
CITA
«Que ramos y procesiones no te impidan ver “el Bosque”»
“Quien siembra vientos, recoge tempestades”.
‘Cor ad cor loquitur’ (El corazón habla al corazón)
«¿Te Adoramos oh Cristo, o te Adornamos?»
S.Son
Aristóteles, es propio del hombre prudente ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para el sí mismo, para vivir bien en general. en Ética a Nicómaco
Cicerón, Cuando aspiras a alcanzar el puesto más alto, recuerda que es honorable la segunda, o tercera posición.
San Cipriano, antes de que llegara la crueldad de la muerte y la efusión de sangre, cuántos insultos y cuántas injurias escuchadas por su paciencia. Soportó pacientemente los salivazos de quienes le insultaban, el mismo que pocos días antes había dado vista a un ciego con su saliva (Jn 9,6). (Del bien de la paciencia, 7. Año Litúrgico Patrístico -2-, P. Manuel Garrido. O. S. B. Fund. Gratis Date)
San Efrén de Siria «(…) Las palabras de sus calumniadores eran como una corona redentora sobre su cabeza. Su silencio era tal que, callando, todos aquellos clamores hacían más hermosa la corona» (Commentarii in Diatessaron 20,16).
San Ambrosio «…Cristo es todo para nosotros. Si deseas curarte una herida, El es el médico; si ardes de fiebre, El es el manantial que reanima; si te abruma la culpa, El es la justificación; si necesitas ayuda, El es la fuerza; si temes la muerte, El es la vida; si deseas el Cielo, El es el camino; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si necesitas alimento, El es la comida» (La Virginidad, XVI; PL 16, 291).
S. Gregorio de Nisa, El que asciende no deja nunca de ir de comienzo en comienzo, mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoce (hom. in Cat. 8)»
San Juan Crisóstomo «De ahí aprendemos una gran verdad, y es que no basta la voluntad del hombre, si no nos asiste la ayuda de lo alto» (In Matthaeum 82,4).
S. Agustín, “Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios… Es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en sus milagros, hermoso en los azotes; hermoso invitado a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola; hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico, y la flaqueza de su carne no aparte de vuestros ojos el esplendor de su hermosura”. (Enarr. in Psal., 44,3.).
“¡Oh Cristo, Hijo de Dios, si no quisieses no padecerías! ¡Muéstranos el fruto de tu Pasión!”
«El santo David hizo penitencia de sus mortíferos crímenes y se mantuvo en su jerarquía. El bienaventurado Pedro, cuando derramó lágrimas amargas, se arrepintió de haber negado al Señor y siguió siendo apóstol» (Epistolae 185,10,45).
San Cirilo de Alejandría: Realmente su pasión saludable abatió a los principados y triunfó sobre los dominadores del mundo y de este siglo, liberó a todos de la tiranía del diablo y nos recondujo a Dios. Lib 4, or 4: PG 70, 1066-1067
San León Magno, «Lo que unos testigos falsos, lo que unos príncipes sanguinarios, lo que unos sacerdotes impíos infligieron al Señor Jesucristo con el concurso de un procurador cobarde y de una cohorte inexperimentada, todo ello fue una obra que todos los siglos deben a un tiempo maldecir y abrazar. La cruz del Señor, en efecto, cruel en la intención de los judíos, es admirable en la fuerza del crucificado» (Sermón 11 sobre la pasión, SC. 74, 77; CCL. 138 A, 38O, 381).
Isaac de Nínive, «Cuando en ti el amor por Cristo no es tan fuerte como para hacerte, por el gozo en Él, impasible a todas las aflicciones, has de saber que en ti el mundo vive más que Cristo.
Cuando la enfermedad, las necesidades, el tormento del cuerpo o el miedo que brota de sus penalidades, turban tu pensamiento, alejándolo del gozo de tu esperanza y de la clara meditación de nuestro Señor, has de saber que lo que en ti vive es el cuerpo y no Cristo.
Lo que vive en ti es aquello cuyo amor tiene sobre ti un poder más grande». (El don de la humildad)
S. Andrés de Creta, «Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro». (De la Disertación 9)
“Imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo… sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener” (san Andrés de Creta, Ibíd.).
« No echemos delante de Él ni ramas de olivo, ni tapices o vestidos; derramémonos nosotros mismos al máximo posible» (San Andrés de Creta, obispo).
San Juan Damasceno, «Porque, siendo Dios, se hizo hombre y con su voluntad humana se sometió, haciéndose obediente a ti, Dios, su Padre» (Declaratio et expositio fidei 1).
San Bernardo de Claraval: “Esto quiso padecerlo para que a través de las heridas de su carne se dejasen ver las entrañas de su caridad”.
Santo Tomás de Aquino, «En la pasión de Cristo encontramos remedio para todos los males en los que incurrimos por nuestros pecados» (Expositio in Credum 4,919).
Santa Catalina de Siena “«El alma está feliz y doliente: doliente por los pecados del prójimo, feliz por la unión y por el afecto de la caridad que ha recibido en sí misma. Ellos imitan al Cordero inmaculado, a mi Hijo Unigénito, el cual estando en la cruz estaba feliz y doliente» (Diálogo de la Divina Providencia 78).
Santo Tomás Moro Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo ().
Santo Tomás de Villanueva, “Todo hiciste con número, peso y medida, Señor, pero no me amaste ni con número, ni con peso, ni con medida”.
Fray Luís de León «Porque el sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino, aunque duela y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia de Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce; y ansí no se lo quita la razón, la cual da a cada cosa lo que demanda su naturaleza; y la parte sensible muestra que de suyo es tierna y blandísima; siendo herida, necesario es que sienta, y al sentir, se sigue el ¡ay!» (Exposición del libro de Job 3).
Santa Teresa de Jesús: «Toda la pretensión de quien comienza oración —y no se os olvide esto, que importa mucho— ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios» (Moradas 2,8).
San Juan de la Cruz “Un no sé qué que queda balbuciendo”
Sta. Rosa de Lima, Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (vida)
San Francisco de Sales, «La muerte del Salvador fue riguroso holocausto que Él mismo ofrendó al Padre para nuestra redención; aunque los dolores y padecimientos de su pasión fueron tan graves y fuertes que cualquier otro mortal hubiera sucumbido a ellos, a Jesús no le hubieran dado muerte de no haberlo Él consentido, y si el fuego de su infinito amor no hubiera consumido su vida. Él fue, pues, santificador de sí mismo; se ofreció al Padre y se inmoló en el amor» (Tratado del amor de Dios 10,17).
San Antonio María Claret “Mira a Jesucristo en el monte Calvario clavado en cruz, decía por eso el gran Claret, y cópialo en ti mismo hasta que puedas decir: Vivo yo, mas no yo, sino que vive en mí Cristo” Imitación evangélica de Cristo, c.1, Biografías y Escritos, B.A.C., Madrid 1959, p. 660.
Santa Teresita del Niño Jesús «Madre mía, nunca he experimentado tan bien qué suave y misericordioso es el Señor. Madre querida, pues el Señor es mi roca, él adiestra mis brazos para el combate y mis manos para la lucha. Él es el escudo con que me resguardo. En él espero». Historia de un alma.
San Josemaría Escriva de Balaguer, «Jesús… callado. ‘Iesus autem tacebat’ ¿Por qué hablas tú, para consolarte o para sincerarte? Calla. Busca la alegría en los desprecios: siempre te harán menos de lo que mereces. ¿Puedes tú acaso, preguntar: ‘quid enim mali feci’ ¿Qué mal he hecho?” (Camino 671).
Es duro leer, en los Santo Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” -Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… ¡Crucifige eum! -¡Crucifícalo!” (Camino, n.296).
«Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé!— Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (Camino, n. 982).
Simone Weil “El Reino de Dios significa la eliminación de toda forma de violencia entre los individuos y las naciones”.
Concilio Vaticano II: «Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 47).
«Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. (…) No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura» (Conc. Vaticano II, Nostra aetate, n. 4).
(GS 39, 1).
Homilía antigua, «Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar de acuerdo con mi imagen tu imagen deformada» (en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas del Sábado Santo).
Catecismo 439 Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel (cf. Mt 2,2Mt 9,27Mt 12,23Mt 15,22Mt 20,30Mt 21,9Mt 21,15). Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho (cf. Jn 4,25-26Jn 11Jn 27), pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana (cf. Mt 22,41-46), esencialmente política (cf. Jn 6,15Lc 24,21).
La subida de Jesús a Jerusalén
557 «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9, 51; cf. Jn 13, 1). Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir. En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección (cf. Mc 8, 31-33; 9, 31-32; 10, 32-34). Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13, 33).
558 Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén (cf. Mt 23, 37a). Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23, 37b). Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella (cf. Lc 19, 41) y expresa una vez más el deseo de su corazón:» «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19, 41-42).
La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén
559 ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías? Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey (cf. Jn 6, 15), pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1,32; cf. Mt 21, 1-11). Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «Danos la salvación!»). Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24, 7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Za 9, 9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (cf. Jn 18, 37). Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños (cf. Mt 21, 15-16; Sal 8, 3) y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores (cf. Lc 19, 38; 2, 14). Su aclamación «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118, 26), ha sido recogida por la Iglesia en el Sanctus de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.
560 La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección. Con su celebración, el domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la gran Semana Santa.
«Dios le hizo pecado por nosotros»
602 En consecuencia, san Pedro pudo formular así la fe apostólica en el designio divino de salvación: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros» (1 P 1, 18-20). Los pecados de los hombres, consecuencia del pecado original, están sancionados con la muerte (cf. Rm 5, 12; 1 Co 15, 56). Al enviar a su propio Hijo en la condición de esclavo (cf. Flp 2, 7), la de una humanidad caída y destinada a la muerte a causa del pecado (cf. Rm 8, 3), «a quien no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Co 5, 21).
603 Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10).
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal
604 Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10; cf. Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).
605 Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18, 14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (cf. Rm 5, 18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624).
III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados
Toda la vida de Cristo es oblación al Padre
606 El Hijo de Dios «bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: […] He aquí que vengo […] para hacer, oh Dios, tu voluntad […] En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).
607 Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (cf. Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: «¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12, 27). «El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?» (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que «todo esté cumplido» (Jn 19, 30), dice: «Tengo sed» (Jn 19, 28).
«El cordero que quita el pecado del mundo»
608 Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14; cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10, 45).
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre
609 Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, «los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1) porque «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: «Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente» (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).
Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida
610 Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los doce Apóstoles (cf Mt 26, 20), en «la noche en que fue entregado» (1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: «Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28).
611 La Eucaristía que instituyó en este momento será el «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (cf. Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: «Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad» (Jn 17, 19; cf. Concilio de Trento: DS, 1752; 1764).
La agonía de Getsemaní
612 El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 42) haciéndose «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8; cf. Hb 5, 7-8). Jesús ora: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz…» (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (cf. Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (cf. Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del «Príncipe de la Vida» (Hch 3, 15), de «el que vive», Viventis assumpta (Ap 1, 18; cf. Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (cf. Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para «llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre el madero» (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo
613 La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (cf. 1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del «Cordero que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29; cf. 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (cf. Ex 24, 8) reconciliándole con Él por «la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28; cf. Lv 16, 15-16).
614 Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.
Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia
615 «Como […] por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación«, «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Concilio de Trento: DS, 1529).
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio
616 El «amor hasta el extremo»(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (cf. Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). «El amor […] de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron» (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos.
617 Sua sanctissima passione in ligno crucis nobis justificationem meruit («Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación»), enseña el Concilio de Trento (DS, 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna» (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando: O crux, ave, spes unica («Salve, oh cruz, única esperanza»; Añadidura litúrgica al himno «Vexilla Regis»: Liturgia de las Horas).
Nuestra participación en el sacrificio de Cristo
618 La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22, 2) Él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida […] se asocien a este misterio pascual» (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16, 24) porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35):
«Esta es la única verdadera escala del paraíso, fuera de la Cruz no hay otra por donde subir al cielo» (Santa Rosa de Lima, cf. P. Hansen, Vita mirabilis, Lovaina, 1668)
1169 «La Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la “Fiesta de las fiestas”, “Solemnidad de las solemnidades”, como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos (el gran sacramento). S. Atanasio la llama “el gran domingo” (Ep. fest. 329), así como la Semana Santa es llamada en Oriente “la gran semana”. El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado a la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía, hasta que todo le esté sometido» ().
2816 En el Nuevo Testamento, la palabra basileia se puede traducir por realeza (nombre abstracto), reino (nombre concreto) o reinado (de reinar, nombre de acción). El Reino de Dios es para nosotros lo más importante. Se aproxima en el Verbo encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre:
«Incluso […] puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos» (San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 13).
Pío XII: la Santa Misa «no es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima propiciatoria» (Pío XII, Mediator Dei).
San Juan Pablo II Quien cree en Jesús crucificado y resucitado lleva la cruz en triunfo, como prueba indudable de que Dios es amor.(Homilía domingo 24 de marzo de 2002)
“Precisamente en la cruz manifiesta en plenitud la belleza y el poder del amor de Dios” (Exhortación Vita consecrata, 24.).
Benedicto XVI Manifestemos al Señor nuestro deseo de llegar a ser justos y le pedimos: ¡Llévanos Tú hacia lo alto! ¡Haznos puros! (Homilía del Papa en la Plaza de San Pedro el domingo 17 de abril de 2011)
Papa Francisco, ¿Quién soy yo ante Jesús? (13-04-2014)
Papa León XIV: Dios, abrazando la Cruz para nuestra salvación, la transformó de medio de muerte a instrumento de vida, enseñándonos que nada puede separarnos de Él ().
Quiercy «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc en el año 853: DS 624).
Soren Kierkegaard- “Nuestro tiempo morirá, no por el pecado, sino por la falta de pasión”
Pagola «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿De qué nos serviría un Dios que no conociera nuestros sufrimientos? ¿Quién nos podría entender?».
Pascal: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo».
«Es un Dios al que uno se acerca sin orgullo y se somete sin desesperación» (B. Pascal, Pensamientos, fr. 528).
C.S.Lewis «¿Te crees sabio? Entonces hay un burro dentro de tu chaleco» ()
Fco. Fdez. Carvajal, «El humilde evita los juicios negativos sobre los demás, es agradecido, sabe disculpar los posibles fallos de sus hermanos los hombres, no se justifica, no necesita alabanzas y elogios en su tarea y, cuando llegan, los endereza a Dios. En el Señor tiene puesta su esperanza, y Él es, de modo real y verdadero, la fuente de su felicidad: es Él quien da sentido a todo lo que hace». («Para llegar a puerto», p. 269)
Miguel de Cervantes “…digo que tú sabes que la humildad es la base y fundamento de todas las virtudes, y sin ella no hay alguna que lo sea”. (“El coloquio de los perros”)
Cardenal Robert Sarah, «El ruido ha adquirido la nobleza que antes poseía el silencio» La fuerza del silencio, 42
Gandhi «Perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar» ()
Martin Buber (1878-1865) que “existe un eclipse de Dios de igual forma que existe un eclipse solar, y la hora que nos toca vivir es una hora de tinieblas”.
CONTO
LA OTRA MEJILLA
Existía un monasterio que estaba ubicado en lo alto de la montaña. Sus monjes eran pobres, pero conservaban en una vitrina tres manuscritos antiguos, muy piadosos. Vivían de su esforzado trabajo rural y fundamentalmente de las limosnas que les dejaban los fieles curiosos que se acercaban a conocer los tres rollos, únicos en el mundo. Eran viejos papiros, con fama universal de importantes y profundos pensamientos.
En cierta oportunidad un ladrón robó dos rollos y se fugó por la ladera. Los monjes avisaron con rapidez al abad. El superior, como un rayo, buscó la parte que había quedado y con todas sus fuerzas corrió tras el agresor y lo alcanzó:
«¿Qué has hecho? Me has dejado con un solo rollo. No me sirve. Nadie va a venir a leer un mensaje que está incompleto. Tampoco tiene valor lo que me robaste. O me das lo que es del templo o te llevas también este texto. Así tienes la obra completa.» «Padre, estoy desesperado, necesito urgente hacer dinero con estos escritos santos». El abad le dijo «Bueno, toma el tercer rollo. Si no se va a perder en el mundo algo muy valioso. Véndelo bien. Estamos en paz.» y lo dejó ir con el tesoro.
Los monjes no llegaron a comprender la actitud del abad. Estimaron que se había comportado débil con el rapaz, y que era el monasterio el que había perdido.
Pero guardaron silencio, y todos dieron por terminado el episodio.
Cuenta la historia que a la semana, el ladrón regresó. Pidió hablar con el Padre Superior: » Aquí están los tres rollos, no son míos. Los devuelvo. Te pido en cambio que me permitas ingresar como monje. Cuando me alcanzaste, todo me esperaba menos que tuvieras la generosidad como para darme el tercer rollo, la confianza en mí como para creer el valor de mi necesidad y que todavía me dijeras que estábamos en paz, perdonándome con mucha sinceridad. Eso me ha hecho cambiar. Mi vida se ha transformado».
Nunca ese hombre, había sentido la grandeza del perdón, la presencia de la generosidad excelente. El abad recuperó los tres manuscritos para beneficio del monasterio, ahora mucho más concurrido por la leyenda del robo y del resarcimiento. Y además consiguió un monje trabajador y de una honestidad a toda prueba.
El agresor espera agresión, no una respuesta creativa, inesperada, insólita. No sospecha, la conmoción, del poder incalculable de poner la otra mejilla.
Tomado de www.corazones.org
ANÉCDOTA
HOSANNA
Propiamente significa: Dios es propicio. Pero también puede entenderse como exclamación de alegría y de homenaje.
Tomado de W. Trilling
“HOSANNA”
Quienes van delante y detrás de Jesús van haciendo aclamaciones tomadas del Salmo 118,25-26, al cual le agregan el título “Hijo de David”. La expresión “Hosanna” corresponde al imperativo hebreo: “Sálvanos” (en realidad son dos palabras: hȏšî„â – nā, que significan “salva ahora” o “salva, (nosotros) pedimos”. En 2 Reyes 6,26 se dice que “pasaba el rey de Israel por la muralla cuando una mujer clamó a él diciendo: ¡Sálvame, rey mi Señor!”. Sin embargo, el uso del término en este caso no connota súplica sino alabanza, como ocurre en Lc 19,37-38 y en textos de la primitiva Iglesia como la Didajé 10,6.
En nuestro pasaje de Mateo, a diferencia de Marcos –quien no coloca después el „Hosanna‟ el título de „Hijo de David‟-, se establece una conexión estrecha entre el clamor por la salvación y el reconocimiento de Jesús como Mesías davídico. Según Mateo, Jesús no entra en Jerusalén como el Hijo de Dios ni como el Hijo del hombre, sino como el “Hijo de David” (ver 20,30)
Tomado de Padre Fidel Oñoro CJM
CONCIENCIA DE JESÚS DE QUE VA A LA PASIÓN
En Marcos, el relato comienza con la confabulación de las autoridades para matar a Jesús. Sin embargo, Mateo introduce unas palabras del Señor que demuestran su conocimiento de lo que va a ocurrir. Este detalle es fundamental para comprender el sentido de la pasión y muerte de Jesús. No se trata de algo que a Jesús le ocurre sin darse cuenta. Es consciente de lo que va a pasar. Ya lo había anunciado a lo largo de su vida. Ahora lo afirma una vez más, cuando están cerca los acontecimientos.
Al mismo tiempo, estas palabras suponen en Jesús una decisión de aceptar su destino. En casos normales, cualquier persona que sabe que le va a ocurrir una desgracia hace lo posible por evitarla. Jesús, no. Se limita a constatarla. Curiosamente, las palabras que Mateo le pone en la boca no hablan de resurrección ni descienden a detalles. Se centran en lo esencial: la muerte de cruz.
Tomado de J.L.Sicre
EL SANEDRÍN
Antes de entrar en el juicio diré algo a propósito del Sanedrín. En tiempos de Jesús estaba formado por tres grupos
• los ancianos (que representaban la aristocracia laica),
• los sumos sacerdotes (antiguos sumos sacerdotes y sus familias) y
• los escribas (pertenecientes la mayoría de las veces al partido fariseo).
Su número de miembros era 71. Su autoridad en tiempos de Jesús estaba limitada a los once distritos de Judea propiamente dicha.
Competencias.
El Sanedrín era el foro competente para tomar decisiones judiciales y medidas administrativas de todo orden, excepto lo que fuera competencia de los tribunales inferiores o estuviera reservado al gobernador romano. El Sanedrín era ante todo el tribunal competente para decidir en última instancia sobre cuestiones relacionadas con la ley judía. En los casos en los que los tribunales inferiores no llegaban a un acuerdo, las personas afectadas podían acudir al Sanedrín de Jerusalén.
A pesar del dominio romano, el Sanedrín conservaba un grado notable de independencia. No sólo ejercía la jurisprudencia civil conforme a la ley judía, sino que participaba también en grado notable en la administración de la justicia criminal. Contaba con una fuerza independiente de policía y consecuentemente con el derecho a practicar detenciones. Podía juzgar así mismo casos no capitales.
Es objeto de debate si era competente para ordenar la ejecución de sentencias capitales prescritas por la ley judía sin que fueran confirmadas sus sentencias por el gobernador romano. La más seria restricción que sobre él pesaba consistía en que en determinados momentos podían tomar la iniciativa las autoridades romanas y actuar independientemente.
Las sesiones.
Los días festivos no había sesión, y mucho menos en sábado. Dado que en los casos criminales no podía dictarse sentencia hasta el día siguiente al del juicio, tales casos no se juzgaban en víspera de sábado o de día festivo. No es posible determinar que todos estos detalles de la Misná se remonten a tiempos de Jesús. Los juicios sólo podían celebrarse durante las horas del día (por consiguiente, la de Jesús debió de ser una investigación preliminar).
Los miembros se sentaban en semicírculo. Delante de ellos se situaban los dos secretarios del tribunal, uno a la derecha y otro a la izquierda. Frente a los jueces había tres filas de estudiantes. El acusado debía adoptar una postura humilde, llevar el cabello suelto y vestir ropas de color negro.
En casos que pudieran implicar la pena de muerte estaban prescritas formas especiales. Se debía iniciar la vista con el argumento de la defensa, al que seguía el alegato de la acusación. Nadie que hubiera hablado a favor del acusado podía pronunciarse luego en su contra, pero lo contrario estaba permitido. Los estudiantes podían hablar a favor, pero no en contra del acusado.
Las sentencias absolutorias debían pronunciarse el mismo día en que se celebraba el juicio, pero las condenatorias tenían que diferirse hasta el día siguiente. Los votos empezaban por el miembro más joven del tribunal, mientras que en algunos casos que no implicaban la pena de muerte, la norma era que la votación empezara por el miembro más experimentado.
La mayoría simple era suficiente para una sentencia absolutoria; para una sentencia condenatoria se requería una mayoría de dos por lo menos. Cuando doce votaban en favor y once en contra, el acusado quedaba libre. Doce en contra y once a favor, había que aumentar el número de jueces en dos más, hasta que se llegaba al número de votos necesarios para la absolución o la condena. El máximo de jueces al que podía llegarse era de 71.
Tomado de J.L.Sicre
DÍA 10 DE NISÁN,
Cinco días antes de la pascua, coincidiendo con nuestro domingo de Ramos, según venerable tradición litúrgica y eclesiástica. La hora no se precisa en ninguno de los Evangelios: de Μc. 11, 11, se colige que tuvo lugar por la tarde, durando probablemente algunas horas. Los cuatro Evangelios concurren a esta narración, ofreciendo cada uno de ellos diversas particularidades: el conjunto nos da animadísimo cuadro que reproduce aquel hecho trascendental de la vida de Jesús. Ya se ha notado en otro lugar (νοl. I, pág. 218) el simbolismo de esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén: es la designación y preparación festiνa del Cordero, que tenía lugar cinco días antes de la Pascua; Jesús, el Cordero de Dios, es aquel día designado como víctima para la redención del mundo. Es, además, este triunfo, que tiene lugar el primer día de la semana, preludio del triunfo definitivo de Jesús sobre la muerte, que tendrá lugar el mismo día de la semana siguiente.
Tomado de Isidro Gomá y Tomás
SU CABEZA CAE
En una capilla vecina a la catedral de Perpignan, en el sur de Francia, desde hace siglos se venera la figura de un Crucificado. Nadie sabe quién talló esa obra maestra, ni su procedencia. Pero durante siglos ha atraído a muchos peregrinos que ven en esa tremenda imagen de dolor, el Siervo Sufriente de Isaías, el Mesías Destrozado del Salmo 21. Tiene la cabeza profundamente inclinada y una leyenda sobre él dice que cada año su cabeza cae una fracción de centímetro hacia el pecho. Los catalanes dicen que, cuando el mentón descanse finalmente sobre el pecho, será el fin de nuestro mundo… Pero para ese momento el último de los elegidos habrá sido lavado por su Sangre.
Miguel Ángel Fuentes i.V.E.
“I.N.R.I. Jesús Nazareno rey de los judíos”. Ediciones del Verbo Encarnado, Pág.(101-106)
REY ENRIQUE DE BAVIERA.
Estaba cansado de las maquinaciones de la corte real y decidió que quería pasar sus últimos años en un monasterio. Se le acercó al abad Ricardo con el pedido. El padre Ricardo le explico el horario exacto de oración y trabajo. El Rey Enrique escucho y dijo que aceptaría esa disciplina. Entonces el abad le dijo que tendría que prometer obediencia completa al superior. El Rey Enrique dijo, si, obedecería el superior. «Pues,» le dijo el abad Ricardo, «Vuelve a tu trono y cumplir su deber en el puesto que Dios te ha asignado.» El rey obedeció y llego a ser uno de los gobernantes más justos de Europa. Después de su muerte, la gente pidió su canonización. El rey que aprendió obediencia a la voluntad del Padre ya es conocido como San Enrique de Baviera.
Tomado de P. Felipe Bloom
ALEJANDRO MAGNO
Cuentan que un día salió al encuentro de Alejandro Magno un pordiosero, pidiendo una limosna. Alejandro se detuvo y mandó que le hicieran señor de cinco ciudades. El pobre, confuso y aturdido, exclamó: ¡yo no pedía tanto! Y Alejandro repuso: tú has pedido como quien eres; yo te doy como quien soy
J. Escriva De Balaguer, Es Cristo que pasa,160.
HUMOR
¿Cuál es el hombre más manso del mundo? …
El hijo de Superman,
Supermansito.
Tomado de Anecdonet
POEMA
¡CALLEN LAS PIEDRAS!
¡Callen las piedras, que los niños cantan
hosannas de alabanzas y victoria!
Llega a Sión el Rey de la Gloria
y las viejas compuertas se levantan…
¡Hablan los mudos y los cojos saltan,
la Promesa florece en la memoria,
los anhelos de ayer se hacen historia,
ceden las leyes, que la Ley quebrantan…!
Huele a incienso y espliego la mañana,
Jerusalén se apresta y engalana.
¡El Hijo de David está a la puerta!
Rey humilde, cabalga en un pollino.
Palabra fiel, afronta su destino
de dar al hombre la esperanza cierta…
Pedro Jaramillo
Tomado de alforjas depastoral
ORACIÓN
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Promesa mesiánica felizmente cumplida
Lo que otros esperaron durante siglos,
lo vimos y adoramos, pequeño en Belén,
hombre y Dios
Dios y niño….
y, hoy lo aclamamos de nuevo como Rey
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Glorificamos tu santo nombre,
meditamos tus Palabras, acogemos tus gestos
seguimos tus senderos y los alfombramos
de ramos, y palmas con vítores siempre nuevos.
Pero ¿qué nos espera, Señor, en Jerusalén?
¿Días de vida o de muerte?
¿Dios derrotado o Señor que ha triunfado?
¿Horas de sufrimiento o de gozo?
¿Victoria o esclavitud?
¿Comprensión o traiciones?
¿Por qué te presentas montado en un asno
cuando, como Dios que eres, podrías
haber venido en brillante desfile real?
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Porque no haces alarde de tu divinidad
Porque disimulas tu gran majestad
Porque sabes que, a la vuelta de la esquina,
se esconderán las palmas y los ramos
y los cánticos, por cobardía, enmudecerán
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Porque, humildemente, entraste en el mundo
en la noche más silenciosa en Belén
y, humildemente, quieres salvar al mundo
entrando, pobre y sorprendentemente, en Jerusalén
Porque, una mula te dio aliento
en la noche más fría de tu nacimiento
y de nuevo, un asno, te sirve como apoyo
compañero y amigo en tus horas grandes y amargas.
¡TRES VECES SANTO, MI SEÑOR!
Javier Leoz
MEDITACIÓN
¿QUIÉN SOY YO ANTE JESÚS QUE SUFRE?
Hemos oído muchos nombres, tantos nombres. El grupo de dirigentes religiosos, algunos sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley, que habían decidido matarlo. Estaban esperando la oportunidad de apresarlo. ¿Soy yo como uno de ellos?
También hemos oído otro nombre: Judas. Treinta monedas. ¿Yo soy como Judas? Hemos escuchado otros nombres: los discípulos que no entendían nada, que se durmieron mientras el Señor sufría. Mi vida, ¿está adormecida? ¿O soy como los discípulos, que no entendían lo que significaba traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Soy yo como ellos? ¿Soy yo como Judas, que finge amar y besa al Maestro para entregarlo, para traicionarlo? ¿Soy yo, un traidor? ¿Soy como aquellos dirigentes que organizan a toda prisa un tribunal y buscan falsos testigos? ¿Soy como ellos? Y cuando hago esto, si lo hago, ¿creo que de este modo salvo al pueblo?
¿Soy yo como Pilato? Cuando veo que la situación se pone difícil, ¿me lavo las manos y no sé asumir mi responsabilidad, dejando que condenen – o condenando yo mismo – a las personas?
¿Soy yo como aquel gentío que no sabía bien si se trataba de una reunión religiosa, de un juicio o de un circo, y que elige a Barrabás? Para ellos da igual: era más divertido, para humillar a Jesús.
¿Soy como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten humillando al Señor?
¿Soy como el Cireneo, que volvía del trabajo, cansado, pero que tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a llevar la cruz?
¿Soy como aquellos que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús : «¡Él era tan valiente!… Que baje de la cruz y creeremos en él»? Mofarse de Jesús…
¿Soy yo como aquellas mujeres valientes, y como la Madre de Jesús, que estaban allí y sufrían en silencio?
¿Soy como José, el discípulo escondido, que lleva el cuerpo de Jesús con amor para enterrarlo?
¿Soy como las dos Marías que permanecen ante el sepulcro llorando y rezando?
¿Soy como aquellos jefes que al día siguiente fueron a Pilato para decirle: «Mira que éste ha dicho que resucitaría. Que no haya otro engaño», y bloquean la vida, bloquean el sepulcro para defender la doctrina, para que no salte fuera la vida?
¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de estas personas me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana.
Francisco, papa (13-04-2014)
CANTO
Jon Carlo – Viene el Rey
(Tú) El Único Rey – una voz | Hakuna
¡Bendito el que viene! , Nico Montero
VIDEO
Equipo Quiero Ver: Hosanna, crucifícalo
Delegación para el Clero de Santiago de Compostela





