Isaías 22, 19-23; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20
Existe, en la cultura y en la sociedad de hoy, un hecho que nos puede
introducir a la comprensión del Evangelio de este domingo, y es el
sondeo de las opiniones. Se practica un poco por todas partes, pero
sobre todo en el ámbito político y comercial. También Jesús un día quiso
hacer un sondeo de opinión, pero con fines, como veremos, muy diversos:
no políticos sino educativos. Llegado a la región de Cesarea de Filipo,
es decir, la región más al norte de Israel, en una pausa de
tranquilidad, en la que estaba solo con los apóstoles, Jesús les dirigió
a quemarropa la pregunta: «¿Quién dice la gente que es el hijo del
Hombre?»
Parece como si los apóstoles no esperaran otra cosa para poder
finalmente dar rienda suelta a todas las voces que circulaban a
propósito de Él. Responden: «Algunos que Juan el Bautista, otros que
Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas». Pero a Jesús no le
interesaba medir el nivel de su popularidad o su índice de simpatía
entre la gente. Su propósito era bien diverso. A renglón seguido les
pregunta: «¿Vosotros quién decís que soy yo?»
Esta segunda pregunta, inesperada, les descoloca completamente. Se
entrecruzan silencio y miradas. Si en la primera pregunta se lee que los
apóstoles respondieron todos juntos, en coro, esta vez el verbo es
singular; sólo «respondió» uno, Simón Pedro: «¡Tú eres el Cristo, el
hijo del Dios vivo!»
Entre las dos respuestas hay un salto abismal, una «conversión». Si
antes, para responder, bastaba con mirar alrededor y haber escuchado las
opiniones de la gente, ahora deben mirarse dentro, escuchar una voz
bien distinta, que no viene de la carne ni de la sangre, sino del Padre
que está en los cielos. Pedro ha sido objeto de una iluminación «de lo
alto».
Se trata del primer auténtico reconocimiento, según los evangelios, de
la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. ¡El primer acto público de
fe en Cristo de la historia! Pensemos en el surco dejado por un barco:
se va ensanchando hasta perderse en el horizonte, pero comienza con una
punta, que es la misma punta del barco. Así sucede con la fe en
Jesucristo. Es un surco que ha ido ensanchándose en la historia, hasta
llegar a los «últimos confines de la tierra». Pero empieza con una
punta. Y esta punta es el acto de fe de Pedro: «Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios vivo». Jesús usa otra imagen, vertical no horizontal:
roca, piedra. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
Jesús cambia el nombre a Simón, como se hace en la Biblia cuando uno recibe una misión importante: lo llama Kefas,
Roca. La verdadera roca, la «piedra angular» es, y sigue siendo, él
mismo, Jesús. Pero, una vez resucitado y ascendido al cielo, esta
«piedra angular», aunque presente y operante, es invisible. Es necesario
un signo que la represente, que haga visible y eficaz en la historia
este «fundamento firme» que es Cristo. Y éste será precisamente Pedro,
y, después del él, el que haga las veces de él, el Papa, sucesor de
Pedro, como cabeza del Colegio de los apóstoles.
Pero volvamos a la idea del sondeo. El sondeo de Jesús, como hemos
visto, se desarrolla en dos tiempos, comporta dos preguntas
fundamentales: primero, «¿Quién dice la gente que soy yo?»; segundo,
«¿Quién decís vosotros que soy yo? Jesús no parece dar mucha importancia
a lo que la gente piensa de Él; le interesa saber qué piensan sus
discípulos. Les coge con ese «¿y vosotros quién decís que soy yo?». No
permite que se atrincheren tras las opiniones de otros, quiere que digan
su propia opinión.
La situación se repite, casi idéntica, en el día de hoy. También hoy «la
gente», la opinión pública, tiene sus ideas sobre Jesús. Jesús está de
moda. Miremos lo que sucede en el mundo de la literatura y del
espectáculo. No pasa un año sin que salga una novela o una película con
la propia visión, torcida y desacralizada, de Cristo. El caso de El Código Da Vinci de Dan Brown ha sido el más clamoroso y está teniendo mucho imitadores.
Luego están los que se quedan a medio camino. Como la gente de su
tiempo, cree que Jesús es «uno de los profetas». Una persona fascinante,
se le coloca al lado de Sócrates, Gandhi, Tolstoi. Estoy seguro de que
Jesús no desprecia estas respuestas, porque se dice de Él que «no apaga
el pábilo vacilante y no quiebra la caña cascada», es decir, sabe
apreciar todo esfuerzo honesto por parte del hombre. Pero hay una
respuesta que no cuadra, ni siquiera a la lógica humana. Gandhi o
Tolstoi nunca han dicho «yo soy el camino, la verdad y la vida», o
también «el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de
mí».
Con Jesús no se puede quedar uno a medio camino: o es lo que dice ser, o
es el el mayor loco exaltado de la historia. No hay medias tintas.
Existen edificios y estructuras metálicas (creo que una es la torre
Eiffel de París) hechas de tal manera que si se toca un cierto punto, o
se traslada cierto elemento, se derrumba todo. Así es el edificio de la
fe cristiana, y ese punto neurálgico es la divinidad de Jesucristo.
Pero dejemos las respuestas de la gente y vayamos a los creyentes. No
basta con creer en la divinidad de Cristo, es necesario también
testimoniarla. Quien Le conoce y no da testimonio de esta fe, sino que
la esconde, es más responsable ante Dios que el que no tiene esa fe. En
una escena del drama El padre humillado de Claudel, una
muchacha judía, hermosísima pero ciega, aludiendo al doble significado
de la luz, pregunta a su amigo cristiano: «Vosotros que veis, ¿qué uso
habéis hecho de la luz?». Es una pregunta dirigida a todos nosotros que
nos confesamos creyentes.
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