Talitá kum, ¡muchacha, levántate!

Sabiduría 1, 1315-2,23-25;
2 Corintios 8,7.9. 1315;
Marcos 5, 21-43

El pasaje del Evangelio de este domingo está hecho de escenas que se
suceden rápidamente en lugares distintos. Está ante todo la escena a
orillas del lago. Jesús está rodeado de un gran gentío cuando un hombre
se arroja a sus pies y le dirige una súplica: «Mi hija está a punto de
morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva». Jesús
deja a la mitad su discurso y se pone en marcha con el hombre hacia su
casa.

La segunda escena acontece en el camino. Una mujer que
sufría hemorragias se acerca a escondidas a Jesús para tocar su manto, y
se siente curada. Mientras Jesús hablaba con ella, de la casa de Jairo
llegan a decirle: «Tu hija ha muerto. ¿A qué molestar ya al Maestro?».
Jesús, que ha oído todo, dice al jefe de la sinagoga: «No temas;
solamente ten fe».

Y he aquí la escena crucial, en la casa de
Jairo. Gran confusión, gente que llora y grita, como es comprensible
ante el fallecimiento recién ocurrido de una adolescente. «Entra y les
dice: “¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está
dormida”. […] Él, después de echar fuera a todos, toma consigo al
padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la
niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: “Talitá kum”, que quiere
decir: “Muchacha, a ti te digo, levántate”. La muchacha se levantó al
instante y se puso a andar; tenía doce años. […]. Y les insistió mucho
en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer».

El pasaje del Evangelio sugiere una observación. Se vuelve a discutir
continuamente sobre el grado de historicidad y fiabilidad de los
Evangelios. Hemos asistido recientemente al intento de poner en el mismo
nivel, como si tuvieran la misma autoridad, los cuatro evangelios
canónicos y los evangelios apócrifos de los siglos II-III.

Pero este intento es sencillamente absurdo y demuestra también buena dosis de mala fe. Los
evangelios apócrifos, sobre todo los de origen gnóstico, fueron
escritos varias generaciones después por personas que habían perdido
todo contacto con los hechos
y que, por lo demás, no se preocupaban
lo más mínimo de hacer historia, sino sólo de poner en labios de Cristo
las enseñanzas propias de la escuela de ellas. Los evangelios
canónicos, al contrario, fueron escritos por testigos oculares de los
hechos o por personas que habían estado en contacto con los testigos
oculares
. Marcos, de quien leemos este año el Evangelio, estuvo en
estrecha relación con el Apóstol Pedro, de quien refiere muchos
episodios que le tuvieron como protagonista.

El pasaje de este
domingo nos ofrece un ejemplo de este carácter histórico de los
Evangelios. El nítido retrato de Jairo y su petición angustiosa de
ayuda, el episodio de la mujer que se encuentran de camino a su casa, la
actitud escéptica de los mensajeros hacia Jesús, la tenacidad de
Cristo, el clima de la gente que llora a la niña muerta, el mandato de
Jesús referido en la lengua original aramea, la conmovedora solicitud de
Jesús de que se dé algo de comer a la niña resucitada. Todo hace pensar
en un relato que remite a un testigo ocular del hecho.

Ahora,
una breve aplicación del Evangelio del domingo a la vida. No existe
sólo la muerte del cuerpo, también está la muerte del corazón. La muerte
del corazón existe cuando se vive en la angustia, en el desaliento o en
una tristeza crónica. Las palabras de Jesús: Talitá kum, ¡muchacha, levántate!, no se dirigen por tanto sólo a chicos y chicas muertos, sino también a chicos y chicas que viven.

Qué triste es ver a los jóvenes… tristes. Y hay muchísimos a nuestro
alrededor. La tristeza, el pesimismo, el no deseo de vivir, son siempre
cosas malas, pero cuando se ven o se las oye expresar a jóvenes oprimen
el corazón todavía más.

En este sentido Jesús sigue
resucitando también hoy a chicas y chicos muertos. Lo hace con su
palabra y también enviándoles a sus discípulos, quienes, en Su nombre y
con Su mismo amor, repiten a los jóvenes de hoy aquel grito Suyo: Talitá kum: ¡muchacho, levántate! Vuelve a vivir. 

Ramiero Cantalamessa

ReligiónenLibertad