Ante la eutanasia infantil: ¿impasibilidad?

Se ha aprobado en Bélgica la eutanasia infantil sin límites de edad, apoyándose los legisladores en la capacidad de discernimiento de los menores, y poniendo como únicas condiciones que estos estén abocados a la muerte a corto plazo y sometidos a un sufrimiento insoportable. Ante esta especie de “conjura contra la vida”, hay que recordar que la Iglesia defiende la vida desde su concepción hasta la muerte natural. Se insiste por parte del magisterio eclesial en el respeto especial y en la atención de aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada para que lleven una vida tan normal como sea posible. “La vida es un valor sagrado e intangible”.


Esto supuesto, un grupo de expertos pediatras belgas consideran que es demasiado presuponer que “los niños son capaces de dar un consentimiento informado a la eutanasia y que pueden comprender el grave significado y las complejas consecuencias asociadas a tal decisión” y que no existe “ningún modo objetivo” de verificar la voluntad eutanásica real del pequeño, puesto que nunca puede existir en los niños. Se trata de una valoración ampliamente subjetiva y sujeta a diversas influencias”.


Me parece  inhumano transmitir a los niños más vulnerables, e indefensos, el mensaje de que su vida no tiene valor alguno y de que, por tanto, la alternativa es morir. La vida, don de Dios, es siempre digna de ser vivida en cualquiera de las circunstancias. Sólo así podremos ofrecer a nuestra sociedad signos de esperanza “trabajando para que aumenten la justicia y la solidaridad, y se afiance una nueva cultura de la vida humana  para la edificación de una auténtica civilización de la verdad y del amor”, como nos decía el beato Juan Pablo II.


Hay que amar, respetar y proteger siempre, de todas las formas posibles, la dignidad de los enfermos incurables o agonizantes, ya sean niños, jóvenes, adultos o ancianos. La eutanasia directa con el fin de eliminar cualquier dolor es moralmente inaceptable. “Una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo y creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre”, subraya  el Catecismo de la Iglesia Católica.

Este tema está presente en los medios de comunicación en estos días. Es necesario sacudir  nuestras conciencias. No podemos quedarnos impasibles ante una cultura que frivoliza la realidad sagrada de la vida. La piedad y el sentimentalismo falsamente entendidos no pueden sustituir a los horrores de otros tiempos, largamente lamentados. “La verdadera compasión hace solidarios con el dolor de los demás y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar”. Los vientos de la cultura de la muerte traen semillas letales que si encuentran un terreno abonado pueden hacer crecer la cizaña, en este caso, de la eutanasia infantil entre el trigo que ha servirnos para hacer el buen pan de la cultura de la vida.

+ Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela