Boletín Nº 120

Es vital que hoy la Iglesia anuncie el Evangelio a todos, sin demoras y sin miedo

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«Pensando en el comienzo de la vocación de tantos de ustedes, cuántos en su juventud participaron en las actividades de jóvenes que querían vivir el Evangelio y salían a visitar a los más necesitados, a los ignorados y hasta despreciados de la ciudad, huérfanos, ancianos. Seguro que muchos fueron ahí visitados por el Señor, haciéndoles descubrir el llamado a donarlo todo. Se trata de salir de sí mismo y, en ese mismo movimiento de salida, fuimos encontrados. En el rostro de las personas que encontramos por la calle podemos descubrir la belleza de tratar al otro como a un hermano. Ya no es huérfano, el abandonado, el marginado o el despreciado. Ahora tiene rostro de hermano, de «hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 98). Quiero impulsar y darles coraje a tantos de ustedes que, a diario, gastan su vida sirviendo a Jesús en sus hermanos, como bien señalaba el Obispo al presentarlos —se lo veía orgulloso—; a tantos de ustedes que logran ver la belleza donde otros tan sólo ven desprecio, o abandono o un objeto sexual a ser utilizado. Así, ustedes son signo concreto de la misericordia viva y operante del Señor. Signo de la unción del Santo en estas tierras.
Tal unción requiere de la oración. La fecundidad apostólica requiere y se sostiene gracias a cultivar la intimidad de la oración. Una intimidad como la de esos abuelos, que rezan continuamente el rosario. Cuántos de nosotros hemos recibido la fe de nuestros abuelos, y los hemos visto así, entre las tareas del hogar, con el rosario en la mano, consagrando toda su jornada. La contemplación en la acción, dejando que Dios sea parte de todas las pequeñas cosas del día. Y es vital que hoy la Iglesia anuncie el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras y sin miedo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23), como personas que cada mañana, en ese cara a cara con el Señor, vuelven a ser enviadas. Sin la oración, toda nuestra vida y misión pierde sentido, pierde fuerza y fervor. Si a ustedes les falta la oración, cualquier trabajo que hacen no tiene sentido, no tiene fuerza, no tiene valor. La oración es el centro de todo.
Decía san Pablo VI que uno de los peores enemigos de la evangelización era la falta de fervor (cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 80). Lean ese número 80 de la Evangelii nuntiandi. Y el fervor para el religioso, para la religiosa, para el sacerdote, para el catequista, se alimenta en ese doble encuentro: en el rostro del Señor y en el de sus hermanos. También nosotros tenemos necesidad de ese espacio donde volver a la fuente para beber del agua que da vida. Inmersos en miles de ocupaciones, busquemos siempre el espacio para recordar, en la oración, que el Señor ya ha salvado al mundo y que estamos invitados con él a hacer tangible esta salvación
». (SANTO PADRE FRANCISCO, Discurso en el encuentro con sacerdotes, religiosos/as, seminaristas y catequistas dentro del Viaje Apostólico a Tailandia y Japón, Bangkok, 22-11-2019).

Boletín de la Delegación para el clero
del Arzobispado de Santiago de Compostela
-Noviembre 2019-

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