Si tu hermano llega a pecar…

Ezequiel 33, 7-9; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

En el Evangelio de este domingo leemos: «En aquel tiempo dijo Jesús a
sus discípulos: ‘Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas
tú con él. Si te escucha, habrás ganado un hermano'». Jesús habla de
toda culpa; no restringe el campo sólo a la que se comete contra
nosotros. En este último caso de hecho es prácticamente imposible
distinguir si lo que nos mueve es el celo por la verdad o nuestro amor
propio herido. En cualquier caso, sería más una autodefensa que una
corrección fraterna. Cuando la falta es contra nosotros, el primer deber no es la corrección, sino el perdón.

¿Por qué dice Jesús: «Repréndele a solas»? Ante todo por respeto al buen
nombre del hermano, a su dignidad. Lo peor sería pretender corregir a
un hombre en presencia de su esposa, o a una mujer en presencia de su
marido; a un padre delante de sus hijos, a un maestro en presencia de
sus alumnos, a un superior ante sus subordinados. Esto es, en presencia
de las personas cuyo respeto y estima a uno le importa más. El asunto se
convierte inmediatamente en un proceso público. Será muy difícil que la
persona acepte de buen grado la corrección. Le va en ello su dignidad.

Dice «a solas tú con él» también para dar a la persona la posibilidad de
defenderse y explicar su propia acción con toda libertad. Muchas veces,
en efecto, aquello que a un observador externo le parece una culpa, en
la intención de quien la ha cometido no lo es. Una explicación sincera
disipa muchos malentendidos. Pero esto deja de ser posible cuando el tema se pone en conocimiento de muchos.

Cuando por cualquier motivo no es posible corregir fraternamente, a solas, a la persona que ha errado, hay algo que absolutamente se debe evitar: la divulgación, sin necesidad, de la culpa del hermano,
hablar mal de él o incluso calumniarle, dando por probado aquello que
no lo es o exagerando la culpa. «No habléis mal unos de otros», dice la
Escritura (St 4,11). El cotilleo no es menos malo o reprobable sólo
porque ahora se le llame «gossip«.

Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri
acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la
absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa,
tomara una gallina y volviera donde él desplumándola poco a poco a lo
largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: «Ahora vuelve
a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando
venías hacia aquí». La mujer le mostró la imposibilidad: el viento las
había dispersado. Ahí es donde quería llegar San Felipe. «Ya ves -le
dijo- que es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado
el viento, igual que es imposible retirar murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca«.

Volviendo al tema de la corrección, hay que decir que no siempre depende
de nosotros el buen resultado al hacer una corrección (a pesar de
nuestras mejores disposiciones, el otro puede que no la acepte, que se
obstine); sin embargo, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado… al recibir una corrección.
De hecho la persona que «ha cometido la culpa» bien podría ser yo y el
que corrige ser el otro: el marido, la mujer, el amigo, el hermano de
comunidad o el padre superior.

En resumen, no existe sólo la corrección activa, sino también la pasiva; no sólo el deber de corregir, sino también el deber de dejarse corregir.
Más aún: aquí es donde se ve si uno ha madurado lo bastante como para
corregir a los demás. Quien quiera corregir a otro debe estar dispuesto
también a dejarse corregir. Cuando veáis a alguien que recibe una
observación y le oigáis responder con sencillez: «Tienes razón, ¡gracias
por habérmelo dicho!», quitaos el sombrero: estáis ante un auténtico
hombre o ante una auténtica mujer.

La enseñanza de Cristo sobre la corrección fraterna debería leerse
siempre junto a lo que dijo en otra ocasión: «¿Cómo es que miras la
brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay
en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que
saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay
en el tuyo?'» (Lc 6, 41 s.).

Lo que Jesús nos ha enseñado sobre la corrección puede ser también muy útil en cuanto a la educación de los hijos.
La corrección es uno de los deberes fundamentales del progenitor: «¿Qué
hijo hay a quien su padre no corrige?» (Hb 12,7); y también: «Endereza
la planta mientras está tierna, si no quieres que crezca
irremediablemente torcida». La renuncia total a toda forma de corrección es uno de los peores servicios que se puede hacer a los hijos, y sin embargo hoy lamentablemente es frecuentísimo.

Sólo hay que evitar que la corrección misma se transforme en un acto de
acusación o en una crítica. Al corregir más bien hay que circunscribir la reprobación al error cometido,
no generalizarla rechazando en bloque a toda la persona y su conducta.
Más aún: aprovechar la corrección para poner en primer plano todo el
bien que se reconoce en el chaval y lo mucho que se espera de él, de
manera que la corrección se presente más como un aliento que como una
descalificación. Este era el método que usaba San Juan Bosco con sus chicos.

No es fácil, en casos individuales, comprender si es mejor corregir o
dejar pasar, hablar o callar. Por eso es importante tener en cuenta la
regla de oro, válida para todos los casos, que el Apóstol da en la
segunda lectura: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor…
El amor no hace mal al prójimo». Agustín sintetizó todo
esto en la máxima «Ama y haz lo que quieras». Hay que asegurarse ante
todo de que haya en el corazón una disposición fundamental de acogida
hacia la persona. Después, lo que se decida hacer, sea corregir o
callar, estará bien, porque el amor «jamás hace daño a nadie».

Raniero Cantalamessa

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