Don Gnocchi vio de cerca el dolor y consagró su vida a dar sentido al sufrimiento de los inocentes

El Senado italiano aprobó
definitivamente el 14 de diciembre una ley de testamento vital (allí
denominado “testamento biológico”) que abre las puertas a una eutanasia encubierta. Más allá de los contenidos concretos de la norma, Costanza Signorelli destaca en La Nuova Bussola Quotidiana el
creciente alejamiento en la mentalidad de las personas y la cultura
colectiva de la idea cristiana sobre el sentido salvífico del dolor. Y
lo hace evocando al sacerdote Carlo Gnocchi (1902-1956), beatificado por Benedicto XVI en 2009
y conocido como “el ángel de los niños” y “el apóstol de los
mutilados”, conocedor cercano de los dolores más atroces en los seres
más inocentes:

Cuando el llamado “testamento biológico” se ha convertido en ley en
Italia, y mientras las jerarquías eclesiásticas se pierden en la
distinción entre “eutanasia” y “distanasia” (aceptando, de este modo, la
eutanasia como actor de la escena), pues bien, en todo este terrible
asunto hay, en el trasfondo, un gran ausente, el verdadero e indiscutible tabú hoy día: el sufrimiento y su significado. Si la eutanasia es, efectivamente, el rechazo sumo del dolor, la excesiva preocupación por la distanasia (o ensañamiento terapéutico)
esconde la otra cara del gran rechazo del mundo al sufrimiento. Y, sin
embargo, es precisamente en la respuesta al profundo dolor de la
condición humana donde la tradición secular de la Iglesia ha hecho nacer
los frutos de santidad más atractivos e irresistibles.

Así, lo que arrincona en un santiamén el llamado “testamento biológico”
es otro testamento: el testamento espiritual de un santo de Dios, don Carlo Gnocchi.
Un testamento que cada cristiano, antes de pronunciarse sobre el dolor
de la vida y de la muerte, debería aprenderse de memoria. Un testamento
que, ¡fíjense ustedes!, lleva por título precisamente: Pedagogía del dolor inocente.

Era el 28 de febrero de 1956, el borrador de Pedagogía del dolor inocente lo terminó el sacerdote milanés en su lecho de agonía y la primera edición fue publicada a las pocas horas de la muerte del Beato.

La multitud que visitó los restos mortales, expuestos en la iglesia de
San Bernardino delle Ossa en Milán, y los acompañó en el Duomo, en la
celebración del solemne funeral, recibió este pequeño y valiosísimo
texto. Todos los fieles pudieron, así, conocer las “disposiciones
finales” del Beato, es decir, la forma más madura y extrema de su
recorrido en la vía del Señor.

El funeral por Don Carlo Gnocchi en Milán fue masivo. En lugar
privilegiado, sus dos grandes ámbitos de atención al sufrimiento,
simbolizados en el veterano alpino que lleva en brazos a un niño
tulllido. Foto: Fundación Don Gnocchi.

Las experiencias dolorosas de don Carlo fueron profundas y lacerantes desde tierna edad. Primero, perdió prematuramente a su padre y a dos hermanos; más tarde, durante la épica retirada de Rusia de 1943,
cuando durante los heroicos combates de sus alpinos marchaba junto a
sus compañeros, diezmados por la terrible crueldad de sus enemigos y
congelados por el frío viento de las tormentas de nieve.

Don Carlo Gnocchi da de comulgar a los soldados alpinos de la
Brigada Julia, de la que fue capellán. La imagen está tomada en el
frente albanés, durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero lo que sacudirá en lo más profundo de su ser a don Gnocchi fue el encuentro con los niños víctimas de la guerra.
Esto marcará su compromiso totalizador como “padre de los pequeños
mutilados”: “¡Oh, pobres niños de la guerra! ¡Quien, como yo, los ha
visto en Albania, Grecia, Montenegro, Croacia, Polonia, Ucrania, Russia,
en tropel, macilentos, vagabundos, delgados por el hambre y la muerte,
no conseguirá quitarse ya nunca de la mente y del corazón esta imagen
funérea y perturbadora!». El sufrimiento de los niños se convirtió, para don Gnocchi, en el icono mismo del dolor inocente,
el “caso límite”, la clave para comprender cada dolor humano, por lo
que “quien consigue sublimar el sufrimiento de los inocentes -decía el
Beato-, es capaz de consolar el dolor de todo hombre humillado por el
sufrimiento”.

Y, de hecho, si se tuviera que seguir el razonamiento del mundo, sería
precisamente el dolor de los niños, es decir, el dolor inocente, el
primero que debería ser eliminado. Ante el fracaso de los cuidados y
ante la imposibilidad humana de curación, cuando parece que la
enfermedad se lleva lo que queda de la carne, ¿qué sentido tiene vivir?
¿Qué sentido tiene mirar, indefensos y en el dolor, la aparente victoria
de la muerte? Pero, sobre todo, ¿qué sentido tiene el terrible atroz
sufrimiento del pequeño inocente?

Don Carlo lo explica así: “Tuve la visión de esto, una visión casi
física, un día, después de la guerra. Tras la explosión de la bomba,
Marco, el único superviviente de los cuatro niños que, sin saberlo y
despreocupados, jugaban en un campo minado, había sido inmediatamente
operado: amputación de las piernas, extirpación del bulbo ocular,
regularización de las amplias y numerosas heridas que acribillaban su
frágil cuerpo palpitante. Unos días después de la operación, cuando las
curas diarias aún le hacían sufrir mucho, le pregunté:

»-Cuando te quitan las vendas, te tocan las heridas y te hacen llorar, ¿en quién piensas?

»-En nadie -me respondió, con un asomo de estupor en la voz.

»-Pero, ¿tú no crees que hay alguien al que, tal vez, puedas ofrecer tu
dolor, por amor del cual deberías reprimir los lamentos y tragarte las
lágrimas, que podría ayudarte a sentir menos tu sufrimiento?

»Marco fijó en el vacío su rostro devastado, mirando con el único ojo
aturdido y, después, moviendo lentamente la cabeza, dijo: “No
entiendo…” y volvió a jugar distraídamente con el borde de la sábana.

»Fue en ese momento -continúa don Gnocchi-, cuando tuve la concreta y
casi física sensación de una inmensa e irreparable desgracia: la pérdida
de un tesoro, más valioso que un cuadro de autor o un diamante de
inestimable valor. Era el gran dolor inocente de un niño que caía en el
vacío, inútil e insignificante, perdido de manera sobrenatural para él y
para la humanidad, porque no estaba dirigido hacia la única meta en la que el dolor de un inocente puede coger su valor y encontrar justificación: Cristo Crucificado“.

Parte de aquí el corazón de la pedagogía del dolor inocente, explicada
por el sacerdote milanés: “El motivo más alto y ennoblecedor, la meta
más sublime y sublimadora a la que dirigir el dolor de un niño, como
cualquier otro dolor, es ciertamente Cristo Crucificado. Cuando el que
sufre consigue comprender la similitud que existe entre su dolor y el de
Cristo, el valor que podrá atribuir a cada uno de sus sufrimientos, por él y por los demás, introduciéndolo en el de Cristo,
según el deber que tiene de imitar el comportamiento y los sentimientos
de Jesús en los momentos de dolor, habrá tocado el centro más profundo e
inexplorado, el más original y más operante de todo el cristianismo,
casi el ‘punto virginal’ de la doctrina de Cristo”.

La verdad es que para don Gnocchi, el cristiano -aunque siente en la
carne una pregunta ardiente- no puede vivir como si el dolor (todo) no
tuviera respuestas, no puede traicionar la promesa que le fue hecha en
el bautismo. Si al mundo sin Dios le resulta imposible encontrar una
razón de vida que se sostenga ante el sufrimiento íntimo, el hombre de
Dios conoce la verdad: “En la economía de la redención cristiana
–explica don Carlo–, el dolor del hombre es complemento expresamente
necesario del dolor y de la muerte redentora de Cristo: ‘Completo en mi
carne lo que falta a los padecimientos de Cristo’ (Col 1, 24), y para que la redención de Cristo sea total, cada cristiano debe aportar la contribución del propio sufrimiento personal“.

Esta verdad vale aún más para el inocente: “No todos los sufrimientos
humanos –explica el Beato-, tienen el mismo grado de afinidad con los de
Cristo… A este respecto, hay una amplia jerarquía de la sangre y de
las lágrimas en cuanto está el sufrimiento del pecador que debe ser, por lo menos en parte y en primer lugar, ofrecido por la redención de las culpas personales y, después, está el sufrimiento del justo
Prototipo de este sufrimiento es Cristo Hijo de Dios, inocente y
purísimo, que muere por la redención de los hombres, ‘Cordero de Dios,
que quita los pecados del mundo’. Análogo valor tiene el sufrimiento de
los infantes, de los niños y de los santos”.

El cardenal Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán y futuro
Pablo VI, se interesa por las habilidades de un mutilado de guerra
formado para volver al trabajo en uno de los centros de Don Carlo
Gnocchi.

En su deseo de ayudar al pueblo cristiano a crecer en la conciencia de
la poderosa “concepción cristiana del dolor”, según la “amorosa ley de
Dios”, don Carlo no deja de llamar una y otra vez a los cristianos a la
importantísima responsabilidad educativa respecto al prójimo, sobre todo
del más pequeño. Por consiguiente, la preocupación del pueblo de Dios
debe ser, en última instancia, la salvación eterna de las almas:
“Pero los hombres –explica el Beato-, tan solícitos en valorar los
tesoros materiales y tan ciegamente creyentes en la fuerza de los
poderes terrenales, no se preocupan de valorar los tesoros espirituales escondidos en las almas de los inocentes, y no creen suficientemente en el valor determinante, aunque incontrolable, de los agentes sobrenaturales en la historia de los individuos y del mundo.
Muchos cristianos raramente se asoman, ya sea con sumo pudor y
reverencia, a los panoramas misteriosos e infinitos del mundo invisible,
en el que dicen creer cuando cantan en misa: ‘Creo en un solo Dios,
creador de todo lo visible y lo invisible; creo en la comunión de los
santos'”.

La voz de Don Carlo Gnocchi, en un grabación de las que hay muy
pocas, donde agradece la ayuda recibida, que le ha permitido “casi
resolver” el problema de los niños mutilados, los “mutiladitos”, como
les llamaba.

con Centri specializzati nella cura, assistenza e riabilitazione di
disabili, anziani, malati terminali, pazienti con gravi cerebrolesioni o
in stato vegetativo.

Es precisamente en la Santa Misa donde el Beato ve brillar la luz del
destino de todo sufrimiento humano: “Es urgente, por lo tanto, que el
educador lleve a cabo una obra sutil de sublimación y de santificación del dolor inocente, a la que se llega sólo a través del magisterio arcano de la misa.
Es en la misa diaria donde el río de la Sangre Divina se enriquece por
la confluencia del dolor humano. Y es en el río divino donde cada gota
de sufrimiento humano y cada lágrima adquiere un valor sobrenatural de
redención y de gracia… Es en la misa donde los niños (y todos) deben
ofrecer su sufrimiento, cuando el sacerdote infunde en el cáliz las
pocas e insípidas gotas de agua fría que, junto al vino ardiente y
generoso, se convertirán en Sangre de Cristo redentor”.

En el santo sacrificio de la misa, el dolor del hombre se une al
sacrificio expiatorio de su Redentor, renovado por el sacerdote sobre el
altar. Como en esta misa de campaña del teniente Gnocchi, quien
acompañó en el sufrimiento a los soldados alpinos no menos que a los
niños víctimas de la guerra o de la enfermedad y los traumatismos..

Con esta conciencia es con la que don Carlo pasó toda su vida aliviando el dolor
–léase en el texto íntegro qué inmenso valor, casi místico, él atribuía
a la ciencia que combate y cura el dolor– y, a la vez, santificándolo,
descubriendo en los niños una capacidad de adhesión y de amor puro que
alcanza cimas de heroísmo.

A la izquierda, Amabile Battistello; a la derecha, Silvio
Colagrande. Ambos recuperaron la vista gracias a la donación de sus ojos
por parte de Don Carlo al morir. Fotos: Fundación Don Gnocchi.

Ante un poder y profundidad como estos, cualquier “disposición
anticipada de tratamiento” que podamos hacer, aunque esté animada por
las mejores intenciones, pensando que así nosotros gestionamos nuestro destino terrenal y
negando, entonces, nuestro destino eterno, cualquier “testamento vital”
se diluye y desaparece. Sólo nos queda ponernos de rodillas, rezando
por nosotros y por quien nos acompaña, para que seamos investidos por la
gracia del Salvador, también en el momento de la prueba más dura, para
poder decir nuestro “sí”. Y, así, abrazar esa Cruz que nos lleva a la resurrección. También de la carne. Para volvernos a encontrar, por fin, vivos en Cristo, para la eternidad.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

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