El cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor: «La confesión no hace ruido pero sí milagros»

Empieza Adviento, momento de preparación para la Navidad, y la confesión es una de las herramientas más poderosas para ello. El cardenal Mauro Piacenza, el Penitenciario Mayor en la Curia romana, ha enviado una carta a los Penitenciarios de las Basílicas Papales de la Urbe y a todos los Confesores con ocasión del inicio del Adviento 2107, fechada el I Domingo de Adviento, 3 de diciembre de 2017.

El purpurado explica que «en el encuentro sacramental con el penitente,
en virtud de la propia encarnación, muerte y resurrección, Cristo se hace compañero de cada hombre, se sumerge en las profundidades del pecado y lo derrota de nuevo con el poder de su resurrección».

«Vuestro ministerio, queridos amigos y confesores, no hace ruido pero sí milagros», describe Piacenza. «Nadie percibe pero Dios ve, y esto es lo que cuenta. Sobre la base de una fidelidad alegre a la oración personal, a vuestra conversatio in caelis,
obtendréis siempre las luces y la generosidad necesarias para expiar
por vosotros mismos y por vuestros penitentes; reservad siempre un papel
privilegiado al servicio silencioso, y humanamente no siempre
gratificante, de la confesión».

Carta a los Penitenciarios de las Basílicas Papales y a los Confesores

Queridos y venerados hermanos en el Sacerdocio,

Llegando al final de este Año Litúrgico, la sabiduría de la Iglesia, con
la cual Dios, inmutable y eterno, «marca los ritmos del mundo, los
días, los siglos y el tiempo», nos ha llevado a confesar y a celebrar la
Realeza de Nuestro Señor Jesucristo; una realeza por medio de la cual,
Cristo extiende su dominio salvífico sobre el universo y sobre la
historia, está presente en el mundo por medio de la Iglesia, su Cuerpo
y, sentado a la derecha del Padre, juzgará a cada uno según sus obras.

Con el Primer Domingo de Adviento somos conducidos al Año Nuevo, para
contemplar el acto central y originario -podemos afirmar la esencia- de
todo el cristianismo: la venida de Dios en medio de nosotros. Esta
venida entra en la historia en un punto y en un momento bien precisos y,
al mismo tiempo, abraza todo el camino, prolongándose a través de los
siglos el misterio de la Iglesia, para abrir finalmente toda la creación
al día de su Adviento glorioso.

Así el inicio y el fin del Año Litúrgico, el inicio y la consumación de
la salvación, se tocan realmente -casi se fusionan- y, mientras
avanzamos hacia el pesebre de Belén, preparamos el corazón a la venida
del Dios-Hombre, que continuamente «viene» en el tiempo de la Iglesia,
para liberarnos con Su misericordia, y que vendrá al final de los
tiempos, en el esplendor de la verdad, para juzgar a los hombres según
su fe operante en la caridad.

Este «Juicio final» parece siempre más ajeno a una cultura contemporánea
dominada por la «dictadura del instante» y siempre menos disponible, si
no abiertamente hostil, hacia lo trascendente. Y sin embargo, nosotros
confesores somos testigos privilegiados de cómo tal último Juicio venga,
en realidad, admirablemente anticipado cada día, para la salvación de
todos los hombres, a través del Sacramento de la misericordia.

En el encuentro sacramental con el penitente, en virtud de la propia
Encarnación, Muerte y Resurrección, Cristo se hace compañero de cada
hombre, se sumerge en las profundidades del pecado y lo derrota de nuevo
con el poder de Su Resurrección.

En este dulce encuentro de misericordia, el penitente reconoce en la
humanidad consagrada del confesor la presencia del misterio; es más, ve
esta humanidad totalmente definida por Cristo, tanto de buscar con
seguridad el confesor, aunque sin conocerlo personalmente; también el
penitente se reconoce a sí mismo culpable de la Cruz del Señor, a causa
de los propios pecados, que confiesa y entrega a los pies de aquella
Cruz; en fin, invoca la Sangre de Cristo Redentor, para que renueve en
él la gracia bautismal, haciéndolo «creatura nueva».

¡Qué inmensa Gracia, para quien ejercita con fidelidad el ministerio de
la Reconciliación, la de poderse ofrecer al Dios-Hombre para la
salvación de cada hermano, inclinándose tiernamente sobre la pobreza
humana, llegando a aquella periferia del pecado en la cual sólo Uno
tiene la fuerza de adentrarse, y viendo a cada uno levantado de la
indigencia espiritual e inmediatamente enriquecido de aquello que
tenemos como más preciado en el cristianismo: Cristo mismo!

Siento el deber de dirigir un especial agradecimiento a los
Penitenciarios de las Basílicas Papales en la Urbe y con gusto lo
extiendo a los queridos hermanos esparcidos en todo el mundo, por el
ministerio llevado a cabo fielmente y a veces heroicamente al servicio
del bien auténtico de la persona humana.

Aquella del Confesor, es efectivamente una obra realmente al servicio de
la tan invocada «ecología del hombre» (Francisco, Carta enc. «Laudato
si'», n. 155), de la cual obtiene un invisible, pero muy eficaz
beneficio toda la sociedad humana.

Vuestro ministerio, queridos amigos y confesores, no hace ruido pero sí
milagros. Nadie percibe pero Dios ve, y esto es lo que cuenta. Sobre la
base de una fidelidad alegre a la oración personal, a vuestra
«conversatio in caelis», obtendréis siempre las luces y la generosidad
necesarias para expiar por vosotros mismos y por vuestros penitentes;
reservad siempre un papel privilegiado al servicio silencioso, y
humanamente no siempre gratificante, de la Confesión.

Además me permito recordar que, con el sacramento de la Penitencia, no
sólo borráis los pecados, sino que debéis colocar a los penitentes sobre
el camino de la santidad, ejerciendo sobre ellos, en una forma
convincente, una verdadera enseñanza, un ministerio de guía y de
acompañamiento.

Mientras llega a su fin el centenario de Fátima, el Corazón Inmaculado
de la Santísima Virgen María conceda a todos y a cada uno vivir un
fructífero camino de Adviento, para llegar renovados a celebrar el
Nacimiento de Su Hijo.

Una Santa Navidad a vosotros y a vuestros penitentes en el corazón de
los cuales haréis florecer la felicidad de que el Señor está cerca.

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