Isaías 50,4-7;
Filipenses 2,6-11;
Marcos 14,1-15,47
El Domingo de Ramos es la única ocasión, en todo el año, en que se
escucha por entero el relato evangélico de la Pasión. Lo que más
impresiona, leyendo la pasión según Marcos, es la relevancia que se da a
la traición de Pedro. Primero es anunciada por Jesús en la última cena;
después se describe en todo su humillante desarrollo.
Esta insistencia es significativa, porque Marcos era una especie de
secretario de Pedro y escribió su Evangelio uniendo los recuerdos y las
informaciones que le llegaban precisamente de él. Fue por lo tanto el
propio Pedro quien divulgó la historia de su traición. Hizo una especie
de confesión pública. En el gozo del perdón encontrado, a Pedro no le
importó nada su buen nombre y su reputación como cabeza de los
apóstoles. Quiso que ninguno de los que, a continuación, cayeran como
él, desesperasen del perdón.
Es necesario leer la historia de la negación de Pedro paralelamente a la
de la traición de Judas. También ésta es preanunciada por Cristo en el
cenáculo, después consumada en el Huerto de los Olivos. De Pedro se lee
que Jesús se volvió y «le miró» (Lc 22,61); con Judas hizo más aún: le
besó. Pero el resultado fue bien distinto. Pedro, «saliendo fuera,
rompió a llorar amargamente»; Judas, saliendo fuera, fue a ahorcarse.
Estas dos historias no están cerradas; prosiguen, nos afectan de cerca.
¡Cuántas veces tenemos que decir que hemos hecho como Pedro! Nos hemos
visto en la situación de dar testimonio de nuestras convicciones
cristianas y hemos preferido mimetizarnos para no correr peligros, para
no exponernos. Hemos dicho, con los hechos o con nuestro silencio: «¡No
conozco a ese Jesús de quien habláis!»
Igualmente la historia de Judas, pensándolo bien, en absoluto nos es
ajena. El padre Primo Mazzolari tuvo una predicación famosa un Viernes
Santo sobre «nuestro hermano Judas», haciendo ver cómo cada uno de
nosotros habría podido estar en su lugar. Judas vendió a Jesús por
treinta denarios, ¿y quién puede decir que no le ha traicionado a veces
hasta por mucho menos? Traiciones, cierto, menos trágicas que la suya,
pero agravadas por el hecho de que nosotros sabemos, mejor que Judas,
quién era Jesús.
Precisamente porque las dos historias nos afectan de cerca, debemos ver
qué marca la diferencia entre una y otra: por qué las dos historias, de
Pedro y de Judas, acaban de modo tan distinto. Pedro tuvo remordimiento
de lo que había hecho, pero Judas también tuvo remordimiento, tanto que
gritó: «¡He traicionado sangre inocente!», y devolvió los treinta
denarios. ¿Dónde está entonces la diferencia? Sólo en una cosa: Pedro
tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no!
En el Calvario, de nuevo, ocurre lo mismo. Los dos ladrones han pecado
igualmente y están manchados de crímenes. Pero uno maldice, insulta y
muere desesperado; el otro grita: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés
en tu reino», y se Le oye responder: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo
en el Paraíso» (Lc 23,43).
Vivir la Pascua significa vivir una experiencia personal de la
misericordia de Dios en Cristo. Una vez, un niño al que se le había
relatado la historia de Judas dijo, con el candor y la sabiduría de los
niños: «Judas se equivocó de árbol para ahorcarse: eligió una higuera».
«¿Y qué debería haber elegido?», le preguntó sorprendida la catequista.
«¡Debía colgarse del cuello de Jesús!». Tenía razón: si se hubiera
colgado del cuello de Jesús, para pedirle perdón, hoy sería honrado como
lo es San Pedro.
Conocemos el antiguo «precepto» de la Iglesia: «Confesarse una vez al
año y comulgar al menos en Pascua». Más que una obligación, es un don,
un ofrecimiento: es ahí donde se nos ofrece la ocasión de «colgarnos del
cuello» de Jesús.
Raniero Cantalamessa
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