
Jeremías 31, 7-9;
Hebreos 5, 1-6;
Marcos 10, 46-52
El
pasaje del Evangelio relata la curación del ciego de Jericó,
Bartimeo… Bartimeo es alguien que no deja escapar la ocasión. Oyó que
pasaba Jesús, entendió que era la oportunidad de su vida y actuó con
rapidez. La reacción de los presentes («le gritaban para que se
callara») pone en evidencia la inconfesada pretensión de los
«acomodados» de todos los tiempos: que la miseria permanezca oculta, que
no se muestre, que no perturbe la vista y los sueños de quien está
bien.
El término «ciego» se ha cargado de tantos sentidos
negativos que es justo reservarlo, como se tiende a hacer hoy, a la
ceguera moral de la ignorancia y de la insensibilidad. Bartimeo no es
ciego; es sólo invidente. Con el corazón ve mejor que muchos otros de su
entorno, porque tiene la fe y alimenta la esperanza. Más aún, es esta
visión interior de la fe la que le ayuda a recuperar también la exterior
de las cosas. «Tu fe te ha salvado», le dice Jesús.
Me
detengo aquí en la explicación del Evangelio porque me apremia
desarrollar un tema presente en la segunda lectura de este domingo,
relativa a la figura y al papel del sacerdote. Del sacerdote se dice
ante todo que es «tomado de entre los hombres». No es, por lo tanto, un
ser desarraigado o caído del cielo, sino un ser humano que tiene a sus
espaldas una familia y una historia como todos los demás. «Tomado de
entre los hombres» significa también que el sacerdote está hecho de la
misma pasta que cualquier otra criatura humana: con los deseos, los
afectos, las luchas, las dudas y las debilidades de todos. La Escritura
ve en esto un beneficio para los demás hombres, no un motivo de
escándalo. De esta forma, de hecho, estará más preparado para tener
compasión, estando también él revestido de debilidad.
Tomado
de entre los hombres, el sacerdote es además «constituido para los
hombres», esto es, devuelto a ellos, puesto a su servicio. Un servicio
que afecta a la dimensión más profunda del hombre, su destino eterno.
San Pablo resume el ministerio sacerdotal con una frase: «Que nos tengan
los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios
de Dios» (1 Co 4,1). Esto no significa que el sacerdote se desinterese
de las necesidades también humanas de la gente, sino que se ocupa
también de éstas con un espíritu diferente al de los sociólogos o
políticos. Frecuentemente la parroquia es el punto más fuerte de
agregación, incluso social, en la vida de un pueblo o de un barrio.
La que hemos trazado es una visión positiva de la figura del sacerdote.
No siempre, lo sabemos, es así. De vez en cuando las crónicas nos
recuerdan que existe también otra realidad, hecha de debilidad e
infidelidad… De ella la Iglesia no puede hacer más que pedir perdón.
Pero hay una verdad que hay que recordar para cierto consuelo de la
gente. Como hombre, el sacerdote puede errar, pero los gestos que
realiza como sacerdote, en el altar o en el confesionario, no resultan
por ello inválidos o ineficaces. El pueblo no es privado de la gracia de
Dios a causa de la indignidad del sacerdote. Es Cristo quien bautiza,
celebra, perdona; el [sacerdote] es sólo el instrumento.
Me
gusta recordar, al respecto, las palabras que pronuncia antes de morir
el «cura rural» de Bernanos: «Todo es gracia». Hasta la miseria de su
alcoholismo le parece gracia, porque le ha hecho más misericordioso
hacia la gente. A Dios no le importa tanto que sus representantes en la
tierra sean perfectos, cuanto que sean misericordiosos.
Raniero Cantalamessa
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