las
estructuras y que, si solucionamos lo estructural, lo personal se
soluciona automáticamente. No es verdad. Sí es verdad que a veces la
situación de las personas pide cambios estructurales, pero esos cambios
por sí mismos no resuelven los malestares personales.

– En Estados
Unidos, e incluso en la ONU, hemos escuchado ya propuestas para limitar
la libertad religiosa siempre que entre en conflicto con estas nuevas
visiones sobre lo humano.

– Cuando ves que esto ocurre en tantos lugares de la Tierra de forma
simultánea, y que incluso desde las agencias de Naciones Unidas se
insiste en esto, empiezas a pensar que obedece a algún plan. Creo
que lo que se hace es realizar una propuesta sobre lo humano que haga
juego con una determinada manera de entender la globalización. A uno le
extraña que desde el pensamiento de izquierda no se vea la relación que
existe entre la antropología, la economía y las propuestas políticas
globales. Yo sí creo que existe esa relación.

– Quizás convenga desarrollar esa idea para evitar que le acusen de pensamiento conspiranoico.

– Hay varios motivos para pensar esto. El primero de ellos sería el
elogio cultural que se hace del sujeto como productor-consumidor, un
individuo que tiene cada vez menos vínculos y relaciones fuera de los
mundos del trabajo y del consumo. Estos ciudadanos, desvinculados,
tienen una menor capacidad de conciencia, de resistencia y de propuesta.
Tienden a moverse más por emociones, por intereses, o por gustos, que
por un discernimiento, y resultan más fácilmente manipulables.

Pero el otro aspecto clave de esta nueva propuesta antropológica es que
está marcadamente separada de la vida, de la generación de la vida.
Separada de una visión de la sexualidad y de las relaciones sexuales que
no las vea sólo como un elemento de comunicación de la pareja, sino que
entienda que el valor esencial de la diferencia sexual (no sólo en los
seres humanos, sino también en otras muchas especies animales) tiene que
ver con la transmisión de la vida. Percibo que en el mundo en el que
vivimos hay una convicción de que, para poder gestionar el planeta,
incluso para cuidarlo, es preferible reducir el número de comensales a la mesa, en vez de buscar una mayor justicia en el reparto de los bienes.

Esto se constata al ver cómo instituciones como el Fondo
Monetario Internacional o el Banco Mundial, u otras agencias de Naciones
Unidas,
casi siempre exigen a los países empobrecidos, como
una de las condiciones para poder recibir ayudas económicas, que pongan
en marcha políticas antinatalistas. Me parece que eso revela una
propuesta antropológica que busca, si no suprimir la generación de la
vida, sí al menos que quede muy disminuida.

Luego surgen situaciones paradójicas, porque como, a pesar de todo, el deseo de los hijos es algo evidente, aparecen cuestiones nuevas como la gestación subrogada.
Antes esto uno se plantea si no sería mejor buscar el modo de asignar
alguno de esos muchos niños que no se desean, y que se abortan, a todos
esos padres que sí quieren acoger una vida, en vez de recurrir a los
vientres del alquiler.

– Pero la
posibilidad de adopción ya existe. Lo que aportan los vientres de
alquiler es la reducción de los riesgos de la adopción, porque el niño
que se recibe es un recién nacido sin los condicionantes de una historia
personal ya iniciada.

Con lo cual lo que se desea es un producto, cuando algo
genuino de nuestra concepción de la génesis de la vida es que lo hemos
llamado procreación
. Es un acto creativo, con todos los riesgos
de lo creativo, no un producto de diseño en el que incluso puedo
descartar el resultado si no se corresponde con la solicitud. En el
concepto de procreación, la apertura a la vida hace que se la acoja como
un don. Un don que puede conllevar también una carga, en esos casos en
los que los hijos vienen a la vida con problemas, pero que incluso
entonces puede terminar siendo una carga gozosa, como atestigua la
experiencia de tantos padres y madres.

– ¿Qué le ha
sorprendido más de todo esto, la polémica o el que todos los partidos
políticos parlamentarios (salvo excepciones individuales) se
manifestaran del mismo modo?

– Me ha resultado más sorprendente esto último. La polémica era
esperable a la vista de lo ocurrido en España en los últimos meses. Pero
es la naturaleza de las reacciones la que más me sorprende y preocupa,
porque me hace ver cuán extendida está esta concepción de la
antropología individualista, tan marcada por los propios gustos,
sensaciones e intereses.
Por otra parte, pone de manifiesto las
dificultades que tenemos para enfrentarnos a lo que se va gestando como
políticamente correcto. Pero lo que más me ha sorprendido es el
diagnóstico de odio. Que no solo se haya coincidido en el rechazo sino
en la interpretación de la campaña como una expresión de odio es para mí
un timbre de alarma.

– ¿No tiene la sensación de que se ha producido un efecto rebote?

– Claro, claro. Es que la reacción ha sido tan grosera… en el sentido de no tener en cuenta la libertad de expresión.
No conviene olvidar que en esta polémica ha habido una cuestión de
fondo, que es la antropológica. Pero también ha habido otra importante,
que es la cuestión de la libertad.

– ¿Se ha puesto de manifiesto que tenemos menos libertad de la que creemos?

-Creo que sí. Y esto tiene que ver con la evolución de nuestro modelo
social. Con esa idea del individuo aislado y regido por sus emociones e
impulsos, de la que hablábamos antes. Es la cultura del ‘me gusta / no
me gusta’. Hoy a la gente se le pide que opine a favor o en contra de
algo que está viendo en ese momento en la televisión, con lo que la
opinión se convierte en una cuestión de poder. Por este camino, el
diálogo ya no es verdadero diálogo, es una forma de guerra, de ver quién
gana. Desde ese punto de vista, la libertad está amenazada, sí.

– Usted es de las pocas personas de la Iglesia que han intervenido en esta polémica. Y ha sido atacado por ello.

– Ya he dicho que es muy importante que sobre estas cuestiones se pueda
dialogar, sin hacer del diálogo un combate, con disposición a
escucharnos. Yo estoy seguro de que lo que se quiere decir desde otros
ámbitos subraya con fuerza la cuestión de la no discriminación. Y yo eso
lo quiero acoger. Lo que pasa es que algunos piensan que se
discrimina cuando se hace una propuesta positiva de un criterio firme.
Es ahí donde tendríamos que hacer un esfuerzo de diálogo.
Estamos
de acuerdo en algo: la dignidad de la persona. Y que por eso mismo no
se puede discriminar a nadie. Pero una vez dicho eso, aceptémonos unos a
otros. Porque si no, se produce la discriminación de los que queremos
hacer una propuesta sobre lo humano.

– El responsable
de IU en Castilla y León, José Sarrión, le animó a entender que “la
libertad de expresión no consiste en criminalizar aquello con lo que no
se está de acuerdo”.

– Exacto. Entremos en eso. Lo que yo lamento justamente es que se haya
criminalizado a aquellos con los que no se está de acuerdo.

– El presidente de
la Conferencia Episcopal y cardenal, Ricardo Blázquez, planteó hace
unas semanas, con motivo de sus 50 años de ordenación, que la Iglesia
tiene a veces dificultades para conciliar verdad y misericordia. Todo lo
ocurrido estos días da una medida de la dificultad añadida del entorno.
Hace falta un humus social para que ese afán pueda fructificar.

– La urgencia de poder dialogar de las cosas importantes es cada vez
mayor porque el propio desarrollo o expansión de las cuestiones de las
que estamos hablando hace que ese humus donde sea posible realizar una
propuesta disminuya cada vez más.

Conviene recordar que en la misma lógica de verdad y misericordia forma parte de la verdad que anunciamos la misericordia,
y forma parte de la misericordia que ofrecemos, el ofrecer la verdad.
Es un acto de amor el decirnos la verdad, o, en definitiva, lo que uno
cree que es la verdad. Si no, al final son palmaditas en el hombro. La
acogida, o la no discriminación, tienen que basarse en el reconocimiento
de lo que nos separa. Y a partir de ahí entender que es más importante
lo que nos une, que es nuestra condición de humanos. Reconstruir un
ámbito donde sea posible el diálogo es fundamental. Algo parecido ocurre
en la situación política española, en la que ahora se habla de la
necesidad de un pacto educativo. Si no se da esta aceptación del otro
sin las barreras que las ideologías imponen, es imposible llegar a nada,
porque entonces el otro será siempre un contrincante, o algo peor, un
enemigo.

– Al fondo de toda esta polémica aparece la familia y su erosión social.

-Es que la cuestión antropológica y la de la familia son la cara y cruz
de la misma moneda, porque el origen de la vida, el crecimiento de la
vida, la educación de la nueva vida, se realiza en el ámbito familiar.
Por ello, al mismo tiempo que se cuestiona la antropología se cuestiona
la familia. No solamente por la irrupción de nuevos modelos, que es lo
que hemos vivido hasta aquí, sino que empieza a cuestionarse la familia
como tal. La lógica individualista lleva consigo la incomodidad ante los
vínculos fundantes (padre, madre, hijo, hermano), que no se negocian,
sino que vienen dados. Ahora se plantea que los hijos, puedan ser educados por la tribu o por el Estado.

Pero yo creo que hay un modelo familiar que es el que responde a la antropología adecuada. Y
es que la posibilidad de generar vida la tiene el encuentro entre un
hombre y una mujer. Aquellos que son padres de un hijo, aunque luego se
divorcien y dejen de ser esposos, no dejan de ser padres. Con lo que
también ahí hay un dato de la realidad que reclama un apoyo
institucional. Si ser padre o madre es algo que no se puede romper, el
ideal social a proponer debe ser un hogar que permanezca. Lo cual no
quiere decir que no haya situaciones en las que, por la violencia o el
desamor, no exista la posibilidad de separación de las personas. Yo no
estoy diciendo que no tengamos ley del divorcio. Lo que digo es que
consideremos la familia como un bien a proteger, y, por tanto, que se
promueva, y que no se den facilidades a la ruptura. Aunque algunas de
ellas sean inevitables.

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