Al César lo que es del César

Isaías, 45, 1.4-6;

1ª Tesalonicenses 1, 1-5b;

Mateo 22, 15-21

El Evangelio de este domingo termina con una de aquellas frases
lapidarias de Jesús que han dejado una marca profunda en la historia y
en el lenguaje humano: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios”. No más: o César o Dios, sino: uno y otro, cada uno en su
lugar. Es el comienzo de la separación entre religión y política, hasta
entonces inseparables en todos los pueblos y regímenes. Los hebreos
estaban acostumbrados a concebir el futuro reino de Dios instaurado por
el Mesías como una “teocracia”, es decir, como un gobierno dirigido por
Dios en toda la tierra a través de su pueblo. Ahora en cambio, la
palabra de Cristo revela un reino de Dios que “está” en el mundo pero
que no “es” de este mundo, que camina en una longitud de onda distinta y
que, por ello, coexiste con cualquier otro régimen, sea de tipo sacro o
“laico”.

Se revelan así dos tipos cualitativamente diversos de soberanía de Dios
en el mundo: la “soberanía espiritual” que constituye el reino de Dios y
que ejerce directamente en Cristo, y la “soberanía temporal” o
política, que Dios ejerce indirectamente, confiándola a la libre
elección de las personas y al juego de las causas segundas.

César y Dios, sin embargo, no están al mismo nivel, porque también César
depende de Dios y debe rendirle cuentas. “Dad a César lo que es de
César” significa, por tanto: “Dad a César lo que ‘Dios mismo quiere’ que
le sea dado a César”. Dios es el soberano de todos, César incluido. No
estamos divididos entre dos pertenencias, no estamos obligados a servir
“a dos señores”. El cristiano es libre de obedecer al Estado, pero
también de resistir al Estado cuando éste se pone contra Dios y su ley.
En este caso, no vale invocar el principio del orden recibido de los
superiores, como suelen hacer ante los tribunales los responsables de
crímenes de guerra. Antes que a los hombres, hay que obedecer a Dios y a
la propia conciencia. Ya no se puede dar a César el alma que es de
Dios.

El primero en sacar conclusiones prácticas de esta enseñanza de Cristo
fue San Pablo. Escribió: “Sométanse todos a las autoridades
constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que
existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a
la autoridad, se rebela contra el orden divino. Por eso precisamente
pagáis los impuestos, porque son funcionarios de Dios, ocupados
asiduamente en ese oficio” (Rom 13, 1 ss.). Pagar lealmente los
impuestos para un cristiano (también para toda persona honrada) es un
deber de justicia y por tanto un deber de conciencia. Garantizando el
orden, el comercio y todos los demás servicios, el Estado da al
ciudadano algo por lo que tiene derecho a una contrapartida,
precisamente para poder seguir dando estos servicios.

La evasión fiscal, cuando alcanza ciertas proporciones -nos recuerda el
Catecismo de la Iglesia Católica-, es un pecado mortal, similar al de
cualquier robo grave. Es un robo hecho no al “Estado”, o sea, a nadie,
sino a la comunidad, es decir, a todos. Esto supone naturalmente que
también el Estado sea justo y equitativo cuando impone las tasas.

La colaboración de los cristianos en la construcción de una sociedad
justa y pacífica no se agota con pagar los impuestos; debe extenderse
también a la promoción de valores comunes, como la familia, la defensa
de la vida, la solidaridad con los más pobres, la paz. Hay también otro
ámbito en el que los cristianos deberían dar una contribución más grande
a la política. No tiene tanto que ver con los contenidos como con los
métodos, el estilo. Es necesario desempozoñar el clima de lucha
permanente, procurar mayor respeto, compostura y dignidad en las
relaciones entre partidos. Respeto al prójimo, moderación, capacidad de
autocrítica: son rasgos que un discípulo de Cristo debe llevar a todas
las cosas, también a la política. Es indigno de un cristiano abandonarse
a insultos, sarcasmo, rebajarse a riñas con los adversarios. Si, como
decía Jesús, quien dice al hermano “estúpido” ya es reo de la Gehenna,
¿qué será de muchos políticos?

Raniero Cantalamessa

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