Solo hay algo más ingenuo que pensar que
todo lo que pasa, absolutamente todo, forma parte de una conspiración:
pensar que las conspiraciones no existen. De hecho, la historia que sigue es la historia de una conspiración. No arranca en un exclusivo resort suizo,
rodeado de montañas y fuertes medidas de seguridad, y al que solo puede
accederse en helicóptero, circunstancias de modo y lugar con las que el
imaginario popular se representa las reuniones anuales del Club
Bilderberg, el club de los ricos y poderosos del mundo, el club, en fin,
que al resto -ay- nunca nos admitirá como socios.
Hoja de ruta
Por el contrario, el arranque de la historia que sigue tiene por escenario uno más modesto, el Instituto de Enseñanza Secundaria Ángel Saavedra, de la barriada de Valdeolleros, en la ciudad de Córdoba, el 26 de marzo de 2014.
Que aquella no se trataba de una jornada cualquiera de clase lo pone de
manifiesto que ni las dos personas que ocupaban la tarima del profesor
ni el medio centenar que hacía lo propio con las sillas de los alumnos
tenían plaza ni de profesores ni de alumnos en el centro. Tampoco se
trataba de una mera reunión informativa con padres del instituto. Era,
ni más ni menos, que la explicación de una hoja de ruta que, de transcurrir todo según lo planeado, daría lugar a la expropiación de la catedral de Córdoba a su legítima titular, la Iglesia Católica.
Un infiltrado en la reunión
Que uno de los puntos de la agenda fuese lograr un ruido mediático lo
más formidable y duradero posible alrededor de la polémica no significa
que la entidad organizadora del encuentro en el IES Ángel Saavedra
tuviera especial interés en publicitar el acto. De hecho, los detalles
del mismo (por ejemplo, la asistencia de unos hombres de raza árabe que permanecieron observantes, sin relacionarse con el resto)
trascendieron no por la vía de la nota de prensa, sino de la
filtración; el típico testigo presencial que contó lo que allí vio y
oyó, en este caso, a un diario de tirada nacional, La Razón.
Fuera de este prurito no logrado de discreción, uno de los propósitos de
la campaña allí presentada era que, a partir de entonces, y hasta
lograr arrebatar a la Iglesia la titularidad del más emblemático templo
de la ciudad de Córdoba, cada acción encaminada a tal fin tuviera su
correspondiente reflejo en los periódicos y en los telediarios. O eso
confesaron aquella tarde ante su auditorio Miguel Santiago Losada y Antonio Manuel Rodríguez, portavoces de la Plataforma Mezquita Catedral de Córdoba, la entidad organizadora de la cosa.
En los márgenes
Si en lugar de un texto, esto fuera una pieza audiovisual, el presente
párrafo sería un plano figurando una ficha personal, con un recuadro
para la foto carnet, y caracteres mecanografiados rellenando las
correspondientes casillas a ritmo de teclado y con música de fondo como
las de las películas de 007.
Así, de Miguel Santiago Losada se destacaría que nació en Córdoba, en
1955, que es biólogo de formación, profesor de instituto de profesión y
veterano militante, de cuarenta años acá, en todas las causas enarboladas por esa izquierda
callejera, internacionalista y no pocas veces ignorante de que el Muro
de Berlín fue derribado. De perderse algún día, a Miguel Santiago Losada
habría que buscarle en los márgenes de la política y de la sociedad, y
aquella tarde de marzo de 2014 en un instituto de barriada cordobés,
donde compartió cartel con Antonio Manuel Rodríguez.
Webislam
Antonio Manuel Rodríguez. Ábrase plano con ficha, rellénense los datos
personales, suenen los teclados y una musiquilla libre de derechos como
de reportaje de investigación. De Rodríguez podría subrayarse que nació
en 1968, en la localidad cordobesa de Almodóvar del Río, que es profesor
de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba, músico, conferenciante,
bloguero y colaborador habitual de prensa, entre otros medios, en webislam, principal órgano de expresión de la comunidad musulmana en España.
La voz de los moriscos
No en vano, Antonio Manuel Rodríguez podría dar el perfil de lo que
durante los siglos de dominación árabe en España, por recurrir a un
periodo de la historia que sin duda le será grato, se conocía como muladíes, esto es, los cristianos conversos al Islam.
Si bien él donde de verdad se siente a gusto es en la piel de los moriscos,
los musulmanes que se quedaron en España al término de la Reconquista, y
de manera especial, de aquellos a los que expulsó Felipe III. De hecho,
una de las campañas con las que más ruido ha hecho Antonio Manuel
Rodríguez, aparte de la todavía en curso para arrebatar la titularidad
de la Catedral de Córdoba a su legítima propietaria, la Iglesia
católica, ha sido la equiparación jurídica -“y sentimental”, signifique
la cursilada lo que signifique- de los descendientes de aquellos
moriscos con los de los también expulsados, siglos ha, sefardíes.
Una colaboración feroz y feraz
A nadie debería extrañar ver a un veterano de la izquierda protestona
-Miguel Santiago Losada- compartiendo pancarta con un nostálgico de la
Córdoba de los Omeyas, Antonio Manuel Rodríguez; al fin y al cabo, la
política hace extraños compañeros de cama y los enemigos de mis enemigos
-en el caso concreto, la Iglesia Católica y, por derivación, la
civilización occidental- son mis amigos. A este respecto, es abundante la casuística que pone de relieve la feroz y feraz colaboración entre izquierda e Islam, siendo la colaboración entre ambos personajes un botón de muestra más.
Cristianos de base
Un botón, por cierto, de muy lógico encaje. Porque durante años, Miguel Santiago Losada engrosó las filas de esos que han dado en llamarse a sí mismos cristianos de base,
y cuya única misión era -y es- la de enmendar la plana a la Iglesia
católica, dijera esta lo que dijera, y antes incluso de lo que lo
dijera.
Lo que va de Nicea a hoy
El éxito de los cristianos de base en su labor de abrir boquetes en la
nave de Pedro ha sido tan escaso que ha generado en ellos una enorme
frustración. Cosa distinta son los resultados de esa misma labor de zapa
atribuibles a otros colectivos, ciertamente exitosos. Pero por volver a
los cristianos de base y a sus frustraciones, cabe recordar que cuando
esta última no se gestiona bien suele derivar en resentimiento. ¿Se
insinúa acaso que la cruzada de Miguel Santiago Losada, en comandita con
el Islam y contra el cabildo de la Catedral de Córdoba, se debe al
hecho de que, siglos después de Nicea, los artículos del Credo sigan
siendo los que son? Sentimos no responder, pero no es este el diván de
un psicoanalista. Por otro lado, Antonio Manuel Rodríguez, la conexión
islámica de este curioso ticket, es frecuentador desde hace años los
círculos políticos de la izquierda, primero los del andalucismo, donde no logró ni una humilde acta de concejal, y recientemente los de Podemos, donde tampoco es que haya hecho carrera.
La industria de la subvención
Quiérese decir con lo anterior que son muchos los círculos de
confluencia donde Miguel Santiago Losada y Antonio Manuel Rodríguez
pudieron trabar conocimiento. Quedan descartadas, por razones obvias,
alguna de las cofradías y hermandades de Semana Santa con parada
penitencial en el interior de la Catedral. No así los pasillos y
despachos oficiales de la industria de la subvención, léase la
Administración, ya sea la estatal, la autonómica o la local. Porque si
es cierto que ambos personajes han promovido mil y una iniciativas de
tipo social o político, es cierto también que no pocas veces lo han hecho a cargo del honrado y sufrido contribuyente español. Pero no convirtamos la crónica esta en un paper del
Instituto Juan de Mariana y retomemos el hilo de la narración donde lo
habíamos dejado: en el IES Ángel Saavedra de Córdoba, la tarde del 26 de
marzo de 2014.
Un manifestante en su habitación
No fue aquella, sin embargo, la fecha de puesta de largo de la Plataforma Mezquita Catedral de Córdoba,
sino que la presentación en sociedad de la misma había tenido lugar
apenas un mes atrás, el 11 de febrero. El escenario elegido no fue una
plaza pública, sino change.org, un portal de movilización
ciudadana que pone al alcance de cualquiera la posibilidad de montar sus
propias campañas, no importa lo peregrinas que estas sean, y todo sin
salir de casa. Únicamente se precisa de la ayuda de un ordenador con
buena conexión a Internet. Y todo con el atractivo añadido de que si el
destinatario de tu indignación no te hace ni caso pero son muchos los
firmantes de tu petición, bueno, siempre podéis reventarle su bandeja de
correo.
Donald Trump y Beyoncé
Dejando a un lado el pequeño detalle de que los filtros para la verificación de las firmas establecidos por change.org no lo son precisamente a prueba de hackers (cualquiera
puede proteger su anonimato empleando nombres de uso tan corriente
como, qué sé yo, Donald Trump o Beyoncé, basta con dar una dirección de
correo electrónico), dejando a un lado esto, en fin, la petición lanzada
por la Plataforma Mezquita Catedral de Córdoba supuso una exhibición de
musculatura, con doscientas mil firmas al poco de iniciarse la campaña. La pregunta es qué firmaban los que firmaban.
Con copia a la Unesco y a la Junta de Andalucía
Pues cuatro peticiones, cuatro. A saber: el
reconocimiento de la titularidad pública del templo; la implementación
de una gestión pública y transparente; la redacción de un código de
buenas prácticas; y, last but non least, que se dejara de
emplear para referirse al templo, con carácter institucional, el término
catedral. La primera petición era presupuesto de las otras tres; la
segunda y la tercera introducían la sombra de la sospecha en el Cabildo, el órgano de gobierno de la catedral,
y cuya gestión a lo largo de los años no se ha caracterizado,
precisamente, por los escándalos; la última petición, la del cambio de
denominación institucional, podía interpretarse más allá de lo
estrictamente nominal. Cuestión en absoluto menor eran los destinatarios
de la campaña. Por un lado, la Unesco, el organismo de Naciones Unidas
que en 1984 declaró Patrimonio de la Humanidad la catedral de Córdoba. Por el otro, la Junta de Andalucía. Empecemos primero por la última.
Esposados por la Guardia Civil
Corría, cabe recordar, 2014. Hace ya tiempo que el caso de los ERE y el
de los cursos de formación se han incorporado al imaginario del español
consumidor de noticias como dos de los mayores episodios de corrupción
de la España reciente, y no solo por su cuantía, que también, sino por
el tiempo que estuvieron los golfos apandadores robando a sin ser
descubiertos. El epicentro del latrocinio -porque se trata de un
latrocinio- es la ciudad de Sevilla, no como homenaje a Rinconete y
Cortadillo, sino porque es allí donde tiene su sede la Junta de
Andalucía. Que a la Junta el caso le ha salpicado de la cabeza a los
pies lo prueba el número de mangantes mil, vividores todos del esfuerzo
de los andaluces, que cada día desfilan caminito a los juzgados, de
donde no pocas veces salen esposados por la Guardia Civil. Pero no solo
eso. El proceso se ha llevado por delante, políticamente hablando, a dos
antiguos inquilinos del Palacio de San Telmo, Manuel Chaves y José
Antonio Griñán, los cuales tienen que estar agradecidos de no jugar la
partida cada tarde en la prisión de Soto del Real. Pues bien. Siendo
estos los antecedentes de hecho y de Derecho, lo lógico sería pensar que
lo último para lo que estaba la Junta de Susana Díaz era para atender una petición que bien podía firmar el Ratón Mickey. Y sin embargo…
Una segunda puerta en la catedral
Sin embargo, a los pocos días de lanzarse la campaña, la Junta anunció
que estudiaría el asunto por la vía del informe jurídico. Podía pensarse
que al tratarse de uno de los emblemas más reconocibles de Andalucía,
con un promedio de millón y medio de visitantes al año,
la Junta actuaba de oficio, como movida por un resorte, cada vez que de
la Mezquita Catedral se trataba. Pero qué va. Así, cuando en 2008 la
Agrupación de Hermandades y Cofradías solicitaron permiso para practicar
en el templo una segunda puerta, aparte de la del Arco de Bendiciones, para que todos los pasos de Semana Santa de la ciudad pudieran cumplir su estación de penitencia, la Junta se negó.
De nada sirvió que las distintas propuestas vinieran firmadas por los
arquitectos encargados de la conservación del templo, ni que una
aplastante mayoría de cofradías y hermandades avalaran el proyecto, ni
los motivos de seguridad aducidos; al fin y al cabo, en el interior de
la catedral han llegado a congregarse 6.000 fieles, con una sola puerta
en caso de emergencia. Pero, insistimos, nada sirvió de nada. Quién
sabe, quizás si las cofradías y hermandades hubieran lanzado una
petición a través de change.org…
El César en los terrenos de Dios
Son varias las posibles respuestas a la pregunta de qué llevó a la Junta
de Andalucía a formar con la izquierda marginal y con los nostálgicos
de la dominación musulmana de la península una entente nada cordial
contra la Iglesia católica. Una primera respuesta, de corte histórico
político, sería la tentación multisecular del poder, del César, por
acampar en los terrenos de Dios. Otra, más pegada a la actualidad, es la
necesidad del PSOE de adoptar unos modos y maneras más radicales para
así frenar el paso por la izquierda a otras formaciones políticas en
irresistible avance -al menos en 2014- como Podemos. Una tercera razón,
esta de tipo humorístico (¡o no!), era el horizonte de botín que podían suponer los tesoros de la catedral,
incluidas las limosnas de los cepillos, una vez exprimidos hasta la
última gota los ERE y los cursos de formación. Lo que cabe descartar con
toda seguridad es que la Junta acudiera al rescate de la Catedral, como
si esta estuviera en peligro, tal como sugería el título de la alerta
de change.org: Salvemos la Mezquita de Córdoba.
Uno de cada diez euros
En primer lugar, quien haya visitado alguna vez el templo habrá podido
comprobar que el mismo no amenaza ruina. Ni en sentido arquitectónico ni
en sentido financiero. A este respecto, cabe destacar que en los
últimos veinte años, para gastos de conservación y restauración
se han destinado 20 millones de euros, de los cuales un 73% lo ha
desembolsado el obispado de Córdoba, un 14.8% el Gobierno y
solo 3.3 millones la Junta. Es decir, que por cada 10 euros, 7 los ponía
la Iglesia y 1 la Junta de Andalucía.
El puro de Hannibal Smith
Más plausible resulta la hipótesis -sin descartar otras- de que la Junta
de Andalucía viera en la polémica una oportunidad no ya de lavar su
imagen, manchada por mil y un episodios de corrupción, pero sí al menos
de distraer la atención de la opinión pública, mediante la aplicación del viejo truco de la cortina de humo.
Porque lo cierto es que la campaña alrededor de la mezquita catedral
hizo desde el minuto cero un estruendoso ruido mediático. Por supuesto,
de la misma se hicieron eco los medios locales, pero también los
nacionales y, amplificando la repercusión, los internacionales, como la
BBC inglesa, la RAI italiana, la ORF austriaca y, de manera acrítica,
haciendo suyo entero el argumentarlo de la Plataforma Mezquita-Catedral
de Córdoba, la catarí Al Jazeera. Pocas semanas después, en el instituto
Ángel Saavedra, Miguel Santiago Losada y Antonio Manuel Rodríguez, los
principales promotores de toda esta historia, sacaban músculo y sonreían
satisfechos, suponemos, encantados de que los planes estuvieran
saliendo tan bien. Solo les faltaba encenderse un puro, como Hannibal
Smith, el jefazo del Equipo A.
Movilización ciudadana e internacionalización del conflicto
Razones para la enhorabuena les sobraban, pues que su reivindicación
fuese noticia, cabe recordar, era uno de los puntos de la hoja de ruta
desgranada la tarde del 26 de marzo de 2014 en aquel instituto de
Córdoba. Ser noticia aquí en España, pero también en el extranjero, en
una estrategia de doble dirección -de dentro afuera y de fuera adentro-
diseñada para favorecer la movilización callejera y la
internacionalización del conflicto, por usar dos términos muy del gusto
de la izquierda abertzale, entramado este que pinta más en todo esto de lo que parece, como se verá.
Que de lo que se trataba, en fin, era de ser noticia, hubiera motivo o
no, lo prueba la acción anunciada aquella misma tarde en el instituto
Ángel Saavedra, y que se materializaría pocos días después: una marcha reclamando la titularidad pública del templo,
y en la que los participantes sellarían su compromiso con la causa con
un beso y un abrazo cada uno al monumento. Charlotadas aparte, el punto
fuerte de la campaña ideada por Miguel Santiago Losada y Antonio Manuel
Rodríguez no era este, el del beso y el abrazo, sino la denuncia de la inmatriculación del inmueble por parte de la Iglesia.
La sombra de la sospecha
Por contarlo de forma resumida, la inmatriculación es un procedimiento
especial habilitado por la legislación hipotecaria que ha permitido a la
Iglesia expedir certificaciones sobre inmuebles que le
pertenecían desde tiempo inmemorial, pero de los que no poseía título de
propiedad, por los motivos que fueran, sobre todo de tipo
histórico. Dicha certificación facultaba a la Iglesia para acudir al
registro e inscribir allí el bien que fuese. No se trataba, por más que
algunos se empeñen, de un privilegio que el ordenamiento jurídico
otorgaba a la Iglesia, sino en todo caso de una medida de igualdad.
Porque el resto de confesiones religiosas sí que podía inscribir en el
registro sus templos, gozando así de las múltiples ventajas que de la
inscripción se derivaban. La Iglesia Católica, en cambio, no. Y lo
mismo, ojo, determinados poderes públicos. No por nada, sino porque al
tratarse de bienes de uso común, su titularidad se daba por supuesta.
Así de sencillo; tanto, que a algunos les convenía envolverlo todo en un
manto de sospecha.
Una mentira mil veces repetida
Tal fue el caso de Miguel Santiago Losada y de Antonio Manuel Rodríguez
cuando en la tarde del 26 de marzo de 2014 despidieron a su auditorio
del instituto Ángel Saavedra de Córdoba encomendándoles la misión, no ya
de hacer pedagogía jurídica por los caminos y las plazas de la ciudad,
sino de repetir, machaconamente, hasta hacer de la mentira verdad, a
quien quisiera escucharles y a quien no también, la consigna de que la Iglesia Católica se había quedado de manera ilegal con la catedral de Córdoba.
Agitación y propaganda
Recuérdese, a este respecto, que Antonio Manuel Rodríguez era -y es-
profesor de Derecho Civil, rama de la carrera donde se estudia todo lo
relativo a la cosa hipotecaria. O sea, que motivos hay para pensar, y
para pensar mal, que tan extravagante profesor andaba -y anda- más
preocupado por la formación de sus alumnos en los trucos de la agitación y la propaganda que en el razonamiento jurídico, desapasionado por definición.
Inasequibles al desaliento, al argumento y al documento
En cualquier caso, a los promotores de la Plataforma Mezquita Catedral
de Córdoba no les faltaba razón cuando, la tarde de autos, desaconsejaron la vía judicial, calificándola de “riesgo”.
Que una cosa es ser inasequible al desaliento, al argumento y al
documento, como Miguel Santiago Losada y Antonio Manuel Rodríguez, y
otra muy distinta ser tonto, colectivo en el que ni el uno ni el otro
parecen contarse. Porque el ordenamiento jurídico habilitante del
procedimiento de la inmatriculación -esto es, el ordenamiento jurídico
español-, es el mismo ordenamiento que deja abierta la puerta del litigio a cualquiera que acredite un título de propiedad mejor.
La crónica latina de los reyes de Castilla
En el supuesto de la catedral de Córdoba, ¿quién osaría disputarle a la Iglesia católica la titularidad del templo?
¿La Junta de Andalucía? ¿Acaso el Estatuto de Autonomía de 1981 puede
competir en antigüedad con la crónica latina de los reyes de Castilla,
de 1236, donde, refiriéndose al templo que nos ocupa, se relata con
detalle “lo que era necesario para que de mezquita se hiciera iglesia”?
¿O tal vez el Ayuntamiento de Córdoba? ¿Podría el Ayuntamiento de
Córdoba echarle un pulso, con visos de éxito, al Cabildo de la Catedral?
Pero si han sido sus propios servicios jurídicos, los del Ayuntamiento,
los que ha dictaminado que el templo nunca fue de titularidad municipal;
en línea con el Ministerio de Justicia y la Dirección General de
Patrimonio, organismos que han reconocido que la mezquita catedral jamás figuró en el inventario de bienes del Estado;
en línea, a su vez, con el juzgado de instrucción número 6 de Córdoba,
que archivó la denuncia presentada por tres ex alcaldes de la ciudad que
consideraban ilegal la inmatriculación, dejando claro en el auto que el
templo fue adquirido por la Iglesia por donación del rey Fernando III
en 1236, poseyéndola desde entonces “de manera pública, pacífica y no interrumpida en concepto de dueño”.
Construyendo mayorías
Cerrada, a lo que parecía, la puerta de los juzgados, tocaba jugar
entonces la carta política. En primer lugar, creando artificialmente una
polémica -la de la titularidad del templo- para luego mantenerla viva a
cualquier precio, durante más tiempo mejor, y así en el proceso ir construyendo mayorías de opinión,
tan importantes en estos tiempos en los que hay incluso quienes
propugnan que los jueces han de vibrar más con el sentir del pueblo
(así, en abstracto) y preocuparse menos de si sus decisiones se ajustan a
Derecho o no. Y una vez lograda una corriente mayoritaria favorable, o
en paralelo a la construcción de la misma, salir a torear, de la mano
de un buen apoderado (la Junta de Andalucía, por ejemplo), a una de las
plazas más politizadas del país, fiel reflejo de sus banderías
partidistas. ¿El Parlamento? No. El Tribunal Constitucional.
Promotores manos a la obra
Con otras palabras, las suyas, esto fue lo que expusieron Miguel
Santiago Losada y Manuel Antonio Rodríguez la tarde del 26 de marzo de
2014, en el instituto de enseñanza secundaria Ángel Saavedra, de la
barriada de Valdeolleros, en la ciudad de Córdoba. O sea, la
conveniencia de que fuese la Junta de Andalucía la que, por estar
legitimada para ello, elevase al Tribunal Constitucional, para que se
pronunciara en contra, la inmatriculación de la catedral de Córdoba, llevada a cabo por la Iglesia en 2006.
De momento, Susana Díaz no ha dado el paso, empeñada como parece en
conducir a su partido al cero demoscópico, en reñida competición con
Pedro Sánchez. Lo que no quita para que los promotores de la campaña del
templo hayan permanecido todo este tiempo cruzados de brazos.
Asesinos en serie y compañeros de viaje
Así, la Plataforma Mezquita Catedral de Córdoba pasó a integrarse en una suerte de federación, la Coordinadora Estatal para la Recuperación de los Bienes Inmatriculados por la Iglesia Católica,
también denominada Recuperando, quien sabe si para facilitar las cosas a
aquellos de sus miembros con dificultades de lectura o respiratorias.
El líder de la iniciativa, por cierto, no es otro que Antonio Manuel
Rodríguez, quien busca implantar a nivel nacional (perdón, estatal) las
tácticas y la estrategia seguidas todos estos años en Córdoba.
Entre los compañeros de viaje de Rodríguez y su plataforma, se encuentran, por un lado, Pedro Leoz Cabodevilla, octogenario cura en permanente lucha contra su país -España-, su Iglesia -la católica- y los fotógrafos que osen pedirle que
sonría al objetivo; por el otro lado, José María Esparza, editor de Txalaparta, sello responsable de las obras de reputados asesinos en serie como Iñaki de Juana Chaos.
Leoz y Esparza pertenecen a la Plataforma de la Defensa del Patrimonio
Navarro, defensa y patrimonio del que quedan fuera, cabe suponer, las
cadenas y la corona del escudo de Navarra, no así la ikurriña. Pero esta
es otra historia.
Los airados hijos del Corán
Por lo que respecta a esta, ponerle punto final aquí, significaría
encuadrarla, única y exclusivamente, en un marco de laicismo militante y
feroz, como el que desde hace unos años se da en España. Pero eso sería
contar la historia a medias, obviando la clave islámica del asunto, sin la cual nada tiene sentido. Al fin y al cabo, la mezquita de Córdoba es, junto la Alhambra de Granada, el símbolo de los nostálgicos de Al Andalus, la España sometida al Islam,
y aquí coinciden, les guste o no, los que piensan que aquello fue una
balsa de aceite, oasis de las tres culturas, con los fanáticos del
Estado Islámico, los airados hijos del Corán. También coinciden, más
cercanos a los segundos que a los primeros, el centenar de musulmanes con pasaporte austriaco que, perfectamente coordinados, y en abierta provocación,
se pusieron a rezar a la Meca en el interior de la catedral el
Miércoles Santo de 2010. Las hemerotecas hablan de insultos y agresiones
a los servicios de vigilancia del recinto, desacatos a la autoridad,
detenciones policiales y la incautación de, al menos, un cuchillo. Pero
lo sustancioso no está en las crónicas de sucesos, sino en el comunicado
que al hilo de lo ocurrido emitió la Junta Islámica, uno de los principales interlocutores de los musulmanes en España con los poderes públicos.
Un “incidente”
Tres años, tres, desde 2007, llevaba Isabel Romero,
presidenta de la Junta Islámica, tratando de desmarcarse de una de las
más queridas reivindicaciones de su predecesor en el cargo, el muy
carismático y ya fallecido Mansur Escudero: que la mezquita catedral de Córdoba fuera un espacio de culto compartido entre cristianos y musulmanes.
Tres años, tres, decimos, tratando de rebajar el tono y va Romero y se
descuelga con un comunicado en el que, en primer lugar, califica el
violento episodio del Miércoles Santo de “incidente”, para enseguida
señalar que nada de aquello hubiera sucedido de ser la mezquita catedral un lugar de culto compartido, tal y como llevaba la Junta Islámica años reclamando a los obispos de la diócesis, a la Conferencia Episcopal, al nuncio de Su Santidad y al mismísimo Papa de Roma.
La Meca de Occidente
Pasado el calentón, eso sí, Romero se distanció de nuevo de los que
pedían la titularidad pública del templo y el culto compartido,
contentándose, decía, con que la Iglesia no borrara la huella islámica
del monumento.
Queda, sin embargo, la curiosa coincidencia de que, al poco de desatarse
la campaña por la expropiación, la Comisión Islámica de España nombrara
a Romero responsable para la recuperación del patrimonio musulmán
en nuestro país. Queda también su fluida relación, más allá de ser
naturales los dos de Almodóvar del Río, con Antonio Manuel Rodríguez,
impulsor de la Plataforma Mezquita Catedral de Córdoba. Y queda, sobre
todo, la duda de hasta qué punto una y otro no han hecho suyo el sueño
de un tercer vecino de Almodóvar, alguien que hizo del pueblito su
pequeño califato afortunado, un tipo ciertamente importante en las vidas
de los dos y de tantos otros, Mansur Escudero, el hombre que suspiraba
por que Córdoba fuese La Meca de Occidente.
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